Raíz en la noche
Si busco mi alma, si te nombro en sueños,
hay una imagen que arde al fondo de los días;
despierta súbita, afiébrase llorando,
salta las trizaduras y como por descuido
dan sus yemas en cuerdas que interrogan.
¿Vienes, sonríes tú al helado resplandor
de la flecha que nos quema por dentro?
¡Qué cansada la noche, qué adversos los caminos!
Venas que vuelven a quebrarse al viento, a recorrer
la llama: una puerta golpea, suena, suena...
Y no hay nadie en la casa, las cosas no responden,
están solas, terror, huésped de la ceniza.
¿Cuál es tu nombre, Voz? ¿De dónde vienes,
ámbar que anhelo ser, duras estrías
en que ansío morir o arder ya para siempre?
Llama que llevo en mí, filo que vela las noches
interiores del ave-sol en los fugaces cuerpos,
¡Oh eternidad, oh briznas!, antenas que se mustian
lunas que se fatigan en la arena donde crece la sed,
donde la sangre busca sus respuestas.
Soledad, vida mía, misterioso fantasma
que solloza a mi lado, ¿eres acaso el eco,
cierva que nadie ve, (¡llagas, estigmas!), ojos
que se abren bajo los fríos cielos verticales,
cuando el amor nos lleva hasta el desierto
y brota en ti el halcón que no devora el tiempo,
reflejo del olvido, polvo errante?
Sostén el dardo — ¡Oh Vida! —, la mirada veloz
de la escarcha que fúndese en tu llama, paisaje
abierto sobre el rostro, ¡Hogueras!, piel,
espejo caliente de donde nace el sol.
Un constructor de infiernos
A Martín Cerda
Clase de religión, tercera sala; allí el Padre Gregorio
Va a explicarnos a cuarenta canallas, los mecanismos
De la eternidad...
“Considerad el tiempo en el infierno, dice:
Cada cien años sobre un globo de bronce que es la tierra
Pasa una hormiga azul, pata tras pata, desgastando
A su paso, lentamente, el astro de metal resplandeciente.
Pasa diez veces o diez mil patas en miríadas pasan,
Repitiéndose... y sería un segundo allá en la eternidad
De los tormentos...”
Se callaba y nosotros castañeteando
De sopor y espanto, golpeábamos los vidrios con la frente.
Don Gregorio Martínez, jesuita, profesor de retórica
Está muerto, lo arrastran como hormigas los gusanos.
Menos mal que canallas, cada uno de nosotros ahora es libre
Para elegir su infierno.
Insomnio con escamas
Un pez cruza mi sueño cada noche
Y abre un túnel de incienso en las almohadas,
Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire
Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean
De una a otra pared siento temblar sus hojas cristalinas.
¿Todo está aquí? ¡Respóndeme! Ola de vientre
Oscuro, signos que alguien dibuja allá en el fondo
Como estrías del mismo espejo siempre.
Si venimos del pez, del hueso ardiente
Empeñado en abrirse en sus espinas, si no hay piedad
Si en el estanque pasan la red día tras día,
¿En dónde están los ojos que nos miran, en dónde la raíz
De ese lamento, las ascuas del insomnio en las agallas
Que se inflan, se prolongan, buscan un metal frío?
De ese país que lentamente se alza en las paredes
Secas del día y las semanas salen a recibirme las escamas,
Me incorporo entre llagas, pregunto por amigos
Que no existen, que son polvo molido por la lluvia,
Me pesa cada trozo, cada porción del alma que recuerdo.
¿Estáis allí?, pregunto. ¿Estáis allí? Invisibles
Golpean las agujas en el telar sediento
De la imagen y los vidrios se quiebran, se endurecen
Sobre la cicatriz de la corriente. Veo lágrimas
En el rostro final, el pez que vuelve cada noche en sangre
Que respira en mi almohada, que se quema en mi oxígeno
Y despierta...
Tras el vidrio estoy solo,
Tal vez en otro sueño, dando gritos.
(Fuente: Excelsior)
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