Oh papá
Un pajarito rojo cantaba en un peral muerto tres notas. O me puse
a imitarlo con mi voz. El pajarito agregó una floritura (de cuatro
notas) e intenté seguirlo. El pájaro afinaba. Yo no. Los dos nos
dimos cuenta e intentamos un par de ves más: el pájaro se había
dado vuelta en su rama (tal vez) para mirarme, y dado que no había
una manera exacta de acabar con aquello, tras agacharme a recoger
el diario, entré en la casa. Una parte de mi se quedó abierta. Una
parte pequeña. Pero no me enojé conmigo misma. Siempre deseamos
eso los humanos.
De noche, úlrtimamente, se me da por acostarme en el grano de las
cosas. Las noches como ésa. O a media tarde pasan mudamente,
hechos jirones, otros cuartos, él era un hombre que sabía lo que es
la dedepción. Las cosas miran para otro lado. Las cosas locas son
más afiladas de lo que les reconocemos.
Teníamos la costumbre de llevarlo a dar vueltas en coche. No
sabíamos bien si le gustaba, sus años de demencia. Un día se nos
quedó el auto, en medio de un diluvio, y entramos al café bar de
un hotel barato. Pedimos café o sopa, nos sentamos con los abrigos
puestos, porque él no se sacaba nunca el suyo, y habría parecido
raro. Después llegaron los cafés y él alzó la mirada, sintiéndose de
pronto abandonado, y dijo: “Pensé que era un banquete”.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
No hay comentarios:
Publicar un comentario