jueves, 5 de agosto de 2021

Tamara Kamenszain (Buenos Aires, Argentina, 1947 - 2021)

 

 

Yo a esta altura de mi vida

me siento obligada a ser clara

aunque nada ni nadie me lo pida.

En un poema de 1986 me puse oscura

para decir algo que ahora

diría de otra manera.

Transcribo parte de ese poema con el único fin

de poder usar de nuevo sin avergonzarme

la palabra sujeta:

"Se interna sigilosa la sujeta

en su revés, y una ficción fabrica

cuando se sueña".

Para mí lo urgente a esa edad era

graduarme de mí misma retener

como diploma de adulta mi nombre propio

en una celda impersonal.

Para eso tuve que recurrir a la tercera persona

como si en verdad los sueños de la otra

los pudiera descifrar Tamara.

 

Pero la fiesta engaña porque hay otra línea que sin embargo

de nuevo es la misma:

veinticuatro horas y ya pasamos al 2013.

Varios cambiaron hoy su foto de perfil y eso le gusta a Facebook

porque es bueno contestar a la pregunta íntima

con una imagen pública.

Si pudiera escribir como quien cambia su perfil subiría

unos versos de mi primer libro y los haría pasar como actuales.

Eso contestaría a la pregunta de cómo me siento:

"una piba", diría mi mamá.

Pero mis hijos me privan de hacerlo

si digito la contraseña las iniciales de ellos

me dejan entrar sólo a mi propia edad y eso me devuelve

a los límites del poema-libro.

 

¿Eso es hablar de la muerte?

 

Ensayé todo lo que pude

insistí con estribillos ajenos

“debajo estoy yo” “debajo estoy yo”

pero Pizarnik ya había nacido

enterrada Alejandra Alejandra

se hizo llamar desde chica

y eso sí que es hablar de la muerte.

Yo solamente la cito

porque nací en una generación

y eso no es hablar de la muerte

si el cuerpo camina solo

plegarse con otros al paso del tiempo

es un deporte literario:

“La muerte y la vida estaban

En un cuaderno a rayas".

…       

 

Cuando te casaste

atado de frente al juez en su registro

mis nervios rozaban en ramo tu antebrazo

sintonía para dos costados rumorosos

buscando por señas de nacimiento

juntar siluetas digitales en familia

reconocer a nuestros hijos

por el parecido.

Cuando te casaste conmigo

estábamos parados

mi edad de merecer en la cintura

y en el acento del sí colgadas las cabezas

para que los testigos, mudos de la diferencia

callaran al tiempo de copiarnos

línea por línea el rostro enloquecido

del matrimonio perfiles en un acta doble faz.

 

Esto no lo conté nunca a ninguno de los analistas:

en el colegio primario judío veíamos todos los años

la misma película de los campos de concentración nazi

esa donde unos cadáveres vivos cavan la fosa

después tiran adentro los huesitos de sus muertos

y después todavía son obligados

a empujarse a sí mismos suicidados por otros

que los fusilan para que de tan livianos caigan

sin comerla ni beberla.

No sé pero todavía hoy cuando un taxista dice

algo sobre los judíos me callo

no vaya a ser que por el espejo retrovisor descubra

que yo también estoy al borde de esa fosa.

Por eso no opino por eso me escondo

detrás de la primera persona.

 

Fuera de padres, desmarida

vino en un cuarto ambulatorio

de canto a esta moneda ajena

gasto el calefón en su rugido

quedada matriz de la heladera

acaso me enfríe de mi casa y voy

a tironear, si escribo, de los hilos

que en la maraña enlazan a mis hijos.

Lo que empieza donde termina

 

Para armar un libro hay que hacer

como las modistas que cosen

siempre del lado de adentro

y cuando dan vuelta la tela esas costuras

que ellas trabajaron confiadas

desaparecen para dejar ver

un aceptable

lado de afuera

 

 

(Fuente: La Parada Poética)



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