viernes, 9 de septiembre de 2022

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

Coloquemos,
por caso,
tentativa de objeto
-una taza-
en obediencia
dinámica,
perla y brillo en otro lugar;
pongamos
una pera
risueña
que se vislumbra
ente ficticio,
y su propio vientre
a punto de putrefacción;
y , ¡ay!,
en superficie
y mansión periférica,
su pelaje amarillo y turgente,
tentación
y naturaleza muerta
en lienzo de cuatro espigas;
agreguemos
una lámpara
que venera
las ambiciones de la luz
y la produce
-moderada-
a sabiendas de su piedad,
combustible
y lecho de recurso;
autoricemos
la presencia
de la caligrafía,
y porqué no,
del ámbar y el microbio,
del azafrán y el pangolín
de Marianne Moore;
adjuntemos
los aullidos de los mártires,
las cañas y aguaribayes,
el planeta entero que arde
y el silencio ventral
que todo lo conocido cubre;
leamos:
cada cosa y cada hecho
- o simulacro de hecho-
o lo que fuera,
se abre y cierra
en sí mismo
con mezquino esplendor,
no hay otra cosa
fuera de las palabras
y su engañosa sinrazón;
sin embargo,
hay quienes
fuerzan relaciones rigurosas
y con ellas
límites,
cadenas arbitrarias,
y peor, resguardos voraces.
 
Pues bien,
de todo hay.
Pero no.
Convención y fósil. 
 
Y esos quienes
meten este menjunje
en la boca institucional
cuya lengua impone
la centralidad de los contrarios,
su apaciguamiento
y abundancia en confusa vigencia.
Pero no.
Las cosas son diferentes,
los límites: acérrimos,
la autonomía: feroz,
los hechos: pechos de piedra son,
y la disidencia perpetua impera.
Cada cosa implica cada cosa.
No más.
No camuflaje ni extensión.
Caben aquí
trampas y ardides
que la naturaleza y desnaturaleza
humana
ostenta,
vesánica,
como capitulación,
herida,
disparate,
vulgaridad,
gueto,
arco de triunfo
y no de París, precisamente. 
 
 

- Inédito -

 

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