jueves, 4 de febrero de 2021

Arseny Tarkovsky (Ucrania, 1907 - Rusia, 1989)

 

 





No creo en los presentimientos, y tampoco me asustan las señales.
No huyo del veneno, ni de la calumnia.
En este mundo no existe la muerte. Todo es inmortal.
No hay que temer a la muerte
ni a los diecisiete, ni a los setenta años.
Existe solamente la realidad y la luz.
No hay ni oscuridad ni muerte en este mundo.
Estamos todos reunidos en la orilla del mar,
y yo soy de aquellos que recogen llenas de inmortalidad las redes.


Seguid  habitando la casa para que no se derrumbe.
Yo convocaré un siglo cualquiera
para entrar en él y construir un hogar.
Es por eso que los hijos y sus mujeres están conmigo
en torno de la misma mesa que fuera del abuelo y sus nietos.
El futuro es hoy, y si levanto la mano
caerán cinco rayos de luz sobre vosotros.
Apuntalé los días del pasado,
cosiéndolos con mis clavículas sobre las espaldas,
medí los años con cadenas de agrimensor, horadé el tiempo
como si el tiempo fuese los Urales, y elegí el siglo según mi
(estatura.

Bajamos al sur y levantamos el polvo de las estepas...
Se encrespó el pasto alto, bromeó el grillo, cantó a las herraduras,
con sus bigotes nos auguró el futuro,
y como un monje me amenazó con el infierno.

Até mi destino a una silla de montar,
y erguido cabalgo en los estribos como un adolescente sobre el
(tiempo que algún día llegará;  
Amo mi inmortalidad, que mi sangre de siglo en siglo corra.
Pagaría obstinado con mi vida por un rincón seguro de dulce tibieza
si mi vida no fuera una aguja voladora
 
que, como un hilo, por el mundo me arrastrara.





Compuse esta versión sobre las traducciones de Irina Bogdaschevski y de Enrique Tourever.
 
 
 
(Fuente: Poesía de El Toro de Barro)





 

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