lunes, 16 de febrero de 2026

Germán Carrasco (Santiago de Chile, 1971 - 1996)

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 

 

GERMÁN CARRASCO. EL POETA DE LAS CALAS AZULES Y LA MUERTE

 

*
Terminar un poema así con un remate que queda como moñito, no me interesa para nada. Toda buena poesía es una búsqueda, una forma que gatilla otras formas y deformidades. Un poema es un aparatito verbal especial, raro, no tiene por qué estar “terminado”; tiene una lógica propia, establece otro tipo de relaciones, pone en marcha abstracciones, retratos, sonidos, pero no tiene por qué ser coherente ni “pulidito” ni todas esas supersticiones. (Germán Carrasco)
 
*
 
 

TODAS LAS ARTES POÉTICAS SON:

 

un brindis,
la insidia del sol sobre las cosas,
un chungungo nadando de espaldas
o un poodle ladrándole al oleaje;
el boomerang que se juega sin pareja
y retorna a la mano que lo lanza;
qué sé yo: las calas azules;
los diminutivos áfonos, carantoñas y palabras soeces
del amante en el oído de la amada
(monedas para comprar una sonrisa u otra cosa),
o los predicadores evangélicos de los barrios bravos,
(la hermosa voz que algunos tienen,
su curiosa obcecación). 
 
Y en una tuba ridícula, más pesada
que una espada o un fusil
un anciano que toca de pie, trabajosamente
melodías que no escuchan ni las palomas.
*
 
 

DEL TITANIC Y EL ZEPPELIN

 

Recuerdo la lectura de poemas, el eco de la ovación.
Una rubia bautizaba la proa de la nave con champagne:
espuma de mar, semen liviano del que nacen acróbatas
y bardos (cada metro el latigazo de una ola)
como el que los despedía en ese momento épico
del poderío americano: magnitud y misterio comparables
al del zeppelin nacional-socialista,
majestuoso velo sobre la insidia del sol:
metáforas colosales
aunque lamentablemente poco prácticas
cuya historia, junto a la de Babel, escribimos
con sumo cuidado
en barcos de papel, granos de arroz.
 
*
 
 

FLAMENCO

 

En el alcázar más alto, en una casa esquina
o en una embarcación
posa, cual veleta fija,
nuestra ave.
 
Hace equilibro para comprobar su lucidez, observa
cual Rodrigo de Triana que no grita tierra
ante la promesa, la ilusión, en un mar liso
bajo un cielo sin nubes y sin viento:
 
así está la ciudad: quieta,
pero nada es eterno,
excepto un flamenco en un alcázar;
 
cualquier brisa brusca podría desbaratarlo
 
o doblarle las rodillas (ante lo cual
tal vez vuele de vergüenza abandonándonos
o tal vez tambalee y choque y muera;
no habría rey entonces,
equilibrio, alcázar
ni visión de tierra firme).
 
Sus patas agregan altura a la altura del alcázar
desde el cual mira con indiferencia a dios
y con indiferencia a veces imagina
la posibilidad de amor en el ocaso;
 
ha de llegar, tal vez, el amor, desde aquella
dirección infrarroja a la que mira imperturbable.
 
El tono entre blanco y rosa de sus plumas
añora mimetizarse con el crepúsculo;
su sangre añora disolverse, desaparecer,
morir ahí. 
 
*
 
 

EL POETA DE LAS CALAS AZULES Y LA MUERTE

 

La muerte
(sinfonía, niña que quiere jugar, alguien que quiere ajustar cuentas)
hace su aparición en escena.
Viene a pedir el fortalecimiento
de la musculatura cardíaca y la inteligencia.
Ni rezar ni compartir la mirada: cuadrarse, caminar.
La muerte
que salta. La muerte
que se aglutina y expande
haciendo presión dentro del cuerpo y/o cerebro
hierve y se abre paso por conductos seminales
como tinta o canto 
 
y salta a chorros la sidra en la penumbra
o conforma cohortes interiores.
 
Antes del cuervo, en el tiempo de los truenos oportunos
hubo una musa o una mujer araña
que recibía dichosa la bofetada de las olas.
 
*
 
 

SOBRE LA DESAPARICIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO

 

El pony se llamaba rubia, o Ruby
y desde que apareció en mi sueño
ando buscándole un corral: yo
vivo en habitáculos sin patio
y temo que le ocurra algo
por eso recorro eternamente la urbe
buscando lugares para que paste
 
*
 
 

ALTA POESÍA

 

A veces quemo la vela por ambos cabos
A veces quemo el aceite de la medianoche
y hurgo en libros como con herramientas,
contundentes herramientas. Golpean:
“ábreme, samaritano, tengo a mi hija en el hospital
y necesito monedas para el microbús”.
¿Cómo saber si dicen la verdad?: Se cacha al tiro
y creo no equivocarme en estos casos:
con alguna herramienta contundente
como por ejemplo una pala de jardín
—cualquier herramienta es un arma
si se la empuña adecuadamente—
permanezco alerta a palabras y sonidos
de la calle, a la vez que del libro
o mi boceto, garabatos; me detengo
en una palabra, creo asirla, y esta vez
siento que forcejean con ganzúa. Los espero
con una contundente herramienta de jardín
en una mano. Con la otra leo “oda a un ruiseñor”.
 
*
 
 
 

INTERIOR 

 

es como si una bandada de chincoles
–esos ruiseñores proletarios–
hubiesen sido alcanzados
por una lluvia de perdigones
 
o como el suicida vanidoso que escoge
para la descarga de su arma
un fondo blanco (el policía que llega,
bromea impávido: otro Pollock).
 
Bandada. Lluvia. Hacen el amor.
La chica está en su periodo.
Quedan manchas por aquí y por allá
en el cuerpo de la muchacha.
 
Parecen hematomas, dice ella.
Dice: me dejaste llena de hematomas.
Petequia, equimosis, telangiectasia,
signo de Battle, de Cullen.
 
Sonríen ante una pulsión y misterio
que en vez de reprimir, dejan fluir.
 
Delebles las manchas, el cubre de caricias
la arbitrariedad impresionista: manchaje
de aromos y ciruelos que se anuncia
a lo lejos como avanzada de primavera.
 
Pero la efusión se parece al otoño
cuando los árboles se desprenden
de las hojas amarillas y rojizas.
Manchas por todos lados, de ciruelas
 
que caen de maduras y tiñen el pavimento
con un criterio de diseño que,
al igual que las rayas del célebre tigre,
dicen que solo Dios sabe.
 
Las manchas son delebles en el cuerpo
pizarra o formalita en donde la vida
a veces garabatea, otras veces escribe
con elegancia, diversos grafemas.
 
Es como si una bandada de chincoles
–esos ruiseñores proletarios–
cantaran.
 
Él es una brasa que la sonrisa
de la muchacha atiza.
 
Entre risueña y triste ella luego
restriega las sábanas con cloro.
 
La tripa del bolígrafo es una arteria
y el cuore un cartucho de tinta
adulterada, pirata
que arruina la impresora,
el escritorio, los papeles.
 
*
 
 

ODA A UN NOTEBOOK

 

un hombre o una mujer desnudos
en una pieza tipo calabozo,
un ser humano solo
rodeado, en el mejor de los casos,
de ediciones y un termo con té,
de diccionarios y una botella de vino
pero la mayoría de las veces
rodeado de nada, a oscuras;
las rodillas abrazadas,
la cabeza en las piernas;
 
un ser humano solo
que piensa: (a)el cobre no se oxida
(b)el rock es luz y (c)todo poema
es un regalo
hecho con devoción y (d)
el cuerpo es de goma o acero:
 
aguanta que ni se imaginan
y lo que nos cortan
nos crece con creces
como a la lagartija (sagrada
para la tribu de la infancia
en el rito del microscopio
y la tortura).
 
Se suelen olvidar esas cosas.
 
Y reflexiona incluso
ese hombre o esa mujer
cuando el pensamiento no juega
ping pong —aburrido
por su falsa levedad—
ni la culpa juega a algo
aún más rudo.
 
Antaño —esto siempre fue hábito—,
ese hombre o mujer
garabateaban notas en la penumbra,
que luego, al ser revisadas, tenían el aspecto
de ninjas que habían saltado
sobre la página.
Hoy usa una PC.
 
Un ser humano solo con una laptop
en una pieza tipo calabozo,
una laptop milagrosa que ilumina la pieza
como un altar o un fetiche católico.

 

 

(Fuente: Mario Meléndez Muñoz) 

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