I.
Yo era el perro de Dios. Si decía ven,
movía tres veces la cola. Si decía hazte el muerto
yo cerraba los ojos, y solo me dejaba
por los gestos de la condición humana
-dormir, despertar, dormir-.
En los altos relámpagos, me apoyaba
en la puerta de la Casa, y desde allí olfateaba
la divinidad.
Yo sabía que, en las tormentas,
Él hablaba en el trueno,
en el viento, en el agua que mojaba
mi cuerpo flaco y negro,
en la pulga que me recordaba
que mi carne era carne,
y doliente.
Pero caí y ahora soy un cerdo.
Mi voz es un gruñido seco, la Puerta
se ha convertido en lodo
donde me revuelco
confuso
extremadamente gozoso.
II.
Perro de Dios, me dicen,
con sorna, los otros
cerdos.
Perro de Dios.
Pretendo que no escucho,
que no como el maíz hinchado
y putrefacto con un inusitado ardor,
que no me revuelco en la mierda
que no me como a mis hijos,
pequeños y rosados.
Finjo.
Finjo que no escucho, que soy
un cerdo en toda ley desde el principio.
Pero en sueños, o cuando llueve
y estoy en los corrales, un ladrido,
agrio,
me sube desde la garganta
y otra vez estoy, negro
flaco, esplendente,
corriendo por la pradera
inusitadamente cubierta de verdor.
(Fuente: Daniel Freidemberg)
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