jueves, 19 de agosto de 2021

Paloma Camacho Arístegui (Bilbao, España, 1988)

 

 

Ha vuelto la mujer de negro con su leche fermentada y sus olivos incendiados. Ha vuelto con su lazo de profecía al cuello y trae entre sus manos una caja arrepentida, recubierta por una patina de cosecha y sordina.

 

     Dice haber avanzado a rastras, respondiendo a ciegas hasta llegar aquí. Dice no tener linterna ni semillas. Nada con lo que derribar el fracaso y la sombra. Apenas un traqueteo de huesos primitivos.

 

     Dice que el tiempo arrulla a los hijos tristes. Dice vaciarse, dice temblor.

 

«Un molino nunca pierde sus piedras», dijeron una vez.

Y siguieron ladrando los perros

en la noche aceitunada

y lustrosa.

 

La mujer avanza con la mano repetida en la garganta, seña de identidad, con pasos de cemento trasplantado, intentando dejar eso atrás. Contiene la esencia de quien le permitió el latido; el latido aquí también es una verdad física. La mujer de negro trae una caja arrepentida. Resbalan sus lágrimas, caen pesadas como un animal herido y se filtran a través de la madera confusa. Es trascendental esa caja.

 

Hay una raíz dentro

y está creciendo.

 

 

 


En:  La huella

 

               Ya lo dijo Casimiro Parker

 

              (Fuente: Papeles de Pablo Müller)

 

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