viernes, 11 de febrero de 2022

Ludwig Zeller (Chile, 1927 - 2019)

 

Raíz en la noche

 

Si busco mi alma, si te nombro en sueños,

hay una imagen que arde al fondo de los días;

despierta súbita, afiébrase llorando,

salta las trizaduras y como por descuido

dan sus yemas en cuerdas que interrogan.

 

¿Vienes, sonríes tú al helado resplandor

de la flecha que nos quema por dentro?


¡Qué cansada la noche, qué adversos los caminos!

Venas que vuelven a quebrarse al viento, a recorrer

la llama:  una puerta golpea, suena, suena...

Y no hay nadie en la casa, las cosas no responden,

están solas, terror, huésped de la ceniza.

 

¿Cuál es tu nombre, Voz?  ¿De dónde vienes,

ámbar que anhelo ser, duras estrías

en que ansío morir o arder ya para siempre?

 

Llama que llevo en mí, filo que vela las noches

interiores del ave-sol en los fugaces cuerpos,

¡Oh eternidad, oh briznas!, antenas que se mustian

lunas que se fatigan en la arena donde crece la sed,

donde la sangre busca sus respuestas.

 

Soledad, vida mía, misterioso fantasma

que solloza a mi lado, ¿eres acaso el eco,

cierva que nadie ve, (¡llagas, estigmas!), ojos

que se abren bajo los fríos cielos verticales,

cuando el amor nos lleva hasta el desierto

y brota en ti el halcón que no devora el tiempo,

reflejo del olvido, polvo errante?

 

Sostén el dardo — ¡Oh Vida! —, la mirada veloz

de la escarcha que fúndese en tu llama, paisaje

abierto sobre el rostro, ¡Hogueras!, piel,

espejo caliente de donde nace el sol.

 

 

 

Un constructor de infiernos

A Martín Cerda

 

Clase de religión, tercera sala; allí el Padre Gregorio

Va a explicarnos a cuarenta canallas, los mecanismos

De la eternidad...

                                                “Considerad el tiempo en el infierno, dice:

Cada cien años sobre un globo de bronce que es la tierra

Pasa una hormiga azul, pata tras pata, desgastando

A su paso, lentamente, el astro de metal resplandeciente.

Pasa diez veces o diez mil patas en miríadas pasan,

Repitiéndose... y sería un segundo allá en la eternidad

De los tormentos...”

                                                Se callaba y nosotros castañeteando

De sopor y espanto, golpeábamos los vidrios con la frente.

 

Don Gregorio Martínez, jesuita, profesor de retórica

Está muerto, lo arrastran como hormigas los gusanos.

Menos mal que canallas, cada uno de nosotros ahora es libre

Para elegir su infierno.

 

 

 

Insomnio con escamas

 

Un pez cruza mi sueño cada noche

Y abre un túnel de incienso en las almohadas,

Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire

Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean

De una a otra pared siento temblar sus hojas cristalinas.

 

¿Todo está aquí? ¡Respóndeme! Ola de vientre

Oscuro, signos que alguien dibuja allá en el fondo

Como estrías del mismo espejo siempre.

Si venimos del pez, del hueso ardiente

Empeñado en abrirse en sus espinas, si no hay piedad

Si en el estanque pasan la red día tras día,

¿En dónde están los ojos que nos miran, en dónde la raíz

De ese lamento, las ascuas del insomnio en las agallas

Que se inflan, se prolongan, buscan un metal frío?

 

De ese país que lentamente se alza en las paredes

Secas del día y las semanas salen a recibirme las escamas,

Me incorporo entre llagas, pregunto por amigos

Que no existen, que son polvo molido por la lluvia,

Me pesa cada trozo, cada porción del alma que recuerdo.

 

¿Estáis allí?, pregunto. ¿Estáis allí? Invisibles

Golpean las agujas en el telar sediento

De la imagen y los vidrios se quiebran, se endurecen

Sobre la cicatriz de la corriente. Veo lágrimas

En el rostro final, el pez que vuelve cada noche en sangre

Que respira en mi almohada, que se quema en mi oxígeno

Y despierta...

 

                                                   Tras el vidrio estoy solo,

Tal vez en otro sueño, dando gritos.

 

 

 

(Fuente: Excelsior)

 

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