domingo, 14 de abril de 2024

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947 / reside en San Juan, Argentina)

 

Entrampábamos nutrias
y cachorros de nutria
en los bañados
que ceñían
el Hogar Escuela
y las Piletas Olímpicas
de Ezeiza.
 
Gualberto
colocaba las horribles mordazas
de hierro
entre los juncos y totorales,
luego encendíamos un fueguito,
calentábamos agua en una lata
y nos dábamos a tomar mate
y charlar.
 
La noche arriba,
en una ventana vegetal
en que los eucaliptos
y las coníferas permitían
ver el cielo
y su boca manchada.
 
Más tarde
bebíamos
nuestro cóctel caliente
a base
de medio litro
de alcohol,
medio de agua
y unas cucharadas
de azúcar.
 
A la madrugada,
con suerte,
se intranquilizaban
la espesura y las sombras
y se elevaban gimoteos
y lloros desgarradores,
ahogados y mordidos,
imposibles de describir.
 
En curda
extrema
y meada agria
mi amigo mapuche
se internaba
en el barro y el agua pegajosa
y traía un cuerpecito sufriente,
una cosa sangrante
que se retorcía
casi deshecha,
los ojos extraviados
por el suplicio
y la locura.
Y si era un pichón,
lo carneaba,
rescataba la piel,
lo que podía,
destripaba,
lavaba la carne perfumada,
los huesitos tiernos,
el corazoncito casi palpitante
y los metía en una ollita de fierro
para la cocción.
 
Y como
éramos tan pobres
como crueles,
casi mendigos
y casi asesinos,
tan
miembros sublimes
de nuestra especie,
sólo agregábamos
un puñadito de sal.
Y después
el festín,
otra latas de cóctel,
la madrugada,
temblores,
brazos y piernas
que iban donde
no queríamos que fueran,
baboserío
y delirio.
 
Así
había
semanas con buena caza
y cueros buenos
como las había
para comerse los mocos.
 
Esto fue
desde el 71
hasta mediados del 73,
cuando eso de la vuelta
de Perón
transfiguró el rostro de los bosques
y la sangre llegó al río,
sin arcángeles ni budas,
ni Gran Hermano,
ni entrenadores
del aura
y músculos del culo,
ni yoga,
ni dietas especiales
a base de algas,
maca o semillas de chía,
a la vista
el getsemaní
y las naves quemadas
de Hernán Cortés. 
 

- Inédito -

 

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