El Indescriptible Cinismo De La Poesía
El
universo interior, donde la poesía es la soberana absoluta, tiene la
particularidad de ser inefable. Es como el aire; aparecen en él
corrientes, diferencias de temperatura y tormentas, pero su propiedad
primordial es la transparencia total y absoluta. ¿Cómo actúa, pues, ese
universo interior, que es inefable y, no obstante, nada desea tanto como
expresarse? Se sirve de un subterfugio. Finge estar interesado, y
mucho, por la realidad exterior. ¿Se hunde un gran estado? Estupendo, el
universo interior está encantado: ya tiene un tema. La muerte aparece
en el horizonte. El universo interior, que se cree inmortal, se
estremece de alegría. ¿Una guerra? ¡De maravilla! ¿Un sufrimiento?
¡Albricias! ¿Los árboles? ¿Las rosas marchitas? ¡Todavía mejor! La
realidad. ¡Bravo! La realidad es simplemente imprescindible; si no
existiera habría que inventarla.
La poesía se esfuerza por
engañar a la realidad; finge preocuparse por sus pesares. Menea
compasivamente la cabeza. Ay, otro terremoto —dice—. Oh, una nueva
injusticia. Otra inundación, otra revolución. Otra vez alguien ha
envejecido.
La poesía teme que su secreto se descubra. Un día, la
realidad se percatará de que el corazón de la poesía está frío. O que
la poesía no tiene corazón, sino unos ojos enormes y un oído muy fino.
De pronto, la realidad comprenderá que no ha sido para la poesía más que
un pozo inagotable de metáforas, y se esfumará. La poesía se quedará
sola en el mundo, muda, vacía, triste e intransmisible.
de Dos ciudades (ensayo; 1991)
Trad. Jerzy Sławomirski y Anna Rubió
(Fuente: Ada lírica)
No hay comentarios:
Publicar un comentario