He visto caer a mi familia...
He visto caer a mi familia, como
un leproso ve caer por segmentos sus manos frías hinchadas. Mi padre
trajo del Amazonas un cocodrilo que guardábamos en una piscina cubierta
por un enrejado de alambre. El cocodrilo pasaba varios meses dormido y
los tábanos y los mosquitos habitaban sobre su lomo escarpado. Contraían
al chupar su sangre la enfermedad del sueño. El cocodrilo se despertaba
de un solo lado, casi siempre abría el ojo de esa región y nos miraba
melancólicamente. Todavía tenía sueño. El ruido de la calle, el trepidar
de los carros cargados de legumbres, aceleraban sus pesadillas. Un
mosquito que había logrado escapar de su letargo ese día —el cocodrilo
tenía un ojo abierto—, picó a mi hermano menor, que recorría con un dedo
la extensa dentadura de nuestro huésped, y mi hermano conoció por esa
picadura casual el placer inenarrable de servir de experimento. Murió de
sueño.
La tumba de mi hermano quedaba en la
parte más baja y húmeda del cementerio. El Sena la cubría durante las
crecientes periódicas del invierno. Entre el lodo y el limo, recogíamos
luego la cruz que la corriente había llevado lejos. La tumba parecía
seguirla y arrastrarse y volver al lecho del río, como si en aquel cajón
de pino con manijas de plomo no estuvieran ya los huesos descarnados de
mi hermano, sino el alma divina y egipcia del cocodrilo sagrado.
En De la elegancia mientras se duerme
(Fuente: Biblioteca Ignoria / Isaías Garde)

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