ELOGIO DEL VACÍO
Quiero permanecer ligero,
vacío
o
—mejor dicho—
ignorante,
barriéndome el alma.
No hay conocimiento en las bibliotecas.
Está
—donde nadie se lo espera—
en la estancia de alimentar vientres y no mentes.
¿Dónde exactamente?
En las cocinas.
Estrecho una cebolla con ternura
entre las manos,
me la acerco a la boca y le digo:
"Tú, amiga de los sirvientes,
tú que eres libre,
tú que eres más bella que una rosa,
tu humilde vestido marrón
te exime de ser expuesta
—con el cuello rebanado—
en los escaparates,
de ser lanzada entre los cadáveres
en los cementerios,
de tener que esbozar una sonrisa
en los labios de los enfermos,
de exhalar el último aliento
en el agua edulcorada de los jarrones,
de dar falso testimonio
ante historias de amor
entre enamorados mentirosos.
Tú no eres un simple fruto,
hermana,
tú eres la santa de la familia de las hortalizas.
A quien te degüella
se le llenan los ojos de lágrimas.
La gente no soporta tu olor
porque es tan molesto como la verdad".
Cocino y medito:
cada cebolla es una máxima,
cada guiso una lección.
Pelar cebollas
—capa tras capa—
revela la esencia de la existencia: el vacío.
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en "Elogio del error", Karwán, Barcelona, 2020. Trad. del árabe, Kamirán Haj Mahmoud. En la imagen, Imad Abu Saleh (عماد أبو صالح, Mansura, Egipto, 1967 / Mobtada).
(Fuente: Jonio González)
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