Los papeles de pandora
(¿Qué hacer contra el poder cuando no puedes hacer nada?)
son los cuarenta sueños, digo años,
son los cuarenta televisores encendidos en las casas vecinas,
o los años que comprenden quizás lo que no existe,
la cuchara en la taza esperando que chorree el café desde este lado de la realidad,
o la canción que habla de azúcar, sopa y enlatados,
o los años que comprenden quizás lo que no existe,
pero cambia, se transfigura en píldoras y dietas,
es decir, los años que comprenden quizás lo que sí existe,
lo que narran las mejillas de mi hija que ríe mientras canta.
¿Qué país te canta, niña cebolla, niña tomate, aquí donde los hombres
—que no aprendieron a pedir, a respetar, y a retirarse en calma—
escopolaminan a muchachas? Y no es que yo ice
una bandera feminista (porque no tengo ese boleto de viaje):
solamente me da miedo que el corazón
de Cora se estruje, como un guisante seco entre los adoquines,
que alguien destruya el cuerpo de Cora y la ponga en una bolsa negra.
Como le pasó a Abigail Supliguicha, una niña de ojos almendrados
que murió a manos de un enfermo mental (que debió quedarse preso
de por vida). Y los jueces delincuentes lo dejaron salir. Y pienso
que esa muchachita —que, por edad, podía ser mi hija— podría ser mi hija.
Nunca creí mucho en Marx, ni en Lenin, ni en Trotski,
ni en Mao, ni en el Comunismo, ni en la socialdemocracia,
ni en el socioliberalismo, ni en el anarquismo hippie.
Yo creí en la izquierda de la nieve. Creí que el cielo azul era de todos.
Una izquierda de la contemplación. El generoso país de la mirada.
Mi izquierda siempre fue la de mi abuela Greis.
Ella decía: “Donde comen dos, comen tres”. Mi abuela: su hoz de humitas,
su martillo de cucharón sopero. Así fui siempre: el aire y, dentro,
un laberinto abstracto. No me hacen falta iglesias, ni comunas,
ni marchas conducidas por líderes que quieren enriquecerse o aliviar sus traumas
o saciar su ego. Yo camino un rato por las calles del barrio
donde viví mi adolescencia, donde sigo viviendo. Unos muchachos
juegan al pinball en las máquinas. Pido unos pancitos enrollados.
La señora de la tienda me dice, susurrante:
“Necesitamos ya un Pinochet, un Febres Cordero”.
Pero quizás un hijo suyo, un hermano quizás, pudo llevar una bandera roja
cuando era pecado y, entonces, morir en una mazmorra,
torturado por policías automátas, robots que no aprendieron del Buda
que todo está en todo y que cuando lastimas, te lastimas.
Así, todo lo que se narró ayer, hoy se grita. Sobrehumano
es el ojo donde el sueño con pétalos es un vaso de agua,
y es sobrehumano, demasiado humano,
y derrama sus gotas adentro de un cerebro plegadizo
donde la imagen de una niña que mira como disparan a su padre
es la síntesis de un país que se cae a pedazos
al interior de una corona de metralletas y cuerpos
como una raíz negra en un media nylon colgando
frente a una casa celeste rodeada de torres petroleras y tuberías infinitas.
Si prestas atención, la tele muestra que la muerte,
adelante o atrás del revólver, adelante o atrás del cuchillo,
adelante o atrás de los hospitales oncológicos, es hija de la pobreza.
Imágenes de robos, de asaltos, de extorsiones, de facturas impagables.
Imágenes de robos, de asaltos, de extorsiones, de cabezas cortadas.
Sin embargo, dicen “a mí qué me importa”. Dicen
“Si no trabajo, no como”. Dicen “Si no trabajo, yo no como”.
Los medios de comunicación son el altoparlante de los grupos económicos.
La democracia es un show del capital financiero.
Hilos de muchos tititiriteros que no aman, ni cantan. Es mi momento:
la hora de la categoría senior en las carreras amateur de atletismo.
Ahí está mi vejez iniciando su viaje: la ruta última del último boleto.
Un hombre que toma medicación para la diabetes,
que es adicto a la comida, que sueña con bañarse en ríos de agua helada.
un conejito negro, desahuciado y tímido. Quiero mi vida como no es.
También quiero ser rico, pero no quiero vivir en Miami. Quiero mi páramo.
No, no quiero ser rico, solo vivir con dignidad
sin que las goteras lo inunden todo. Una choza en la niebla y un locro.
La clase media no recuerda que está más cerca de la pobreza
que del multimillonario. Una cuenta bancaria con millones de dólares
es el futuro hacia donde no vamos y eso ya lo sabíamos.
Y eso ya lo sabíamos. Hoy mi memoria es una bolsa de frituras
(que una niña acaba de arrojar) girando sobre una calle de historias
que no fueron, que no podían ser. Aquí,
en la República llamada Ecuador, equinoccio país, rompido ejemplo,
reino de los vértices rotos, de los solsticios y sus pértigas de eucalipto,
de Juan Montalvo, de Juan León Mera, de Julio Pazos. Aquí, aquí, aquí,
el narco es el dueño de la realidad, de mi fotografía.
Las instituciones, las escuelas, los bares, las motocicletas son del narco.
En la televisión, en youtube, en twitter (o X o lo que sea mañana)
todos hablan del narco como un pulpo invisible y que no hay país,
dentro de este país, para nosotros. Mi familia de 4 personas tiene miedo.
Pero la íntima vida tampoco es demasiado fácil.
La vía íntima es ir al hospital porque mi salud también está jodida.
La doctora dice: “deje, por favor, las grasas, los embutidos, los granos.
Su hígado podría dañarse definitivamente”. Es curioso como una doctora
con un papel puede decidir sobre tu vida.
No sucede exactamente así, claro, uno actúa -o cree que actúa-
bajo su propia voluntad pero cuando ella revisa tus exámenes de sangre,
tú sabes que la anomalía no es un compás de agua sobre el patio:
es una enfermedad que se llama vejez y hay que aceptarla
(con su vestido de ceniza) si quieres mirar un amanecer más
con sus hojas alrededor del cielo. Pero ni siquiera hay tiempo y paciencia
para esperar a nuestros huesos en el vacío del futuro. Quisiera tener
dos caras o tres y que una de ellas no sea la que tengo. Quisiera tener
dinero para largarme a este mismo país cuando era niño o
cuando no hay tanta muerte como dinero circulando en la sangre de la banderita
que yo llamé país mío, feliz un día, trapito sudamericano, quién sabe.
Un gorrión hace un baile de tap -o algo semejante-
bajo la luz de una estación de gasolina donde me bajo del auto
y miro las estrellas. Hay un micromercado donde compro una empanada de pollo
y salgo y veo estrellas que son canciones como tocadas sin rumbo,
tocadas por músicos que ya no están sobre la tierra.
Ante el dios de los automóviles, pido disculpas a quienes fastidié
con mis zapatos o mi suerte. La política es hoy del narco y de la mentira,
no del cielo y sus estrellas muertas. Los presidentes tienen cara de billetes
que no existirán. Que ya no existen. Es evidente. Ya no existe el sucre.
Y Sucre no llegó a ser presidente. Hoy eso tiene sentido. No hay soberanía.
Más soberano es el oso de anteojos en su esquina de páramo.
Yo quiero mi páramo hacia dentro de mí, lloviendo. Eso quiero. Una esquina.
de páramo. Lo demás son presidentes vivos que tienen cara de presidentes
muertos. Quiero comprar una cajita de música. Pero yo también miento,
adrede, con la intención de desorientar —no me siento especial; en las curvas,
a la velocidad correcta, también fallecería—. Pero yo también miento, por ejemplo,
me equivoco y pido disculpas a los vasos que se me cayeron de las manos,
y pido disculpas a las personas que tenían proyectos que yo arruiné
y aún arruino. Soy de Ecuador, donde las curvas son rectas y los huecitos de los
conejos son de cartón blanco. Escríbeme si puedes apretar el corazón de un perro
con tu pulgar y tu índice. Lamento decir que lamento decir este lamento.
El narco es dueño de la realidad. ¿El Narco es dueño de la realidad?
Yo escribo con tijeras de una niña que camina por las ciudades,
se pierde en las alcantarillas o compra un dulce de un color no inventado.
Con ellas también corto paisajes buscando demostrar variantes
de las leyes físicas donde la vida no termine cuando sí termina.
Me duelen los ojos: parecería ser la presión alta o el hígado enfermo. Voy al médico.
Una vez más. Una vez más tantas moléculas de grasa subieron por mis venas
hasta dejar este cuerpo exhausto, como una vieja batería.
Piensas en la niña que vio a su padre herido con un disparo en la pierna.
pero también piensas que esos delincuentes quizás fueron niños
con el sueño de tener una vida modestamente honrada.
Ese último pensamiento mío es quizás el que no compartimos, querido alguien,
es el que no podemos compartir. Sin embargo, regreso a mis asuntos
(que nunca fueron importantes). Enfermo estoy en los nidos sin ave.
¿Qué tan enfermo? ¿Qué tan enfermo vuelvo? Tomo aspirinas, tomo glucofagen.
Trato de hacer mi dieta. En la televisión de mis oscuridades cerebrales
se proyecta la historia de un hombre niño gordo flaco que acostumbraba a disfrazarse
de muñeco de nieve. A veces me duele la cabeza. A veces mi cabeza me sueña.
A veces me duelen los ojos, como telarañas sobre un video sin sentido.
Hoy día he pensado con la fuerza del hombre que se cuelga. En mi colgado estoy,
claro, y en él, estoy en algunos amigos y conocidos que buscaron sentir la lluvia
en una dimensión astral donde el agua no puede evaporarse.
Oscuro voy dentro de ellos y el narco es dueño también de la irrealidad.
El narco es dueño de la geopolítica y de los pies de los niños.
El narco es dueño de los presidentes y de los presidentes niños
que deben abandonar la escuela pública por falta de dinero.
Todo se parece a todo. Vi en televisión la imagen de un hombre
que pendía de un árbol. Una señora molesta, minutos antes,
le reclamó por coger un cable para, en apariencia, robárselo. Él, cortéstemente,
contestó: “no, solamente trato de coger mi chompa”.
Luego, se colgó, como un amigo escritor, lector, polímata y búho
que vivía por ese mismo parque, aunque él se colgó en una biblioteca,
que es como colgarse de un libro que se multiplica, que se abre,
como dijo Pasolini, como una poesía en forma de rosa, en forma de hambre,
en una biblioteca municipal, en un Aleph hecho a la medida de nuestro quinto,
de nuestro jodido quinto mundo. Adiós, César, espero que nos veamos algún día,
de nuevo, donde la muerte se parezca a este país, es decir, no exista.
Pero en mi muerte hay otras muertes que están vivas, donde juega mi hija,
sauce adentro de las preguntas espaciales, en el centro de la vida,
tan frágil como un jardín viral, como una multiplicación
de tréboles y hormigas. ¿Qué país le va a quedar a ella cuando ya no esté vivo
para taparle los ojos? ¿Qué país será ella en sus ojos manchados de experiencias?
Ella rompe el impulso por imitar a los amigos que se fueron,
aunque a veces pienso imagino mi cabeza desprendida en la compactadora mecánica
de un basural y pienso cuál sería, allí, mi último pensamiento
(aunque estoy cantando y cansado o mi cabeza no cansada está muerta y canta,
allí, en el soñar despierto, una canción de Georges Moustaki:
“tenemos la vida para divertirnos/ tenemos la muerte para descansar”.
Hoy el narco es dueño de nuestra muerte. El narco es dueño, editor
y señor de los cielos de nuestra muerte. Y no amén.
Y no amén. Muerto es es el color del país cuando la claridad no tiene
ojos para ver aquí lo que quizás aquí no existe.
Un quizás en el que sangra la vida y todos los dioses soñados
o sentidos o vividos caen sobre una galería de sangre.
O sobre una autopista plagada de camiones que jamás llegarán.
Y, si llegan, vendrán con la caja vacía de un producto que jamás existió:
La vida láctea.
(Fuente: J. J. R. facebook)
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