miércoles, 10 de enero de 2024

Mark Strand (Canadá, 1934 - EEUU, 2014)

 

La historia de la poesía

 

Los maestros se fueron y, si acaso volvieran,

¿quién de nosotros los escucharía? ¿quién reconocería

el sonido corpóreo de los cielos o el sonido celestial

del cuerpo, interminable, evanescente, que afinó

nuestros días antes de que los astros inmutables

perdieran su poder? La respuesta es:

ninguno de los aquí presentes. ¿Y qué significado

tiene si vemos las montañas bañadas por la luna

y la ciudad con sus calladas puertas y torres de agua,

y nos dan ganas de subir la voz aunque sea un poquito,

o, a veces, a finales del otoño, cuando la noche apenas florece unos momentos

sobre la cordillera del oeste, e imaginamos ángeles

que bajan por los fríos escalones del aire para darnos aliento

si es que perdimos nuestra fuerza de voluntad,

y nosotros no hacemos más que dormitar, oyendo a medias los suspiros

de esta o aquella brisa que deambula sin rumbo por las granjas fallidas

y los jardines arruinados? Estos días, cuando nos despertamos

todas las cosas brillan con la misma luz azul

que hace apenas instantes llenaba nuestros sueños,

de modo que no hacemos más que contar los árboles, las nubes,

los pocos pájaros que quedan; y después decidimos

que no hay por qué ser duros con nosotros mismos, y que el pasado

no era mejor que ahora, ¿o acaso el enemigo no existe desde siempre?,

y la iglesia del mundo, ¿no estaba en ruinas ya?

 

  Traducción de Ezequiel Zaidenwerg



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