arquitectura de la vida dispersa
Parece a veces la vida se suspende, se detiene, y el hombre, espantado, se asoma al hueco de la forma vaciada, como un caballo a un abismo. Entonces nos miramos, y decimos que es tiempo ni sueño ni espacio que fluye, gran figura de instantes detenidos, y que no es una ni muchas, sino todas las cosas sumadas con relación a esa inmensa ley de humo que es el alma.
Por
eso viviendo se comprende más que pensando, porque vivir es pensar, con
todos los músculos. Y así, el niño, que ignora su destino, el sentido
de su destino y su límite, es el único que conoce lo que persigue porque
persigue la vida dispersa, el acto ilustre, alegre de vivir, ingrávido,
sosteniendo los sucesos en la punta de la voluntad, en la llama de la
voluntad, que existe, únicamente, como voluntad del mundo.
El universo con el individuo.
Cuando
todos los actos se dirigen hacia un fin se produce aquello de que el
proyecto devora al acto, aplasta al acto, se hace tan grande o más
grande que el acto, de lo que se desprende aquella intención superior a
la vida, y es igual a echar el mar adentro de una guitarra. ¿Habría que
recoger acciones como quien recoge naranjas o castañas y organizar
designios con frutos botados? No. Radica la sabiduría en dirigir la
caída de la avellana; en obtener, en adquirir, en atraer e imponer,
total, la verdad de la fruta madura, así, así como no desviando la
naturaleza, como metiéndose entre las rendijas, entre los caminos de la
naturaleza, como el pulgón en la manzana, así no se extravían las
brújulas en las brújulas. Aquella mujer desnuda que juega con su
virginidad, como un niño con una rosa, adentro del alma del mundo, y no
es nunca la misma, ¿no significará la necesidad de lo imprevisto, de lo
incalculado y aun de lo absurdo?
Es menester dar sentido a la vida,
perfectamente. Pero dejar fluir, dejar correr lo sucesivo, dejar que
penetre la vida en nosotros y nos traspase y nos rebalse como el agua el
cántaro de alegre barro, es también dar un sentido a la vida, es,
posiblemente, dar a la vida el sentido de la vida. Por eso, el hombre
muerto, caído de carnes, posee forma de árbol, por eso recuerda el
grande ramaje, en donde soplan y cantan, libres, los vientos eternos del
universo. Y es menester también comprender que el hueso es el genio de
la anatomía, y que el hueso es hueco como caña de río o como flauta de
niño o lo mismo que si quisiese dejar pasar por adentro los chorros
obscuros del mundo, los llantos obscuros del mundo, la gran tonada que
nadie entiende nunca, jamás nunca, porque tiene los oídos tapados con
actos. Acostado a la orilla de uno mismo, sobre la tierra gozosa, y
blanda como cama de casados, rico en pereza y en sol, el hombre adquiere
su derecho.
Cuando
yo ando más distraído, hablando o cantando solo, es cuando mi porvenir
es definitivo, es cuando aquella gran incógnita se define, lo mismo que
cuando duermo.
Y
es conversando con pájaros y con mujeres, con estos pequeños animales
infantiles, que son todo ojos, y. manejan el pecho muy tibio, cómo se
comprende la transparencia del mundo, la transparencia azul del mundo,
su del hombre,
Ecuación de estrella florida.
Sobre
el hombre desocupado, lejano, solitario, inmerso en los ojos dormidos,
maduran el tiempo y los fenómenos de conciencia, de repente, y sucede lo
que sucede cuando la granada o la muchacha se abren y entran el sol y
el hombre y parece que sucediese la verdad, y parece que resplandece lo
absoluto, y es mentira, porque son las chispas de la razón que se
quiebra contra ella, lo mismo que montaña rajada o hierro ardiendo,
enormemente, pero la razón no es la verdad, nó, la razón no es la
verdad, porque la verdad es la razón de la razón y otras cosas.
No
es, precisamente, cuestión de obrar o no obrar, ni de andar o no andar
dejando que el infinito disponga de nosotros, a la manera de las
banderas del viento; es cuestión de hacerse el tonto con el mundo, de
hacerse el leso con el mundo, y sonreír con la sonrisa blanca del
almendro.
Como
un sauce a la orilla del agua, el hombre se retrata, se sumerge, se
contempla en Dios, permaneciendo y, a la vez, borrado, desparramado. Es
porque el hombre es como una gran ola del universo, es porque el hombre
es quien contiene, íntegras, la dimensión vital, el pulso del mundo, el
sentido de todas las cosas invisibles, como todos los barcos cruzan la
gota redonda y clara. Entonces, es menester que el hombre no sea tan
hermético, que se oponga a Dios, ni tan ecléctico, que se deshaga en
Dios, que se disuelva en Dios, negándose. Cerrado con barros permeables,
que si se sumergen, en vino, llenan de vino el corazón de las vasijas,
cerrado con la anchura ilimitada, cerrado con el vacío de todos los
muros, y el horizonte humano.
Cuando
el hombre dirige su objeto, todas las cosas, absolutamente todas las
cosas, caminan con él, jugando a la distracción principal de las
abejas.
Caminante sin sentido, caminante sin dominio, sin camino,
parece aquel que define distrayéndose, cogiendo acciones perdidas,
acciones vagabundas, acciones deshechas, despreocupado como los pájaros
de otoño y las colegialas...
Pero es novela.
La
voluntad obstinada del destino, adelgaza el destino, disminuye su
actitud de horizonte, emigra. Quizá le sucede lo que a la cuerda
demasiado tensa: busca la curva.
O
lo mismo que quien se propone cavar un abismo y cava y cava y cava,
abriendo, aumentando, inmensamente, y concluye en planicie.
Y como aquellos que quedaron ciegos por exceso de ojos.
***
Estatua del poeta en Licantén, por Kako Calquín
Revista Atenea - Universidad de Concepcion
(Fuente: La comparecencia infinita)

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