La Vida de las imágenes
Existe,
en la crítica literaria, un malentendido de grandes proporciones en
relación al modo en que las ideas se insertan en los poemas. En
apariencia, los poetas proceden siguiendo uno de estos dos métodos: o
exponen sus ideas directamente o encuentran equivalentes para ellas. Lo
que a menudo se denomina poesía filosófica da la impresión de ser una
poesía de aguda elocuencia, o bien una variación del simbolismo. En
ambos casos se asume que el poeta sabe de antemano qué es lo que va a
decir, de modo que escribir el poema no es sino la búsqueda de la forma
más eficiente de adornar esas ideas.
Si eso fuera correcto, la poesía
se limitaría a repetir lo que se ha pensado y se ha dicho antes que
ella. No existiría el pensamiento poético tal como Heidegger lo concibe.
No cabría esperarse que la poesía tuviera la más mínima relación con la
verdad.
(…)
Mis poemas (al principio) son como una mesa sobre la
que se coloca toda suerte de cosas interesantes que uno ha ido
encontrando en sus paseos: un guijarro, un clavo oxidado, una raíz de
forma peculiar, la esquina de una fotografía rota, etc. Después de
dedicarme a mirarlas y de pensar en ellas a diario, comienzan a
fraguarse ciertas relaciones sorprendentes que apuntan a algunos
significados.
Estos objets trouvés de poesía son, desde
luego, fragmentos de lenguaje. El poema es la estancia donde uno escucha
con atención lo que el lenguaje está diciendo, donde empieza a surgir
el verdadero sentido de las palabras.
Eso no es cierto. Lo crucial no
es lo que las palabras significan sino, antes bien, lo que muestran y
revelan. Lo literal conduce a lo figurativo, y en el interior de cada
figura poética de valor hay un teatro en el que se está representando
una obra. Ésta trata sobre dioses y demonios y el mundo en toda su
desconcertante presencia y variedad.
En esencia, un poema interesante es un problema epistemológico y metafísico para el poeta.
Trad. Luis Ingelmo
(Fuente: Ada lírica)
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