viernes, 5 de febrero de 2021

Gillian Conoley (Texas, EEUU, 1955)

 

 

LA MANO DE MI HERMANA CON LA MÍA 

 

 
Muchas veces sin saber cómo,
te veía en una lluvia, en una hamaca,
en una ventana, en vos misma,
en un tiempo más presente que el lugar,
como cuando dejaste la guitarra
en la fascinación de la parada del colectivo,
y te abrochaste un banderín diminuto
al vestido. Vos te acordás.
Había una guerra.
Hombres de una melancolía que se podía abrazar.
El pasado era un souvenir
que nos podía arrastrar
de un vacío a otro,
hasta que fuéramos grandes
como vendedoras de perfume
en los zapatos
de una tía muerta,
recorriendo un país imaginario.
Nuestra madre cultivaba una rosa
oscura y peculiar.
Una nena sacaba a pasear a un perro blanco.
Queríamos más nubes, más té helado,
más risas que llegasen
a cierto tono, que rebalsaran
en la inteligencia.
Poco a poco, empezó un recital.
Unas tales Mary y Priscilla,
una psicópata mitómana y una cleptómana hermosa,
una identidad que bordea todos los bordes.
Era un viejo refrán arrancado
de un jardín de bebederos para pájaros.
Fuimos nenas desgarbadas.
¿Qué es la belleza? Qué la fealdad?
¿Qué es la Patria? ¿La Libertad? ¿El Honor?
 
Volvíamos a casa solas
a improvisar en el piano.
Los sauces enterraban a los sauces.
No se parecía a nada de lo que tengas memoria.
Cómo se puede conocer de verdad
a alguien si la belleza está en los actos,
y la voz que pensabas que era tuya
se te escapa volando
como una cinta que se lleva el viento
que persigue todo
lo que iba a ser tu historia,
mientras por puro placer
las calles se desdoblan
en otras calles.
 
 
 
(Fuente: Zaidenwerg)

 

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