Hay
una congoja
inexpresable,
un aire
como babosa
en este mediodía
voraz
que repta
en el valle
atesorado
a los pies
y se pierde
en el desierto
a cabezazos y bríos,
pero
que sabe
a mueca negra
y pasmo.
Ella no es la misma,
nadie entiende
sus palabras;
sus ojos:
un animal en peligro,
las que fueran risas
y alegría,
un rictus
que traza
una línea descendente
al submundo
de brillos
y sombras
del que nadie vuelve
sin chirridos de metal
y empezando por arriba.
Y yo
no quiero inmiscuirme,
pobrecito,
con este lápiz
moribundo
y mis ñañas
y terrores
y amores
e insecto atrapado
y mucho y nada
y voleo;
mi yo
hostiga su carcasa
para mostrar
su pecho aterido
e impotente,
a tumbos
de sonámbulos
que adivinan
objetos
y ollas en hervor,
y que ciegos
sortean
y se clavan púas
y se atragantan
con cenizas,
algodones,
mocos
y esa frecuencia
audible
sólo en el polvo
de la ruta
que lleva
soldados en retirada
e inminentes fantasmas.
Héctor Giuliano
- Inédito-
que no cier negros
en la tierra polvorienta,
sagaces
pero defintivamente
inútiles
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