CARTA A LA MADRE
“Mater dulcissima, descienden ya las nieblas,
los árboles se hinchan de agua, las nieves los queman;
no estoy triste en el Norte; no estoy en paz
conmigo mismo, pero no espero
el perdón de nadie; muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives
como todas la madres de los poetas,
pobre y justa en la medida de amor
hacia los hijos lejanos. Hoy, soy yo
quien te escribe”. –Por fin, dirás, dos líneas
de ese muchacho que huyó de noche con un manto corto
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, pero tan generoso,
lo matarán un día en cualquier parte–.
“Cierto, me acuerdo; fue de aquel andén gris
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a las bocas del Imera, el río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptus. Ahora te agradezco
–es mi deseo– con la misma ironía que has puesto
sobre mis labios, suave como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora tengo lágrimas para ti,
para todos aquellos que como tú esperan
y no saben qué. Ah, muerte gentil, no toques
el reloj de la cocina que late sobre el muro,
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Pero acaso alguien responde? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor. Adiós, querida, mi dulcissima mater”.
Traducción: Horacio Armani
(Todos los poemas, Salvatore Quasimodo, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Ares, 1976.)
(Fuente: César Cantoni)
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