Visiones en los ojos de la esfinge & otros poemas

VISIONES EN LOS OJOS DE LA ESFINGE.
Cuando el sueño despoja de su última piel a la Esfinge
deja crecer su sombra en las llagas de fuego del mar
¿Dónde duermes? ¿Cuál es tu piel?
¿Bajo qué sombras crece la Esfinge?
Las llagas de fuego del mar
son los falsos caminos que surca la Serpiente.
APERTURA DEL SELLO
En el principio fue el Silencio.
Luego, el Verbo apareció
en la cumbre de la montaña.
El ascenso no es fácil.
Cien manos acuchilladas tres veces hacen gestos
obscenos y halan al poeta hacia el abismo.
En la cumbre no habrá luz.
El poeta se acostará y sólo sentirá la niebla.
El poeta querrá oír la voz de Dios,
pero el viento lo ocupará todo.
El poeta desaparecerá y todo será lo mismo.
BESTIA.
No hay nadie que haga frente a una Bestia,
excepto otra Bestia
y a veces somos ambas Bestias
y dejamos atrás las murallas
y desaparecemos bajo la espléndida noche
y en el corazón del bosque nos destazamos los vientres
y saciamos nuestra hambre con las entrañas de la Bestia
que era nuestra réplica exacta.
Mientras se extinguen las últimas antorchas
se aproxima un batallón de espectros
a los que combatiremos
en espíritu.
Esta será la victoria definitiva.
HECATOMBE.
En la frente del último río, la Historia expuesta entre cirios,
escolopendras y flores desgarradas por el equívoco de los más rojos
soles –binarios– tuerce el fenecido camino de los muertos insomnes y ríe
como riera Nabucodonosor ante las profecías y ante el paso del errante
milenario.
¿Quién vive dentro del barro originario?
¿Quién acecha aún la célula primera?
¿Quién desgasta su sed ante la incesante marea de todos los destinos incontrolables?
¿Quién podría no volver a nombrarlo sin perder, en sí, la nomenclatura de su propio nombre?
El inicio existió. El final se hizo permanente.
En esta falsa región, no hay evolución, ni progreso.
Los inmundos oropeles son el único indicio del inminente naufragio.
Decir que se ve a Dios es una falacia, una blasfemia y una insolencia.
Peor aún decir que se le ha visto convaleciente en una camilla abandonada
o paseando –en bata– en el pabellón de psiquiatría de un hospital de provincia
o que era un triste ticketero en un ordinario burdel
o un perrito atropellado al que nadie socorre
–a nadie afecta su sufrimiento–
o un verdugo compungido por sus víctimas
o una anciana que vende flores ante su propia tumba.
Decir
que Dios se tumba tranquilamente en las aguas del mar y da la espalda a
una civilización entronizada en su derrota, es sentir lástima por Judas
–o Satán– y eso es una muestra de perenne inocencia.
Ver a Dios cara a cara y haber mentido sobre él no difiere en gran cosa de lo mismo.
La
tecnología pródiga en imágenes visuales. no puede descifrar nada que no
esté regido por sistemas duales. Por supuesto, los presagios le son
indiferentes.
Es condena para el mundo dejar de lado los enigmas.
Las antenas. Los cables. Las ventanas…
Todo es preámbulo del ocaso extendido sobre la nada de los siglos .
Las ciudades amaestradas descenderán hasta la primera luna.
El manicomio desierto atenderá todo requerimiento de Estado.
La
alta cultura navega en horizontes sin mente. Hacia el sol sólo acuden
los secretos lectores de Hyperión. El resto prefiere adentrarse en las
pantallas ignorantes. Sus vidas se confunden entre imágenes postizas y
vacuas esperanzas de milagros siempre distantes.
Abel alza la vista y maldice. No podrá ver jamás catedrales ni palacios
Caín
fue muchos y caminó por mil caminos, pero jamás vio catedrales ni
palacios. Cuando estaba triste alzaba la vista, extrañaba a su hermano y
maldecía.
Errar Dentro De Un Incendio Infinito
No Otra Cosa Es Dedicarse A Escribir Poesía
¡Qué negras artimañas!
¡Qué sucios procesos cósmicos!
¡Qué influjos cáusticos te cosieron el alma
para arrojarte a este destino perseguido por tu propia mente
como un animal salvaje al que se debe dar caza!
Extranjero en ti mismo,
cuentas, cantas
y agotas todas las guerras.
En
un sueño era el Sueño … Y el Sueño oía, distante, las canciones
entonadas por los alegres vigías, reía ante las ordinarieces goliardas,
cedía ante las urgencias de las taberneras. Entonces, erigía en espíritu
–era un sueño de la Edad Media– inacabables orgías dedicadas a las más
amables deidades. La literatura es un sueño dentro del mismo Sueño.
La
eternidad es una galantería de la mente. Entre ella y la contemplación
de las flores, prefiero yacer en los jardines con mi cítara.
La tarde pasará Inevitable.
Es inútil intentar detener al tiempo.
La
soledad y el aburrimiento a la sombra de grises edificios aullantes
sobre el húmedo y fétido asfalto se levantan –azul y alba– y se pierden
en la más lejana esfera de las altas colinas que el ocio ha transformado
en nubes.
La electricidad se sacude inquieta como una paloma o una
palma zaherida por los lamentos árabes de ciertas melodías flamencas.
Los inmigrantes se pierden en calles invadidas por una luz oscura. Sus
pasaportes se confunden entre los pasos perdidos del camino y el ruido
de las lenguas que despojan a las sombras de su sueño.
La santidad
limpia sin arrastrar la piel cuando quita las manchas y pule el espíritu
de los bienaventurados que acceden a otra extensión de vida.
En un
círculo –siempre la hecatombe se acaba de mimetizar en círculos–
dispuesto sobre ardientes sepulcros, suelo pedir perdón por no poder
acabar con la noche. Nadie lo exige, pero yo no echo de menos mis
relojes.
En la cima del mundo, sólo echo de menos mis barajas.
A través de miradores en las últimas ciudades,
las lágrimas de cristal acrecen el espanto.
¡Oh azules ciudades desoladas de cristal
El vidrio por fin regresa a las arenas.
Junto a la letra donde nació y murió la pena, se exhuma el resto del abecedario.
Se pudre el aire tras la muerte de la Lengua.
No nos bastan los signos aprendidos en el desierto.
Las estatuas mudas empiezan a andar.
No sé qué oscura magia se oculta en las palabras, pero la prefiero a pasear un rato más en este silencio.
Los Colores Nacen. La Vida Nace. La Luz Nace. La Música. No atravesaré solo el silencio maldito de las sirenas.
Junto
al río que se deseca en mitad de la ciudad, extraño la niebla como
quien añora un espejismo, más allá del mar volando como un ave ciega que
llega a beber su muerte en un oasis.
Ya sé que se espera de mi voz
una épica absoluta, pero prefiero reservarme todas las palabras antes
que celebrar los homicidios, las blasfemias.
He levantado templos y los he destruido.
He comulgado con dioses y los he apuñalado.
He vacilado en el recto sendero.
He sido inflexible ante el vaivén de las tormentas.
He sido implacable al aplacar a los diluvios.
He regido cataclismos
–y me he divertido–.
He sufrido al ver agonizar ruiseñores en mi mano.
He subido escaleras sin fin.
He descendido a saltos del Olimpo.
He visto árboles de bronce, huir de cráteres parlantes
He volado con los hombres alados y Dédalo alcanzó a bendecirme.
He agrietado el puente entre la vida y la muerte,
al aniquilar inmortales bajo mis hierros bajo mis botas.
He cenado carne fresca en Teotihuacán
y en un Zigurat cualquiera me he confundido con los dioses
En
honor a la verdad, la memoria eterna del Empíreo no basta para
compendiar las mentiras que he trazado sobre mi vida, ni mi vida basta
para trazar todas las verdades que sueño, cuando el cielo me deja
penetrar en sus secretos vigilados por ángeles que se pierden en mi voz
cuando canto la incertidumbre.
Cuando canto la incertidumbre, se incendia todo
y en medio de inapagables luces blancas
me veo a mí mismo al fin,
libre.
El
sol recuerda, las ciudades calcinadas en el desierto. Las tumbas que se
descubren indican el rastro de su fuego aun dentro del mar,
El hombre pregunta, una y otra vez, frente a la Esfinge, la misma interrogante. Hace siglos que ella permanece muda
Todos los templos muertos. Todos los templos abandonados. Todos los templos silenciosos.
Todos los templos. Todos los templos.
El
profeta desentraña a las palomas, ve en sus tripas el destino, extiende
su sangre sobre estandartes en llamas, despeja todas las dudas y
escribe sobre bloques de mármol sus visiones.
El profeta sigue siendo un condenado.
En
solitarias torres ruinosas construidas contra los dioses de las
tormentas, permanecen silentes los hechizos que, en otro tiempo,
animaron el arribo de nuevos muertos, hartos de divagar en cementerios y
en cada juguete que la demencia sacudió frente a los invariables
relojes de arena que en Kashmir hallaron su mejor destino, aun cuando
los tetudos videntes exhibieron sus presagios, presos de aullidos secos y
lamentos de esqueletos danzantes.
Cuando vuelo sobre las ciudades
sepultadas por el concreto, solazo mi vista en las autopistas sin
límite, en las curvas imposibles, en las caídas desiertas, en las azules
calles que desnudan el amanecer entre las piernas de la noche.
Desde
las más altas cornisas, no puedo imaginar nada más allá de estos
paralelepípedos vacíos y distintos y añoro sobrevolar Zigurats,
Dólmenes, Pirámides.
Deberíamos incendiar todo y dejar que las
cenizas, transidas en humedales dentados, engarcen las palabras en las
criptas insepultas. Profanarlas será forzar su reescritura. Luego de
atravesar con mi lanza dorada a las sombras que contemplaron absortas la
ominosa presencia de varios soles en atardeceres imposibles, no volveré
a probar el salvaje encanto de la arena, ni el salitre. Los dioses
afectos a beber tales sustancias, se hallan hace siglos sepultados.
Sin
embargo, quienes vieron al mismo tiempo, un Sol Rojo, un Sol Amarillo y
un Sol Azul, se considerarán benditos para siempre, pues eso son.
Felices y bienaventurados sean los testigos de estos prodigios.
Fuera
de los amplios jardines donde sangran almíbares, los árboles
escarlatas, se erigen necrópolis amargas, huracanes de plata, asedios
sin fin, espejismos, espejismos, espejismos…
En medio del desierto, siento la auténtica naturaleza del juego.
Todos vinimos alguna vez al desierto, buscando la voz de Dios.
La
mayoría sólo encontró la locura y al enemigo presto como una serpiente
para envenenar no sólo la sangre y la carne sino las almas y no sólo las
almas. Esa antigua serpiente quiso pudrir el alma de los fieles
penitentes ascéticos que se abandonaron en las arenas hasta que el más
puro de todos le destrozó la cabeza de una pisada. Lamentablemente,
aquella serpiente consagró su último conjuro en sus sandalias y aquellas
le guiaron a su destino.
Los antiguos camaradas son, sin duda, los
mejores y aunque sus tumbas se hallan dispersas en las selvas, las
arenas, las estrellas o bajo los mares, jamás dejaremos de recordarlos,
sobre todo, bajo las flores del cerezo que crece en los jardines
dorados.
En Abandonados Vergeles Estelares. El Cielo Arranca Su Piel. El Diluvio Se Vuelve Inminente.
Ansío
a Dios al despertar, pero creo haber vivido toda la vida en un recuerdo
de épocas antiguas. Fuera de mí mismo. Mi memoria de esas nostalgias
perdidas se aleja de mi alma y se hunde en el silencio refractario de
las piedras.
Siento que escribo que siento que escribo… forzándome
así a seguir enumerando signos y sombras, cicatrices y huellas de manos,
ceniceros, talismanes y cuchillos en la ausencia de tener mi Evangelio
al fin entre las manos para hojearlo, resguardarlo, protegerlo,
prepararlo y celebrarlo antes de que embista, acometa y haga frente a
todas las peleas que se den en el camino y no expongo más detalles por
un gesto, pero dejo caer sobre la lepra un sortilegio y esta desaparece
del mundo.
Los falsos profetas se petrifican ante las ruinas del
verdadero templo. Los lobos orinan sus orígenes. Los silfos locos danzan
y les jalan las colas. Los lobos aúllan y lanzan dentelladas al aire.
Grita la noche como un niño herido que sangrase infiernos. Los falsos
profetas mudos, sólo pueden dejar caer sobre el silencio horrible,
letanías de piedra, en espera de su sentencia.
Un vagabundo es una
piedra rodante que cambia de rostro cada vez que puede. Hace tiempo que
vagabundeo. Al principio, odiaba que la lluvia empapase mi vestido.
Luego, aprendí a hacer de la lluvia uno de mis rostros. Desde entonces,
he viajado más tranquilo.
He atravesado una noche de siglos y eso es
haber atravesado la noche –la única noche– y haber calado en cada
extremo de sus predios y en cada recodo de sus caminos serpenteantes
como meandros de bruma oscura, más allá de todas las paredes de los
palacios y más allá de todas las fortalezas de los sueños.
He surcado
todos los cielos y me he recostado en el horizonte para ver saltar a
los polichinelas suicidas desde los acantilados marmóreos cerca de la
última frontera de los éteres y los eones.
No he visto naves en
llamas, ni la Puerta de Tannhauser, pero he visto estallar estrellas y
galaxias enteras. Si eso no basta para detener las mareas del tiempo es
debido a la naturaleza falsa de toda escritura.
Me multiplico en
alucinaciones lúcidas y recuerdos. Yo nací de un cuerpo, en un cuerpo,
pero he crecido fuera de él. Un laberinto se ciñó a mis pasos y mi
sombra deambuló en torno de su sombra. He presenciado la violencia
cósmica absoluta indemne. He compartido las plumas e inciertos secretos
con ángeles y otros seres alados. He andado miles de calles con los
brazos en espiral. He metido mis manos en los bolsillos de mi casaca de
cuero. He escrito canciones de amor y he sido bendecido. Seguiré
fingiendo visiones antes de ser intimista y lírico.
Debo reservar mi corazón tan sólo para mi casa.
Hablar
de algo que no fuese yo mismo, acaso, sería negar el universo. No lo
dudo, ni lo afirmo. De todas formas, este es un buen desplante retórico.
Más allá. Siempre. En el más allá. En el más allá de todo espacio civilizado, hay espacios sin descubrir. Insólitos.
Las
vertientes de sangre en las montañas iluminan el interior cenizo de las
cordilleras y marcan los senderos ocultos donde transitan invisibles
vagabundos sin tiempo. Tribus forjadas en el aire entonan cantos cuyos
ecos como fogonazos impíos sacuden la liviandad de los abismos y
enaltecen la voz socarrona del relámpago.
La sociedad censura a los
locos, premia a los estúpidos y deja que los sabios hagan su vida en los
bordes, márgenes y descampados lejos de la Academia y de las entidades
públicas.
Las plantas medicinales sagradas en las veredas de la paz.
Las rocas profanas en senderos de contiendas invariables y en surcos de
codicia perenne. Los grimorios alojados en las escalinatas secretas de
las catacumbas. Los encantamientos basados en los dientes de los
difuntos caídos bajo la luna llena. Los tratados medievales sobre la
risa y el imposible comentario de Aristóteles para siempre perdidos.
Para Siempre.
Los dioses endebles ofrecen sus promesas a multitudes vanas
–cada hombre no importa su insignificancia cree ser muy importante–.
Los dioses poderosos, en silencio, esperan homenajes adecuados, las plegarias
Iniciarse
en la mecánica absoluta del devenir que se decide en las arenas es
cavar en la historia de los infinitos imperios derrumbados por no haber
mantenido su fe ni su palabra.
Un cuchillo –como un trozo de magma en el corazón– al que no es preciso blandir, da fin a toda esta adivinanza.
Alar
los pies es distinto a halarlos. No se necesita ser lingüista para
darse cuenta. Esta apariencia es un error. Si es posible ponerle alas a
los pies y volar haciendo uso de ellas. Halarlos no significará nada más
que elevarse a regiones místico-urbano-marginales paradisíacas-
secretas, guiados por esas mismas alas, depositarias de quién sabe qué
secretos veterotestamentarios.
Los protocolos sumerios húmedos en el
macizo consagrado a los guerreros muertos se desecan ante el paso
desenfrenado de la caballería fantasma que los arrastra. Burdas
hechicerías babélicas. Vanos ensalmos acadianos. Nimrod pasea dominante
aún su fuerte sombra sucia –en su mente–. Es un detalle malsano de su
destino dejarle creer en tal mentira. Al mismo tiempo, recibe ágapes y
convites por parte de los cerdos y los batracios. Finalmente, es tan
sólo otra sombra aullante en el desierto de fuego infinito que yace
donde sabemos todos desde hace siglos. Las calles de lava son las
ultimas trincheras para los más horrendos sucesos.
En árboles de
voces mutiladas, canta el precipicio, lánguidas exclamaciones circenses,
al ver cubierta de nueve nubes a la luna. Ríos de cal surgen desde
cenotafios broncíneos. Relicarios de agua se adentran en las piedras.
Muelles de osamentas amarillas. Dársenas pavimentadas por colmillos y
escamas de dragones. Los dependientes ejercitan acrobacias y colocan
emplastes de nácar en las grietas.
Echar de menos los trenes y ser un
vagabundo. No otra cosa es ser un farsante que intenta llevar la
imaginación a límites nunca interpuestos.
Ver las planicies de Marte atravesadas por beduinos es señal de una guerra inminente.
La nostalgia del paraíso es el verdadero infierno.
Sólo
los peregrinos sabemos que basta una ilusión cuando se cierra la noche
para no desfallecer en los escombros, ni caer en el fango enloquecido,
repleto de tripas y desechos que las antiguas batallas dejaron en los
caminas cerrados, los que sólo se ven cuando se cierra la noche y se
halla uno caminando solo entre las sombras.
Me acuesto en cualquier
vereda. Mi aliento me cubre como un manto de fuego. Salmodio baladas y
cantares. Cualquier vereda en cualquier camino podría ser mi última
cama.
El silencio es más terrible tras las batallas. Ya no hay gritos.
El
silencio no es absoluto. La inaudita habladuría de la sangre murmulla
en las bóvedas dorsales. La sangre susurra añoranzas de calor. El agua
se pudre bajo las bacterias y las moscas. La sangre se seca. Su costra
sobre la tierra es un abono excelente. Ferales comerciantes del otro
reino la consideran prodigiosa.
Los cantos elevados ante la noche me
hartan. Me he embriagado, durante demasiado tiempo, entonándolos. Sólo
puedo desear el surgimiento de una fiesta matutina, harto al fin de
pasear entre ataúdes.
Detenido en este espacio, medito. Mi vista
atraviesa las tinieblas. Hay luz en mi interior. La veo resplandecer y
desdoblarse en arpegios Primarios, arpegios Azules, arpegios Amarillos,
arpegios Rojos.
En mi camino –al inicio para elogio de mi vanidad–,
he frecuentado dólmenes, zigurats, pirámides, sinagogas, habitáculos de
piedra, grutas, mezquitas, catedrales. Jamás vi a Dios en todos esos
monumentos erigidos vanamente, pero sí en otros tramos del camino donde
no había cruces ni templos, ni nada más que la hierba y el aire el cielo
las estrellas y la música del viento.
Acudí demasiadas veces al
ritmo de las desfallecientes cabezas que giran autónomas liberadas de
sus cuerpos en la cúspide de las palabras y las arrojé malditas contra
las tiras de estaño que circundan esos terrenos. La pesadilla duró
demasiado. La repudié mil veces, pero, de vez en cuando, vuelvo a ella.
Absurdos arsenales de figuras verbales atraviesan las mareas del cielo
–como anguilas fantasmales– perseguidos por feroces esqueletos de
hipocampos.
He abandonado las infinitas planicies y, ahora, desciendo
sobre mis pasos. Remonto la noche y regreso a mi origen. Solo. Mas,
Sólo Distingo Catafalcos Y Navajas Júbilos Orillas Calendarios…
PERCY VILCHEZ SALVATIERRA.
Abogado. Escritor. Director de Libertad Bajo Palabra.
Autor
de “Metafísica del Precipicio” (Septiembre 2015), «DOSCIENTAS IMÁGENES
CRÍTICAS DEL PERÚ ANTE EL BICENTENARIO – LA VERDAD OCULTA» (Octubre
2021), «METAFÍSICA» (Marzo 2022) y «VISIONES EN LOS OJOS DE LA ESFINGE»
(En prensa 2023).
(Fuente: Lenguaje perú)
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