jueves, 11 de febrero de 2021

Yván Yauri (Quillabamba, Perú, 1963)

 

 

LUCERO DEL RÍO

 

Atardecer infinito

en la selva encendida.

Alboroto de óleos

aromas fervientes

y chillidos salvajes

redimiendo el mundo.

 

Viajo varado en este reino de mito.

Ensueño de pupilas tersas

sienes moteadas y

fauces sigilosas.

Insólito estupor

ante un fresco alucinado.

Otorongo radiante

a la grupa de su yegua prieta.

Como delirio cautivo

en el reino de miel y frutas silvestres.

 

Vamos fluyendo entre caimanes

garzas y cormoranes

suavemente sin apremio.

Explorando las leyendas de esta vida.

Forcejeando para arrebatar a los dioses

la brasa de la santa libertad

bajo un espléndido lucero.

 

Noche cerrada en el Amaru Mayu.

Nocturno de voces

y conjuros espectrales.

Boscaje sonoro. Canto lunar.

 

Sobre mí el fulgor de tu cuerpo celeste.

Ascensión

21 h. 33 min. 12.2 seg.

Declinación

-15° 58’ 35.7”.

Diámetro del cuerpo

50 arcosegundos

desde la quilla de este bote.

 

A lo lejos hay fiesta en la ciudad.

Los felices colores de las bombardas

en la tibia oscuridad.

 

 

 

  

 TIEMPO TOKAPU

 

Región cromática de mayo

                 tiempo tokapu

       por las cimas mestizas.

   Brusca prole

            de tejados voladores

y sonoros gestos recortados en la brisa

                        de la hoyada madre.

     Este aroma arrebolado

                                entre los pastos

                     tejiendo su horizonte

          para la dura saga de la muchedumbre.

                                      

                    El mundo cuesta arriba.

        El alto y hondo mundo acompasado

     con su clara claridad erguida

                             sobre desolladas gredas.

     Dulce prole tenaz

vieja es la estela de la agreste chicha

            rojo y garzo

    el viento del ocaso en la Plaza del Cusco.

 

   La amada libertad es la armonía.

   La rancia esclavitud el caos.

   No hay demiurgo sideral bajo los Andes.

   El poeta es el demiurgo que galopa.

   La ciudad es un poeta exorbitado.

 

  Y redimido tramonto hacia los valles.

     La yerba seducida por los ríos

             transporta nuestra bárbara nobleza.

            Las tonadas de la cálida gleba

        divagan tamboreándonos por dentro.

                     

                      A tiro de piedra

          el trajín tornasolado

                                    de los pueblos.

      Una frágil fiesta de turtupilines.

                    Un veloz estruendo de loros

                              contra los kapulíes.

 

     Tras la floresta me detengo a ser feliz.

      Más feliz que esos límpidos zumos

   en el bullente Mercado de Quillabamba.

 

 

 

(Fuente: Angeles de papel)

 

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