miércoles, 14 de febrero de 2024

Juan José Rodinás (Ecuador, 1979)

 

Every poem is an epitaph
 
 

Sobre mi velador hay un adorno
 
de aquellos regalos que te da la gente
cuando no quiere regalarte nada:
 
una cúpula plástica con nieve artificial
y dos estrellas (adhesivas) en alto.
 
Es fácil desencantarse de ese objeto, pero
 
¿qué hay sin fe absoluta en algo
completamente ridículo? Y yo 
 
imagino que son los ojos de Cora en su luz estelar
como dos cestos de bambú 
 
donde 
 
pongo dos monedas para ahorrar
por algo que nunca compraré. 
 
(Soy un mal negociante).
(Soy un mal hombre del dinero).
 
Como dijo Cobain, Kurt,
 
“soy malo en lo que mejor hago
y esa es mi mayor bendición”.
 
Sin embargo, los zapatitos de Cora están colgados
en los alambres de hilo microscópico
 
que hay en tendederos de planetas distantes,
cubiertos de plantas amarillas, 
 
donde seres de cuerpos alargados
hablan idiomas improbables. 
 
(Yo sé poco de eso)
(Yo sé poco de cualquier asunto verdadero y serio).
 
Es, en realidad, un sueño
donde mi cuerpo se expande
 
o se encoge hasta volverse 
 
una taza o
una bola de hule o
una morsa que llora o
una masa de harina gigantesca 
 
e imagino 
 
que este sueño es un hielo viviente,
que este sueño es una fotografía de cristal.
 
Sin embargo, hoy, en algún rincón
está mi primera visión (deshilacha y rota) 
 
y también mi juguete perdido
bajo los médanos de una playa 
 
donde lo escondí (y me escondí en él),
porque no comprendía la densidad física de las arenas,
la vastedad filiforme del mundo. 
 
Ahora, los espejismos se despliegan
en los anuncios luminosos de una panadería 
 
de cuyos hornos viene un aroma a pan dulce.
Ahora, los espejismos se despliegan y extienden
 
sobre estas ilustraciones aromáticas
(azúcar, mantequilla, queso, infancia) 
 
e imprimen 
 
un diseño secreto a las calles donde saqué
mi corazón a pasear y a extinguirse. 
 
En una de ellas, hoy, pero hace décadas,
una máquina de techo rosa 
 
ocupa una esquina donde un viejo teje algodones de azúcar.
¿Qué sueños hay en esa gamuza 
 
que hizo la alegría de tantos niños de zapatos sucios,
incluyéndome?
Se muelen los alimentos de un sueño recordado, 
 
como un rostro cubierto por pliegos cristalinos
que ilustran y proyectan la brújula del viaje.
 
Soy mi casa: 
 
entre el balanceo y la torpeza.
Hoy, la María trajo un zapallo que cultivó en el huerto. 
 
Dice en su balbuceo sordomudo
que se puede hacer un estupendo locro. 
 
No tengo idea. Quizás mi abuela habría sabido
el gesto necesario para preparar una sopa inagotable. 
 
En el molino de maíz de la mente,
entre la oscilación y la caída, brillan los huesos roídos 
 
de todos los perros y gatos que murieron aquí.
Adiós, Trotski. Adiós, Chichico. Adiós, Bobi. 
 
Adiós, criaturas cuyos nombres no puedo recordar.
Adiós, flores que recogí para que sean un instante 
 
extremidades de mi cuerpo, vínculos con el aire.
 
Sobre mi casa, la vida es un panteón para un país oscuro. 
 
Él se alimenta de mí. 
 
El hambre sabe.
 
 
 
(Fuente: facebook)

 

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