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Los amores
Mi
primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de
entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista,
amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social,
sombrío que era como una penumbra de sesión de congreso internacional
obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento, con barbas, anteojos y
carteras, con incidentes súbitos, con doce idiomas, con acechos de la
policía, con problemas de muchos lados. Ella me decía, al ponerse en
sexo: Eres un socialista. Y su almita de educanda de monjas europeas se
abría como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado
mortal.
Mi
primer amor se iba de mí, espantada de mi socialismo y mi tontería. «No
vayan a ser todos socialistas…». Y ella se prometió darse al primer
cristiano viejo que pasara, aunque éste no llegará a los doce años. Sólo
yo, me aparté de los problemas más sumos y me enamoré verdaderamente de
mi primer amor. Sentí una necesidad agónica toxicomíaca, de inhalar,
hasta reventarme los pulmones, el olor de ella; olor de escuelita, de
tinta china, de encierro, de sol en el patio, de papel del estado, de
anilina, de tocuyo vestido a flor de piel. –Olor de la tinta china,
flaco y negro; –casi un tiralíneas de ébano, fantasma de vacaciones… Y
esto era mi primer amor.
Mi
segundo amor tenía quince años de edad. Una llorona con la dentadura
perdida, con trenzas de cáñamo, con pecas en todo el cuerpo, sin
familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente femenina… Fui rival
de un muñeco de trapo y celuloide que no hacía sino reírse de mí con una
bocaza pilluela y estúpida. Tuve que entender un sinfín de cosas
perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas
perfectamente indecibles. Tuve que salir bien en los exámenes, con
veinte –nota sospechosa, vergonzosa, ridícula; una gallina delante de un
huevo. –Tuve que verla a ella mimar a sus muñecas. Tuve que oírla
llorar por mí. Tuve que chupar caramelos de todos los colores y sabores.
Mi segundo amor me abandonó como en el tango. Un malevo…
Mi
tercer amor tenía los ojos lindos y las piernas muy coquetas, casi
cocotas. Hubo que leer a Fray Luis de León y a Carolina Invernizzio.
Peregrina muchacha, no se por qué se enamoró de mí. Me consolé de su
decisión irrevocable de ser amiga mía después de haber sido casi mi
amante, con las doce faltas de ortografía de su última carta.
Mi cuarto amor fue Catita.
Mi
quinto amor fue una muchacha sucia con quien pequé casi en la noche,
casi en el mar. El recuerdo de ella huele como ella olía, a sombra de
cinema, a perro mojado, a ropa interior, a pan caliente, olores
superpuestos y en si mismos, individualmente, casi desagradables, como
las capas de las tortas, jengibre, merengue, etcétera. La suma de olores
hacía de ella una verdadera tentación de seminarista. Sucia, sucia,
sucia. Mi primer pecado mortal.
He
recibido carta de Catita. Nada me dice en ella sino quiere verme con la
cara triste. Es una carta larga, temblona, en la que una muchacha núbil
tira de las orejas al amor con los dedos tan seguros, tan lentos, tan
cirujanos que para la tortura tienen las mujeres desde los quince años
hasta el primer parto. Mujeres hay que no llegan a concebir nunca, y
éstas son el terror de la muerte, quien para llevarlas al otro mundo,
tiene que luchar con ellas a brazo partido, sin esperanza de no salir
con los huesos del esqueleto horriblemente arañado. Las solteras mueren
heroicamente.
La
carta de Catita huele a soltería –a incienso, a flores secas, a jabón, a
yeso, a botica, a leche–. Soltería emblemática con gafas de concha y un
dedo índice tieso. Un moño de tinta azul culmina el aspecto –siempre
inevitablemente parcial–. Un fardelillo lame el perfume austero que
exhalan las blondas de la blusa. Y una blusa de telas poéticas –batita
de madapolán–. Y, además, como detalle indispensable, una cara larga
cuyas facciones, duras y débiles a la vez, ásperas inútiles, hacen la
cara de pliegues de linón. Quizá una lora que sabe la letanía lauretana.
Quizá el retrato de un novio inverosímil. Quizá una obsesa manía de
saberlo todo. Quizá una virtud coronada de espinas. Pero, Catita no ha
llegado todavía a los quince años. La verdad, sus dedos no tiene por que
saber tirar de la orejas. ¿Quién sabe si ya algún muchacho piensa en
casarse con ella–, locura de amor–? Catita, catadora de mozos, mala
mujer que a los quince años mal cumplidos, ya tienes las manos
solteronas… Solterona británica, experta de motores de explosión,
sección de propaganda, un hombre raro y corto, unas manos secas y
venudas… ¿Así quisiera ser, Catita? ¿Qué he de hacer con tu carta? A
esta hora me es imposible de toda imposibilidad, entristecerme. Yo soy
feliz a esta hora; –es un hábito mío. Un bote pescador a la altura de
Miraflores, saluda con el pañuelo blanco de su vela, tan inútil en esta
atmósfera inmóvil, linda, casi pintada. Ese saludo es un saludo a nadie,
y esa alegría de disparate, de pequeñez de retorno, de humildad… –Mi
cigarrillo tira admirablemente, y es júbilo de fuego párvulo, con
pelotas y aro minúsculo y azules; y es la paz campesina de un olor de
rastrojo quemado. ¿Ves, Catita? Tú no ves nada porque no estás conmigo
en el malecón, pero yo te juro que es así. A mí, en la tarde, frente al
mar, el alma se me pone buena, chica, tonta, humana, y se me alegra con
los botes pescadores que despliegan la broma de sus velas, y con la
candela del cigarrillo–, chiquitín colorado que pierde la cabeza en una
juguetería azul. Y las altas gaviotas–, moscas negras en el tazón de
leche aguada del cielo– me dan ganas de espantarlas con las manos,
cuando yo tenía cinco años y no quería beber mi leche, ahogada en ella
las moscas que atrapaba con la cuchara –red apretada por la luz hasta
endurecerse–, y las moscas de la leche se volvían hélices. Y ahora.
Ella
era una brava catadora de mozos. Todos nosotros hubimos de rodar la
cabeza por sobre su pechito duro y redondo. Así, de este amor
inevitable; hacíamos unjera–: «Cuando yo me enamoraba de Catita»… Pero
era Catita quien nos enamoraba a nosotros. Al mirar, guiñaba ella los
ojos sin advertir. Sus ojos, redondos como toda ella… Y el nombre no la
decía bien. Esa «i» antepenúltima la alargaba, la ensombrecía, la
alejaba –a ella, próxima, redonda, alegre. Y, sobre todo, enamoradiza.
Catalina es un nombre gótico; hace pensar en ojivas lívidas de
crepúsculo, en fuentes de bronce musgoso, héticos burgos renanos, en
moñosos cinturones de castidad… Y Catita era una ventana rubia de
melodía, una pila de cemento blanco, moderna, pulcrísima; un sombrillón
de trapo para la playa; un lazo loco de colegiala… Lalá, he aquí su
nombre de ella. Pero Lalá era una chica desvelada y rápida. Lalá, Lalá,
Lalá… Corazón blando, y ojos de muñeca, y cara de risa. Ramón se arrojó
en Catita como una nadadora en el mar–; de abajo arriba, primero las
manos; después, la cabeza; por fin, los pies, flexionados, destalonados.
En el plano del mes de enero –ensebado todavía con sucias nubes frías–
quedó Ramón en cielo, en aire, en medio, en equilibrio, en ropa de baño,
a la punta, con cien muchachos trémulos detrás que le apuraban, sobre
Catita, mar, Ramón cayó mal–, de barriga, de bruces, esperándonos a
todos nosotros, desprevenidos, observadores. Catita, mar para bañarse a
las doce del día con el sol tontonazo en la cabeza –mariposa disecada,
serojo ictérico o amarillo gorro de jebe. –Catita, mar con olas porque
no haya viejas, porque haya muchachos… Catita, mar redondo encerrado en
un muelle semicircular, embanderado de ciudades… Catita, límite sutil
entre la mar alta y la mar baja… Catita, mar sumiso a la luna y a los
bañistas… Catita, mar con luces, con caracoles, con botecillos panzudos,
mar, mar, mar… O amor también en que no había viejas, ni sombrerazos de
paja, ni consejos, ni persignaciones… Catita, amor, con esperanzas
lentas y gordas, amor que con la luna baja y sube, amor redondo, amor
próximo, amor para sumergirse en él con los ojos abiertos, amor, amor,
amor… Catita, mar de amor, amor de mar. Catita, cualquier cosa y ninguna
cosa… Catita–, todas las vocales, apareciendo ella, cabal, íntegra, en
cuerpo y alma en la a y desapareciendo poco a poco, rasgo a rasgo, en
las otras–; en la e, tierna y boba; en la i, flaca y fea; en la o, casi
ella, pero no…; Catita es honesta y bonita; en la u, cretina, albina…
Catita, –algunas consonantes–, parecida a la b en las manos, a la n en
los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio,
a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe… Catita, campo redondo
en el mar, beso redondo en el amor… Catita, sonido, signo… Catita, una
cosa cualquiera y la contraria precisamente. .. Catita, al fin y al
cabo, una linda muchacha, verdadera, viva, coqueta como ella sola…
Cogerla era tan imposible como comprimir con la yema del índice el
chorro de agua en la boca de un caño grande–; carne dura al tacto por la
presión, carne que se escapaba por los resquicios de la uña, por las
rayas de la piel; que nos saltaba a la cara; que, si se deposita en un
recipiente, quieta, era sino luz densa, agua que se podía beber y en la
que se podían echar barquillos de papel. Agua, agua, agua. Y, al fin y
al cabo, una linda muchacha enamoradiza, catadora de mozos, Catita..
(Fuente: La comparecencia infinita)

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