domingo, 22 de marzo de 2026

Víctor Hugo (Besanzón, 1802-París 1885)

 

 

dos poemas que recuerdan a Léopoldine, una de las hijas del poeta, muerta trágicamente a los 18 años, de su libro "Las Contemplaciones" (1856), y tres poemas de su último libro, "El arte de ser abuelo" (1877). 
 
 
 

MAÑANA, AL ALBA…

 

Mañana, al alba, blancos los campos en la aurora,
partiré. Ya lo ves, yo sé que tú me esperas.
Andaré por los bosques, por montañas austeras.
Lejos de ti no puedo estar ya ni una hora.
 
Andaré, pensativo, absorta la mirada,
sin ver nada ni oír lo que afuera murmura,
solo, oscuro, encorvado, con las manos cruzadas,
triste, y para mí el día será la noche oscura.
 
No miraré ni el oro que la tarde derrumba
ni hacia Harfleur los veleros de lejano temblor.
Y cuando haya llegado, pondré sobre tu tumba
ramos de verde acebo y de brezos en flor. 
 
[3 de septiembre de 1847]
 
 
*

DOLOROSAE 

 

Madre, ya quince años que nuestra hija ha muerto;
desde entonces, yo, el padre, y tú, la mujer fuerte,
no hemos estado un día, Dios lo sabe, uno solo
sin perfumar su nombre de amor y de plegaria.
Adoptamos el hábito fantástico y sombrío
de ver su sombra viva en nuestra soledad,
de sentirla pasar y de oírla vagar,
y nos hemos quedado de rodillas llorando.
Persistimos los dos en este dolor dulce,
inclinados sobre ese caro nido de musgo
que arrastró la tormenta con esos dos pichones.
Madre, nunca nos hemos doblado, aun siendo juncos,
ni perdido la mutua bondad uno por otro,
ni reclamado el fin de mi duelo y del tuyo
a aquella cobardía que se llama el olvido.
Sí, desde ese día triste, cuando palidecieron
cielos, campos y flores, la estrella, el alba pura,
los esplendores todos de la naturaleza,
y con estos tres hijos que nos quedan, tesoro
de coraje y de amor que Dios aún nos deja,
hemos sobrellevado fortunas bien diversas,
lo que llaman desdicha, adversidad, tropiezos,
sin temblar, sin ceder, sin odiar los escollos,
dando al duelo del alma, a la ausencia, a la tumba,
a la herida en que sangran el alma o la familia,
a los seres queridos muertos, a nuestra hija,
a los padres partidos hacia un mundo mejor,
nuestro llanto, y sonriendo a todo otro dolor.
 
[Marine-Terrace, agosto 1855]
 
*
 
 

JEANNE HACE SU ENTRADA

 

Jeanne habla; ella se dice muchas cosas que ignora;
envía al mar que gruñe, a la selva sonora,
a la nube, a las flores, a los nidos, al cielo,
a la naturaleza sin fin, su canturreo,
 
todo un discurso, acaso profundo, que concluye
con su sonrisa, un alma por donde un sueño fluye,
indistinto murmullo, vago, oscuro, nublado…
Dios, el buen viejo abuelo, oye maravillado.
*
 
 

TOMARÉ DE LA MANO…

 

Tomaré de la mano a estos dos pequeñitos;
amo los bosques, donde hay cervatos y corzos
y los manchados ciervos van tras las ciervas blancas
y en la sombra, asustados por las ramas, se frenan,
pues las bestias se llenan de tal emanación
que aun el temblor del fresco follaje les da miedo. 
 
Hay esto de profundo en los árboles, muestran
que el edén solo es cierto, que las almas se encuentran,
que fuera de los nidos y el amor, todo es vano;
Teócrito a menudo, en el zarzal divino
creyó oír a la ménade caminar suavemente.
Es aquí donde haré yo mi lento paseo
con mis dos chiquilines. Escucharé a su turno
lo que George aconseja a Jeanne, su dulce amor,
y lo que Jeanne a Georges le enseña. Cual patriarca
al que llevan los niños, arreglaré mi marcha
al tiempo que les tomen sus juegos y meriendas,
y a la maravillosa pequeñez de sus pasos.
Recogerán las flores, devorarán las moras.
¡Oh murmullo, este vasto sosiego de la selva!
Abril lleno de aromas viene a calmarlo todo.
No tengo otro negocio aquí abajo que amar.
 
*
 
 

VENTANAS ABIERTAS

 

Oigo voces. Mis párpados sienten la claridad.
En la iglesia Saint-Pierre una campana oscila.
Gritos de los bañistas. ¡Más cerca! ¡No, más lejos!
¡Aquí! ¡No, allá! Los pájaros gorjean, Jeanne también.
Georges la llama. Canto de gallos. Roza un techo
el albañil. Caballos que cruzan la calleja.
Chirrido de una hoz que corta el pasto. Choques.
Ruidos. Dos techadores andan sobre la casa.
Ruidos del puerto. Silba el vapor de las máquinas.
Música militar llega por bocanadas.
Alboroto en el muelle. Voces francesas. Gracias.
Buen día. Adiós. Seguro ya es tarde, porque viene
a cantarme, muy cerca de mí, mi petirrojo.
Estruendo de martillos de una forja, lejanos.
Palmotea el agua. Se oye un vapor que jadea.
Entra al cuarto una mosca. Soplo inmenso del mar.
 
[Guernesey, 1872]
 
 
VICTOR HUGO
Traducciones de Alejandro Bekes.
En: Victor Hugo, “Poesía elegida”,
Losada, Buenos Aires, 2024.
 

(Fuente: Pablo Anadón) 

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