viernes, 9 de septiembre de 2022

Juan Gustavo Cobo Borda (Colombia, 1948 - 2022)

 

Poética

 

¿Cómo escribir ahora poesía,

por qué no callarnos definitivamente

y dedicarnos a cosas mucho más útiles?

¿Para qué aumentar las dudas,

revivir antiguos conflictos,

imprevistas ternuras;

ese poco de ruido

añadido a un mundo

que lo sobrepasa y anula?

¿Se aclara algo con semejante ovillo?

Nadie la necesita.

Residuo de viejas glorias,

¿a quién acompaña, qué herida cura?

 

 

Retórica

 

Que tus errores no sean frutos del azar o del prejuicio

sino que tú los elijas

como quien elige su remordimiento

y el consiguiente castigo.

Y que conozcas, por fin,

tu íntima flaqueza y una abyección distinta.

Inútiles tus disculpas ante eso que aflora:

la cursilería, tan mal gusto.

Y que ojalá la libertad, arduamente conseguida,

te devore y te anule

concediéndote la dicha inadjetivable

de ser tú mismo

o sea nadie, nada;

apenas algo que se repite, y se repite.

 

 

Consejos para sobrevivir

I

Tu recuerdo me acorrala

y un animal, débil y acezante,

cura sus heridas con paciencia.

Me huelo buscando en mi piel

huellas de la tuya

y hay algo ciertamente espantoso

en dormir sin ti.

Repito,

un poco cansado de recalcar lo obvio,

que te quiero y ojalá nunca me olvides.

Pero esto es, o pretender ser,

un poema de amor.

Borra el énfasis,

diluye todo grito patético

y recuerda que la mayor sabiduría

consiste en desaparecer a tiempo.

 

II

Ahora, cuando mi vida

se parece cada vez menos a mi vida,

recorro las calles de piedra del pasado

y contemplo, turbio de asco e ira,

cómo todo se reduce a la muy larga torpeza

de incesantes comienzos.

Recuerdos enmohecidos, malas costumbres

y ese desasosiego que nos acoge

con rubor inevitable: la cobardía.

Repugnancia por días inmundos

y el seguir, con terquedad,

prisioneros de nosotros mismos.

Vieja y sagaz

la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.

Entretanto, en el bosque nocturno,

el cadáver florecía de deseo.

 

 

Nuestra herencia

 

En verdad sólo los viejos odian con razón.
Sólo ellos han hecho el duro aprendizaje
de la trampa doméstica
Oponen así un aire paternal a la usura de los días
y logran llegar inmunes
al tumultuoso desorden de la fiebre,
la boca llena de flemas,
escupiendo sangre y maldiciones
mientras las visitas comienzan a retirarse, en voz baja,
y reanudan su charla en la habitación vecina:
pésames y condolencias.

 

 

¿Perdí mi vida?

 

Mientras mis amigos, honestos a más no poder,
derribaban dictaduras,
organizaban revoluciones
y pasaban, el cuerpo destrozado,
a formar parte
de la banal historia latinoamericana,
yo leía malos libros.
Mientras mis amigas, las más bellas,
se evaporaban delante de quien,
indeciso, apenas si alcanzaba
a decirles la mucha falta que hacen,
yo continuaba leyendo malos libros.
Ahora lo comprendo:
en aquellos malos libros
había amores más locos, guerras más justas,
todo aquello que algún día
habrá de redimir tantas causas vacías.

 

 

Ofrenda en el altar del bolero

 

¿Habrá entonces otro cielo más vasto
donde Agustín Lara canta mejor cada noche?
¿O seremos apenas el rostro fugaz
entrevisto en los corredores de la madrugada?
Aquel bolero, mientras el portero bosteza
y los huéspedes regresan ebrios:
aquel que habla de amores muertos
y lágrimas sinceras. Los amantes
se llaman por teléfono para escuchar
tan sólo su propia respiración.
Pero alguien, algún día, cambiándose de casa
encontrará un poco de aquellos besos
y mientras tararea:
Déjame quemar mi alma en el alcohol de tu recuerdo
escuchará una voz que dice: La realidad es superflua.

 

Salón de té

 

Leo a los viejos poetas de mi país
y ninguna palabra suya te hace justicia.
Ni nube, ni rosa, ni el nácar de tu frente.
El pianista estropeará aún más
la destartalada melodía,
pero mientras te aguardo,
temeroso de que no vengas,
Bogotá desaparece.
Deja de ser este bazar menesteroso.
Ni la palabra estrella, ni la palabra trigo,
logran serte fieles.
Tu imagen,
en medio de aceras desportilladas
y el nauseabundo olor de la comida
que fritan en la calle,
trae consigo algo de lo que esta tierra es.
En ella, como en ti, conviven el esplendor y la zozobra.

 

 

El 25 de febrero de 1984, siendo las seis de la mañana, Aurelio Arturo se me aparece en Buenos Aires

 

Tú estás muerto pero sobreviven los versos.
La ciudad que fue la tuya quizás también esté muerta.
¿O acaso Bogotá continúa en un inhóspito juzgado;
en un encorbatado oficinista
que toma tinto y lee El Tiempo?
Tu amistad, que conmigo fue buena,
no requiere de anécdotas.
Sobrevive en la alta prosodia
con que soñaste un país verde.
En el gesto, casi negligente, con que pusiste,
sobre la página en blanco, “lunas de cáscara de huevo”.
Ciertas gentes que como tú en la luz se desvanecen.
Lo dice Bergamín: Poesía es convertir
un momento histórico
en un instante eterno.
Bajo tu ancha sonrisa de seguro alentaba el mal genio
–esas cosas se advierten–
pero me aburre intentar tu silueta.
Corbatín, sombrero y chaleco: viejos tiempos.
No fuiste guía ni estrella
pero nos enseñaste a callar a tiempo.
Lejos de minucias estériles continuabas leyendo.
No citaré tus poemas.
No los usaré en contra de los necios.
Sin tener a mano tu poesía, te veo en sueños.

 

 

Retrato al óleo con sombrero y bastón del poeta cubano Gastón Baquero

 

Allí está, con su isla a cuestas
evaporada cada noche en el sueño
y reconstituida en el verde amanecer del poema.
Escrito a mano, cada verso
se baña en el aceite original
de un escalofrío nuevo.
No rompe con el pasado:
se limita a agregarle una palmera.
La brisa pasa por el sonajero
mientras monedas y llaves
tintinean en sus bolsillos cada día más anchos.
Más generosos de juguetes traviesos:
un galeón de Manila dentro de una botella, por ejemplo.
El café con leche manchó su corbata
pero su ancho sombrero
de pastor presbiteriano
recompone el equilibrio del universo.
Astuto como un leopardo de Kenia
lo acompañan un negro, una mandolina
y un ajiaco
con el hervor de todos los frutos de la tierra.
Lo inventó todo
y todo le hace genuflexiones con su cabeza
asintiendo ante el danzón de su palabra,
cariciosa y alerta.
Que las diosas del mar lo preserven.
Que la luz del Caribe
fecunde, por fin,
el pedregoso camino que no termina en Salamanca.
Que allí reine, ancho, plácido, terrible,
como cualquiera de sus certeros poemas.

 

 

Borges sueña el otro descubrimiento

 

La runa es una huella
sobre la superficie de la tierra.
Siémbrala con palabras
que sean granos de centeno, ajonjolí o avena,
Semillas más duras que la muerte.
De allí brotan las diosas
y con leve pie
salpican de girasoles
todo cuanto tocan.
Los héroes, dorados al fuego,
llenan de brío
la página ruda como cuero de carnero.
Por ello, entre hielos,
barcos daneses descubren América
Eric el Rojo, con espada de hierro,
trae un sol anterior a Dios.
Pero también el olifante
para beber un arroyo de lúpulo
o convocar a la guerra.
El largo cuerno, de toro o reno,
anuncia invierno o primavera
pero el otoño es tiempo
de amarillos pergaminos
con sus trazos elocuentes
y su caligrafía de erguidos árboles verbales.
(Sólo que ese dibujo de conceptos
se ve salpicado por diminutas hojas verdes.
Lenguas que vibran impacientes
caldeando el vaho de una boca
al exhalar el poema).
Antes que las naves,
la imaginación toca tierra.

 


Entrega

 
Ninguna fue más seductora.
Ni tuvo piel más tersa.
Ni se entregó con más abandono
al besarla debajo de la barbilla
ni irradió más alegría
desde las cinco de la mañana
hasta las diez y media de la noche.
Ni conversó con más entusiasmo
en su propio idioma.
Ni descubrió tanto mundo
–las luces del semáforo,
las gotas de lluvia
en el vidrio–
como esta mujer
de cinco meses apenas
a cuyos pies

caigo rendido

 

A Paloma

SHERAZADA

 

Es solo una historia

que invento ahora
para mantenerte
encantada.
Encadenada.
La de quien quiso
estar presa
y bendijo sus llagas.
Llama que arde
sobre piel que llama.
Eso te cuento,

Sherazada.

 

 

BÚSQUEDA

 

¿Qué aguijón

nos obliga a ir
tras espejismos?
¿Con qué fuerza
irreprimible
la sugerencia
de la dicha
nos encadena
a imágenes obsesivas?
Mares que rugen
dejan abierto un abismo.
Aquel que conduce
al más vasto
continente desconocido.
Las feroces selvas
donde late
el corazón imbatible
a la espera de quien
vuelva música
su delicado,

su atroz latido.

 

 

CINCO SENTIDOS

 

Te hablaré con música.

Así tus ojos
escucharán el asombro.
Al saborear la fruta prohibida
sentiremos
como bajo la piel
se palpan
nubes, arroyos, lejanías.
Exhalas el turbador perfume
de la aquiescencia consentida.
Inventamos nuevos sentidos.

 

 

LÍNEAS

Quisiera detenerme
en este día.
Permanecer en el mapa
de una piel
recorrida por milímetros.
Ardida y consoladora
como
la caricia de un niño.
Piel que obliga,
en hospitales y clínicas,
a que la muerte pase de largo
encandilada por ese fanal

al rojo vivo.

 

(Fuente: Círculo de poesía)

 

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