Perdido y hallado
Ahora veo a veces a mi padre
arriba en el cielo, deambulando
por ese extraño lugar donde recoge
lo que otras almas ya no quieren,
como toda su vida recogió
cosas no deseadas.
Como en una pantalla, veo inclinarse
su figura corpulenta, sus manos huesudas
recogiendo un alfiler oxidado,
un clavo, una moneda de un reino perdido.
Un día serán justo
lo que alguien necesite.
Y cuando las lágrimas ya son muchas
y esta maldita cama podría ser un campo,
me levanto y me pregunto cómo diablos
el mundo puede siempre hallar más tontos
que pierden cosas y están ellos mismos perdidos,
y aun así continuar.
Entonces algo cede en mi corazón,
y sé, como si en el fondo siempre lo hubiera
sabido, que todos esos trastos, ese viejo
envoltorio de Navidad, esos ovillos de hilo,
los cinturones, las hebillas, los guantes izquierdos,
las docenas de pares de zapatos gastados
y calcetines sin dedos, las bombillas quemadas,
los rollos de alambre y los tornillos usados,
los relojes rotos, las bolsas de plástico
prolijamente dobladas, las lapiceras que gotean
y los marcadores secos, los trapos manchados de tinta
y el papel secante, los tambores de lavarropa
abollados, los apósitos, las agujas y las hebras
nunca fueron suyos en verdad, estaban destinados
para mí.
[Trad.: Gerardo Gambolini.]
(Fuente: Gerardo Gambolini)
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