El sueño americano
Alan Ross me vino a ver un día y me dijo que quería escapar
de esta carrera de locos. Le dije, “¿Qué vas a hacer, entonces?”
Me dijo, “No sé, lo estoy pensando”. Viste que no es tan fácil
escaparse, tnés que tener plata”. El me dijo “Ya sé, no tengo
un peso.” “Bueno, entonces tenés un problemita, ¿no? le dije.
“Algo se me va a ocurrir, ya vas a ver”, me dijo. Esa fue la última
vez que vi a Alan. Pasó un mes. Pensaba en Alan todo el tiempo.
No me podía imaginar adónde se había ido. Le dije a Liian, “¿Cómo
pudo arreglárselas sin nada de plata?”. Ella me dijo: “La gente
puede vivir de sus encantos. Es algo muy común”. “Pero Alan
no es encantador”, le dije. “A lo mejor podría serlo si fuera necesario”,
me dijo. En un par de meses más me olvidé de él. Me rompí
el alma en el laburo y me dieron un aumento. Lilian y yo
nos fuimos de vacaciones a la montaña. To pesaba y ella
leía sus libros. Era tan relajante que casi me olvidé de que tenía
trabajo. Pero después se terminó y tuve que volver a trabajar.
Un día algo salió mal y nos hice perder una fortuna. Mi jefe me dijo:
“Tomatelás de acá, no quiero verte nunca más la cara” Le dije, “Yo
lo puedo arreglar, estoy seguro.” “Tomatelás de acá, estás despedido.”
No quería irme a casa. No sabía adónde ir. Me senté en la escalinata
del banco con la cabeza entre las manos. Un tipo vino y me dijo,
“Yo te puedo ayudar. Conozco un lugar para gente como vos.”
Le dije, “Lo veo difícil, soy un fracaso. No hay ningún lugar
para la gente como yo.” “Sí que hay, Vos seguime.” me dijo.
Me levanté y lo seguí, Nos subimos a un colectivo y fuimos
hasta el final del recorrido. “¿Adónde vamos?”, le pregunté.
“Es acá nomás, son un par de cuadras.” Caminamos varios
kilómetros. Yo estaba muerto de cansancio. Allá estaba Alan,
consumido hasta los huesos. Le dije, “Alan, ¿qué estás haciendo
acá?” Me dijo, “No sé, Ahora soy esclavo. Me dijeron que era
por el sueño americano”, me dijo. “¿Pero qué sueño es ese”,
le dije. “Es algo que uno quisiera no haber conocido nunca”, me
dijo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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