«Situación de Mallarmé»
Traducción de Julio Gómez de la Serna
Una
juventud apasionada de lo maravilloso y del cinismo prefiere cualquier
medium de feria, cualquier estafador, a este tipo de hombre honrado, de
burgués íntegro, de aristócrata exquisito, de obrero piadoso, de
orfebre: Mallarmé. Humano, demasiado humano. Confieso, por mi parte, una
vez desaparecida la sombra que lo aureolaba, que ya no veo más que el modern-style de la orfebrería.
Si
Mallarmé talla piedras, es, más bien que un diamante, una amatista, un
ópalo, una gema sobre la tiara de Herodías, en el museo Gustave Moreau.
Rimbaud ha robado sus diamantes; ¿pero dónde? He aquí el enigma.
Mallarmé, el sabio, no te cansa. Merece esa dedicatoria sospechosa de Las flores del mal,
que Gautier no merece. Rimbaud conserva el prestigio del encubrimiento,
de la sangre; en él, el diamante está tallado con vistas a un robo con
fractura, con el único fin de cortar un cristal, una luna de escaparate.
Los verdaderos maestros de la juventud, entre 1912 y 1930, fueron Rimbaud, Ducasse, Nerval, Sade.
Mallarmé influye más bien sobre el estilo del periodismo.
Baudelaire presenta arrugas, pero conserva una juventud asombrosa.
Cada
verso de Mallarmé fue, desde su origen, una bella arruga, fina,
estudiosa, noble, profunda. Este aspecto, más viejo que eterno, impide
que su obra envejezca a pedazos y la da toda una apariencia
arrugada, análoga a la de las líneas de la mano, líneas que serían
decorativas en vez de ser proféticas.
en Opio. Diario de una desintoxicación, 1930
(Fuente: Descontexto)

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