martes, 9 de enero de 2024

Héctor Giuliano (Piamonte, 1947 / reside en San Juan, Argentina)

 

CANTO MENOR
CON MANDOLINA Y BOMBO
A LA VICTORIA DE LA DERROTA.
 
 

Corre la memoria,
sube de ansiedades curvas;
éste es,
lugar primero,
lecho pinchudo,
animoso creciente,
en el corazón de Mendoza.
 
Aquí la niñez,
arrancada y arrebujada
en la nieve y la penuria,
aquí,
en los conejos, gallinas
galgos y sarnas,
las manos quemadas
por la escarcha,
la tijera de podar viñas
y frutales,
las noches a flujo
crudo
y el sol
una semilla seca
en el espacio.
¿Es el espacio
ese incalculable brío
que como bullicio
o silencio
estaba y está
fuera de mí?
¿Acaso cuerpo blando,
afrenta
o caprichosa ideación?
 
Aquí,
a los pies de nada,
en este instante
que es otro,
en una comisura del Atuel,
el río y los ríos
de dudosa edad
y opresora permanencia,
los cursos
mordidos a la piedra
en discordancia angular
con las quebradas
de jumes y pájarobobos,
chilcas y piquillines,
de par en par.
 
Estas son
la distracción erosiva,
la aguas esclavas,
la calumnia natural
que vienen a tropel
entre la potestad de los cerros
y las migrañas
que bajan de ellos.
Y aquí,
a los arañazos,
los mantos soterrados,
las tonalitas y basaltos,
y las copiosas gredas.
Aquí
los núcleos intrusivos,
las rocosas pretensiones
sus taimados temblores,
sísmicos insaciables
a disposición
de la superficie,
que van y se irradian
desde las cabeceras cordilleranas
hasta el Cajón del Burro,
y se ocultan
tironeando totorales
y sapos
en ese brusco desvío
que el magnífico Sosneao
arroja sobre la ruta.
 
Estas son
las piedras lavadas,
la glaciación ,
el planeta hueco,
que se exprimen
a golpes de lágrimas
y lamentos envejecidos
de todo lo que hay y habrá.
 
Aquí
no cabe el candor
ni la suficiencia de la cháchara,
menos el buen contentar
de los brazos desiguales
o los sueños que meten
paz y grillos;
aquí sólo hueso
y cena flaca,
despojos. 
 
Esta es la memoria,
que estorba y se detiene,
este el plegamiento del oeste,
que vuelca cristalinas corrientes,
aquí
los fugaces riachos
del verano
mueren como las chicharras,
sin preámbulos ni pompas.
Aquí,
el fin
o la llave,
aquí
las areniscas
que chupan
la última gota de rocío,
aquí
no hay apegos
a la irrealidad,
lo eruptivo
que carece la tierra
y creemos que sobra.
Estos y aquellos
son los cauces
definitivamente moribundos;
angostas la espumas,
amables las honduras,
casi de risas;
astillas las pueblan,
azufre, arsénico
y boro
se antojan y danzan,
tapados los riñones
de grasa y de tiempo.
 
¿Y el niño,
las alpargatitas,
la gloria del verano?
¿Y el olor de los álamos
en otoño,
el tilo estoico
que noviembre apachucha?
¿Y los frágiles perros,
los robustos melones de miel?
¿Y el murmullo,
enigmático siempre,
que brotaba
de alfalfares y sauzales?
 
No sé,
apenas estoy,
si no escribo muero.
No sé,
algo sacramentoso,
cascarones tal vez,
esta dispepsia inorgánica
pero altamente viva:
valles lenguados,
ventarrones que humean,
turbulencias que previenen,
nubes que no llueven ni nievan
que no bendicen los riscos
desde hace años y años;
no sé,
escoriales que no se le animan
a los desfiladeros y peñas,
expuestos a vuelos truncos
y borrones codiciosos.
No sé,
sediento, aguileño,
confuso,
la garganta jadeante
como ceniza que no se apaga,
uno aquí,
quiere saldar deudas
y no puede;
aquí,
encorvado
sobre esta mesa pelada,
sin freuds ni lacanes;
no sé
qué muerte
o zafiros acechan,
tampoco importa,
bajo satélites que registran
alvéolos y parénquimas,
violencia
y ranchos que chorrean
sea tendón u ojo sangrante.
 
Un trapo
se deshilacha
en punta de un mástil.
 
 
Héctor Giuliano
- Inédito -
En aniversario
de la Batalla de Ayacucho.

 

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