Cuando la vida
es generosa
y no sólo
fondo y figura,
uno arraiga
de tupida sombra
y uvas a granel,
uno arma
un encatrado
con glicinas y grillos,
dilata un cañizo,
con suerte
levanta columnas
y mamparas
cierra un jardín de invierno,
para la familia,
los amigos,
los hijos, sus amigos,
los perros y animales
que son corazón
de la casa.
Y uno se divierte
en ese ancho y cordial espacio,
juega al truco, el tute, el mus,
baila, choricea,
discute, se acalora,
se enfría,
cuenta
y cuentan chistes
y se hacen bromas
e ingeniosos rebusques
que amparan la risa
y los cachetes rosados.
No como
las plásticas fiestas de hoy
en sitios apropiados
y caros,
donde cada palabra
debe ser medida
como si fuera
un cadáver velado
lejos de su casa,
en fúnebre negocio
y zapatillas blancas.
Sin embargo
con el tiempo
empieza a clarear
el bosque:
unos se van,
los hijos cambian de vereda,
estallan fricciones,
alguien traiciona,
alguien se ofende,
a un allegado se le refala
un cuchillo en la bolsa,
otros se apartan,
otros se juntan,
se van del pago,
se enferman o mueren,
un poco trastabillan
de horchatas
tanto jíbaros como caníbales,
penurias y risas
saltan complementarias
y desconfiadas,
panzudas acechantes.
Más tarde,
el mesón de los carneos
resulta gigante,
pero chico para telarañas
y polvo,
las sillas se van apilando
molestas,
y el parrillero sólo
carga un kilo o dos
de costillas y solapas,
el vino hace presencia
con botellas de 3/4
con opiniones de expertos
sus púrpuras frutados,
y la mar de huevadas;
el bonarda casero,
el syrah hecho a pata
y la venerable damajuana
desaparecen
como nube llevada
por el zonda,
las viejas recetas
del chimichurri
dan paso a carne
sin sal
o berro amargo
y agüita lavada.
Pero
un recuerdo
fuga en proa:
alguien se acuerda,
o se acuerda uno,
y alguien regresa,
no como Ulises
y sus mares,
no como
el pródigo y ventajero
ecuménico,
vuelve con ganas,
barroso al principio,
los coágulos
que en la mesa fueron
hoy secos,
hoy higos agusanados
que nada sacian o celebran
reverdecen
y bastan para colmar la vida,
el abrazo que fue recelo,
y ahora apretado
y confortable
bajo la vieja parra
lignificada pero noble
de moscateles
y uvas cereza
cada día más turgentes
de azúcares y jugos
sin parangón.
Y el tierra se llena,
esplende,
se regocija
y tira rayos,
y ahí
están todos
los que no están,
con esqueletos,
vaivenes, temblazones
y miedos,
bailando como antes
esta mazurca de mierda
que un loco
nos puso
por delante,
a fuego,
exterminio
y contráctil estupidez.
- Inédito -
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