arquitectura del poema
sa douceur aussi est mortelle.
La
exacerbación de los sentidos: una música infinita. Vivir en el rumor
inaudible de la noche como una serpiente de mar que muerde las
estrellas.
Destruir
a Dios y devolverlo a su raíz primera, al árbol sin frutos, pleno de
amor y desolación. Si se pudiese defender la muerte como se defiende un
paisaje húmedo y fértil, una sombra que vibra entre los dedos y nos hace
un daño múltiple. ¡Estoy de pie en esta selva de cielos y metales! Todo
árbol es la sombra de un lejano pastor, un inmenso oleaje que rompe los
días, nuestro tránsito de sueño a sueño, a cada instante. Soy, Dios,
primer Dios, tu dedo vacilante sobre el seno de un niño que juega con el
polvo de tu nombre. ¡Cuántas leyes has devuelto al polvo!
Trato
de llegar como un eco, sin rodear la larga playa sembrada de caracoles y
medusas, de heladas corrientes bajo las constelaciones del Sur y los
desiertos. La playa se elevaba contra el tiempo y éramos una infinita
brisa de ojos mutilados y veraces, un súbito asombro en las mañanas de
helechos y senderos. Hay ahora una pequeña humillación del tiempo. Estoy
en el fondo de una caverna que se abre al sueño y a los dedos íntimos,
severos, de la risa. Devolver a Dios a los caminos, enseñarle las casas
destruidas en la sombra de los cactus, ponerle en la frente su nombre de
justicia y darle el pan de cada hombre como su gesto más rotundo.
Dios
lo verá desde su altura pequeñísima. Verá a ese hombre de rostro
desvelado, su hambre de puntillas y el sabor acre de las hierbas. Y
estaremos descubriendo una voz que disemina el viento del verano, un eco
polvoroso de la sombra calcinada de Dios, con su levante de palomas
amargas y terribles. En el desierto se oirá la voz, el perro que guarda
el horizonte y lo lleva entre las fábricas de pesadas arquerías.
Miro
atrás y veo un mar sombrío, un llano que devora la infancia de los
sauces, de los robles. He de guardar silencio y mirar al templo que se
derrumba en las playas, en la arena metálica de Dios y su sentido.
¡La
atroz lucidez de tu nombre, tu exactitud apuntando a mi recelo de fiera
tambaleante! ¡Ah, la embriaguez, la taciturna embriaguez de la noche,
de mis noches!
Me
detengo a decir, una vez más que sólo resta determinar mi principio y
mi fin, y mi sombra entre los muros. Me pongo de cara al resto de la
noche y sobre su hombro veo surgir la luz como una lanza que penetra
hasta el silencio.
El
sabor del estío y las piedras que llamaba en mi socorro… Nos queda hoy
el movimiento de las dunas, la faz del poema en el desierto, y
respiramos el amargo liquen que alimenta una serena reserva de
crustáceos.
(Estoy
de pie en plena lucidez, como un fantasma de vértigo, de altura
prodigiosa que abate los troncos más recios, la muralla relumbrante del
sol y de la luna y sus vedados templos de arena junto al mar.)
Escuchaba
las olas en esas tardes sin límite. Veía, sí, veía mi sombra
agigantarse y hacerse el mar mismo como una cáscara de luz. Era mi
infancia y el mar que lavaba mi pereza de siglos, mi descarnada
voluntad, y veía desfilar un ave y otra que cejaban en su empeño frente
al sol.
Estar
junto al mar como una piedra azogada, vertical, rota y tambaleante,
lleno de la plenitud del misterio, pero listo a la huida como un monje
más o una trunca columna de cenizas y restos de papeles violáceos y
turbios.
Esta
es la verdadera razón que guía a las aves matinales, el instinto roído
por la lluvia, por la reseca arena que desprende el cielo. Quisiera
devolver mis años a su pureza integral, cederlos al tiempo mismo del
recuerdo. La desolación tardía no me salva, ni la congoja me arrebata
más allá de toda muerte.
Y
repito al tiempo, al resplandor de las hogueras, a los duros jinetes
que incendian las cosechas, les repito tu llamado, tu reconocimiento del
trigo y las arenas. Y me pregunto: ¿adónde me llevas que no pueda
contemplar esta dulce gangrena de las rocas y los pólipos, estas resacas
y mareas que inventas, como yo, cuando el alba se transforma en viento y
sol y rostros y más rostros, en sombrías latitudes que despojan tu
nombre y lo devuelven a los astros?
(Subsiste
una ciudad aferrada a duras rocas, y el mar la golpea con sus láminas
de cobre, con sus antiguos guerreros devoradores de islas y sirenas.)
¡Arquitectura
del poema! Lenguas sonoras y cargadas de blancos metales que devora un
año desprovisto de nieves y de lluvias. ¡Embriaguez de la noche, su luz
sobre mi mesa, embriaguez de este canto que viene rodando desde el
tiempo!
¡Arquitectura del único poema… de la voz que permanece y no se entrega!
Hay
trozos de columnas lavadas por la lluvia, como una esfera recortada,
como una moneda pesada y antiquísima, como la tierra nueva
restableciendo el orden de las cosas, la perenne geometría de las formas
y del mar. ¡Vuelvo al mar siempre en un impulso de cerrados horizontes!
Nada
existe ya. Un desierto sin arenas y sin rocas, un páramo detenido en un
silencio espeso y árido, un espejo de imágenes vacías, devoradas por
una ausencia dolorosa y rota a trechos por tu nombre oculto, virgen, tu
nombre que se posa y nos destruye en un amor inmenso de mares y aldeas.
¡Estoy solo en esta piedra de tu iglesia! ¡Resta un helado viento sobre
el mar!
(Fuente: La comparecencia infinita)

No hay comentarios:
Publicar un comentario