jueves, 6 de enero de 2022

Vivian Lofiego (Buenos Aires, 1964)

 


REINAS DE BELLEZA

 


Un ángulo muerto en el oído para poder
escuchar con más claridad lo enmudecido
Anne Sexton
 
...
El vestido de novia tenía tules interminables
Capas-como una cebolla- finas, transparentes, infinitas
Culminando en el dobladillo que barría
caprichoso el polvo de finas partículas
 
Era una novia de 5 años,
Bailaba feliz por la casa
Buscando al novio,
Escoltando al cortejo,
En el juego de la gallinita ciega
Distribuyendo confetis de colores
Y ellos irían al ruedo del vestido
 
El vestido de unas horas:
La Fiesta, el vals, encajes, perlas, corona,
Años deshaciendo minuciosamente la ceremonia
– un cangrejo obstinado en borrar su huella-
Hilvanes, sedas, rosas rococó fueron a parar al desván
-lo inservible posee un alma que se resiste a desaparecer-
Aquel fue de las cosas, expuesto en la vitrina temporal
 
Después de jugar arrojaba el vestido y abandonaba la escena
Harta de estar sola en mi propio casamiento
Tomaba una boa de plumas de avestruz
y una cartera de perlas en degradé marrón
-si pasaba mis dedos sonaba una música extraña, familiar-
Me transformaba en la madrina de la novia
O sea, era la madre de mi madre y su prónuba
 
Detrás del decorado, entre bambalinas,
Las voces de ellas hacían de corifeo
Llegaban suaves, acordes a mis susurros
La tarde las iba transformando en letales, monótonas,
Otras, en unos moderato cantábiles
 
Durante varias estaciones duró aquel ritual,
Solitario, soberano, feliz,
Fue mi mundo Renacentista:
Las artes combinadas y la ciencia:
Laboratorio incluido, azufre robado del botiquín,
Colores y dibujos, ladrillos en miniatura armando casas,
familias felices, inventando un universo armonioso
 
-Allí las novias no se quedaban solas-
y en lugar de laboratorios había jardines arbolados
Un jacarandá sin penas con carita animal vestido de coral
 
Repetidas veces el vestido de novia arrastró hojas otoñales,
Los nísperos derramados temprano en el patio,
Libélulas caídas, mariposas, un insecto pavoneando fealdad que
llegaba arruinándome la breve dicha,
la voz de mi padre evocada en el sonido de las olas,
En un caracol que hacía las veces de teléfono
 
En el patio ensayé cuantos papeles pude,
Una vez empecé a escribir,
No sé si fue que me extirparon las amígdalas
o la partida de mi padre,
-el dolor había sido lacerante-
 
Ya no necesitaba disfraces, ni laboratorio,
Empezaron los libros a ser parte del tesoro,
De la quietud, del llenar de los espacios
 
Me seguía insistente una marca en la mano derecha,
La misma que me invalidaba seguir jugando a la novia
 
Las damas del corifeo se incorporaron
severas o indiferentes, socarronas o secretas,
las desarmaba en figuras de papel
era mi complicidad con la belleza –había que huir del
decreto tribal, huir de la palidez de los engaños,
las tramas a las que no quería entrar porque en mi jardín
lo yermo se transformaba en alegría inquietante, movediza
 
Como el vestido de capas interminables
Hilado fino, hilaba ahora palabras,
Las emociones eran flores vivas
En las hojas blancas, reinas, brujas, lúgubres, hadas
Prolijas, aunadas, propias
El universo se iba creando
era alcanzable, posible, eso creía …
 
Un jardín de hespérides cuyas manzanas
doradas estaban a mi disposición,
jugosas, radiantes, alejadas del veneno,
Esa insoportable ausencia combatida con la mano derecha,
 
¿Una espada? ¿Un clavo? ¿Un alfiler?
 
La foto de novia de mi madre fue más
importante que mi propia foto de novia,
Después de todo yo estaba programada
para ser una novia solitaria,
Novia vestida de azul, una mañana fría y soleada en París
 
Aprendería que las palabras nacen de la pérdida,
De una canción oscura del abismo del caracol,
Del interminable tul de un vestido adherido a mis células,
Como aquel que quemara viva a la novia de Jasón,
Aquel que fuera de mi madre el lamento contra mi padre
Del que fuera expulsada por haber cobrado vida bajo
aquel grácil movimiento de las sedas, los encajes, la enagua
El ámbar dorado del primer amanecer
 
 
Buenos Aires, 2014
 
 
 
(Fuente: Daniel Rafalovich)






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