Mi padre acepta su derrota
Lo recuerdo muy bien. Yo habré tenido
veinte años: el día en que mi padre
renunció a su rutina de ejercicios
(las sesiones de trote por el parque
cada mañana, excepto en Navidad;
sus arduas calistenias por la tarde,
cuando llegaba a casa del trabajo;
los partidos de tenis con amigos
los martes y los jueves); ese día
no fue a correr, no hizo abdominales
y tiró el buzo viejo con capucha
que usaba a sol y a sombra y que jamás
lavaba (en el invierno como abrigo,
y en el verano para transpirar);
habrá sido un alivio, pero fue
más bien la aceptación de una derrota:
como en esos programas de concursos
en que la gente tiene que apoyar
las manos en un auto y no sacarlas
de ahí; los que se van cansando pierden,
y el último que queda gana el auto.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
No hay comentarios:
Publicar un comentario