VIAJE
VIAJE
Viajar es pensar, el ojo dado vuelta hacia afuera: la nube, la mata reseca, lo que mata:
qué pasa si tuerzo el volante quince grados a la izquierda y voy contra ese camión.
¿Un momento incandescente, la negrura?
El que viaja piensa.
Se piensa en los hijos, se ve pensado por los hijos, un ojo en el espejo retrovisor, el otro en la serpiente de macadam, el otro en otros ojos, negros, verdes, amarillos, celestes.
No recuerdo el color de los ojos de mi padre.
Los de mi madre eran de un verde atormentado.
¿De qué color son sus ojos, ahora que se los comió la tierra?
El que viaja piensa, pero no demasiado.
Allá adelante hay una tormenta.
Se ve caer el rayo, vertical, sin ramificación: árbol eléctrico de un solo palo
palo del cielo a la tierra
palo de la tierra al cielo
no hay manera de saber de dónde vendrá el golpe:
el que viaja no piensa en esas cosas:
ve ojos negros, amarillos, verdes, celestes ve tormentas, ve a sus hijos, vuelve a oler esas nucas de recién nacidos
ve un perfume
ve cadáveres de animales destripados
ve un remolino de tierra dando vueltas como diablo
saluda al diablo y al ave rapaz
pisa el acelerador sin motivo
la velocidad se come el paisaje
levanta el pie
el motor se queja como un gato dormido
el que viaja vuelve a su pensamiento de dos dimensiones:
adelante y atrás
sencillo como una flecha
el que viaja piensa en las flechas
en su dirección emplumada
¿No es raro que las plumas de un pájaro sirvan para dar contra el pájaro?
El que viaja no piensa.
El que viaja por la estepa no piensa.
El que viaja contra el viento no piensa.
Es pensado por la estepa, el pájaro, el viento, los cadáveres destripados, los demonios de polvo, los camiones, los ojos negros, verdes, amarillos, celestes, los ojos vacíos de los muertos y las muertas
su órbita irresistible
el que viaja da vueltas y vueltas alrededor de esos ojos
sucumbe a la ilusión de ir de un lugar a otro.
El que viaja no viaja.
El ojo del que viaja quiere comer futuro
el ojo hambriento del que viaja es un motor
un quemador de luz
un pedazo de carbón que traza un horizonte y dice: hasta acá.
El que viaja vuelve.
Si no, no es viaje.
Vuelve de todas sus órbitas alrededor de los ojos negros, verdes, celestes, amarillos, comidos por la tierra, vuelve de sus perfumes, de su turbión de polvo, del alcohol y el desconcierto, de una mañana viendo pasar un río, del terror de no saber ir ni volver.
Pero el que viaja, esta vez, vuelve.
Saca la ropa usada de la valija.
La echa a un balde.
El que viaja no tiene lavarropas: ama lavar a mano lo que ensució.
Pero antes huele cada trapo: ahí, detrás del sudor del viaje, están los ojos celestes, negros, verdes, amarillos, vacíos, el diablo arremolinado, el volantazo de diferencia entre volver y no volver, el cadáver destripado de un cordero, las matas negras de la última quemazón, el ojo que come y se deja comer.
(Fuente: Copiado del muro del autor)
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