Tú no quieres que tus palabras queden apenas como nombres
y apellidos de las cosas. Como las sombras inventadas de las cosas.
A ti te gustaría que tus palabras fueran las cosas y la creación
misma. Después de todo, así te comportas con ellas.
Borras, borras todo en el mundo hasta quedarte solo con las palabras.
Y entonces, ellas no tienen otra salida. Tienen que volverse todo. Todo
en el mundo. Todas las cosas. Entonces, tú eres su dios: porque tampoco
tú, entonces, tienes otra salida.
Y solo entonces es cuando empieza la verdadera empresa que tiene que
revelar lo que tú puedes hacer con las palabras y lo que las palabras
pueden aguantar que se haga con ellas.
Es loca y costosa esa empresa, no lo niegas. Pero también tiene un
encanto irresistible, lo admites. De otra manera, no la repetirías sin que
importaran las consecuencias. Sin que importara la sangrienta venganza
de las cosas resucitadas que no saben de bromas.
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(Fuente: Daniel Freidemberg)
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