Subí a colgar las sábanas,
en la azotea estaba el cielo
y abajo me esperaba un libro.
Tenía prisa de volver,
pero se me abrió el cielo
como una página
y me olvidé del libro.
Me viene del cielo,
no de los libros, la certeza
de que el cielo es sólo cielo.
Me seca de todo residuo de Dios,
como el sol y el viento
secan las sábanas.
Miro cómo en ellas lo húmedo
se retira
y, secas ya, libres de Dios, se agitan.
(Fuente: Daniel Rafalovich)
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