La descendencia
Me siento, las nalgas desnudas, en el musgo
las llamas del diablo entran en mí
Contra las piedras hay vergüenza para ser polinizada,
en la orilla se reconoce el propio cuerpo antes de la interrogación.
La niña alterada se mezcla en el paisaje.
Por fin se ha enterado de la existencia de personas sobrepuestas,
bebidas fermentadas, linos de sangre,
se enoja con la sierra circular de la piel, enebros
vueltas y vueltas, piernas equivocadas, boca pegada,
piel que no transparenta
las venas.
Queda un cupón no ganador y un globo pinchado con una aguja de tejer.
La luz de San Juan revela sutilmente, aprieta las caderas.
No querías más
al borde de la mesa, a la bifurcación,
le diste vuelta a la amoladera en las entrañas del vientre,
el pecho lleno de hojas mojadas
Doblaste las pestañas, el secreto de los ojos pintados de negro.
Los libros escondidos hacían brotar esporas de fuerza.
Tres juramentos: no me abro, retrocedo, paro.
Los labios y los ojos aún se hinchan por el golpe
los rostros vacíos de los adultos se vuelven hacia
la mañana bidimensional
la neblina susurra, el colimbo ártico condensa.
Vuelvo a empezar, desde el pie del abeto, y en las curvas de la punta
ya hay nuevo hielo negro, bufandas bien tejidas,
almohazar listo para la madre y la mente bajoneada
hacia la espalda, la orilla poco profunda con un rastrillo de hierro.
En el libro de texto se ha llenado el regazo con hijos propios
de preferencia en el musgo, con el palito en la faringe.
*(Traducción: Johanna Suhonen y Roxana Crisólogo)
(Fuente: La parada poética)
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