Historia del arte
Historia del arte
hasta escarnecerlo,
hasta la desvergüenza,
una provocación a lo desconocido,
un esfuerzo
a menudo sucio y mezquino,
casi nunca optimista, jamás alegre,
una justificación,
la necesidad de obrar, de idiomas
donde salvarnos, perpetuarnos,
mientras por debajo,
vigentes aún en la confusa tierra,
rondaban los gestos,
el férreo cayado
de aquellos ancianos de Colono,
coro de los que lamentaron
el supremo mal de haber nacido.
Y eso era crear, supuestamente
amparados por algo divino,
con almas y demonios rodéandonos
de sueños,
visiones,
posibilidades,
y con la soberbia de revelar y disecar
lo temporal y lo absoluto que bregan
en la intimidad del color,
en las formas
de la planta, el animal, la piedra.
¿Y qué dejamos,
cuál será la posteridad
de tan diestras manos
y cavilaciones?
¿Dogmáticamente,
y según la clásica norma
de equilibrar muertos y elegidos,
anticipamos
que quienes nos tomaron en cuenta
volverán a oír, por sorpresa,
nuestras voces de furia y desazón
contra los dolorosos, estériles ensayos,
y tantas malas cosechas
que precedieron al fruto logrado,
casi logrado,
y anticipamos también la esperanza
de ser puestos a la izquierda,
del lado fausto,
en el sitio de honor?
¿Se bosquejan ya
los retratos serviles,
las duras
y equívocas semblanzas personales
donde nos presentarán en etapas,
descompuesto nuestro impulso
en curvas de ascenso y caída:
cuando jóvenes
y presuntos dueños de la inmortalidad,
en la madurez,
seguros de un estilo,
aplastados los maestros,
maestros nosotros;
en la senilidad,
atardecer
del espíritu cediendo al cuerpo,
extraviados por primera vez
y para siempre?
Ojalá
que antes de que entremos en lo oscuro
estas incógnitas se transformen
en conciencia de nuestros propios límites
y preguntemos lo que de veras importa,
si se cumple
la evasiva
y codiciada proporcionalidad
entre lo que intentamos
y lo que se ve,
entre la belleza
y el bien que la belleza honra;
ojalá
que los manoseados símbolos del arte
terminen por parecer errores,
efectos vacíos, menos legítimos
para lograr entenderse con el universo
que un simple intercambio de amor y odio.
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De La condición necesaria, Obra poética I.
Corregidor, 1977.
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Preguntarse, cada tanto
Qué hacer
del viejo yo lírico, errático estímulo,
al ir avecinándonos a la fase
de los silencios, la de no desear
ya doblegarnos animosamente
ante cada impresión que hierve,
y en fuerza de su hervir reclama
exaltación, su canto.
Cómo, para entonces,
persuadirlo a que reconozca
nuestra apatía, convertidas
en reminiscencias de oficios inútiles
sus constantes más íntimas, sustitutivas
de la acción, el sentimiento, la fe;
su desafío
a que conjuremos nuestras nadas
con signos sonoros que por los oídos andan
sin dueños, como rodando, disponibles
y expectantes,
ignorantes
de sus pautas de significados,
de dónde obtenerlas:
y su persistencia, insaciable,
para adherírsenos, un yo
instalado en otro yo, vigilando
por encima de nuestro hombro
qué garabateamos;
y su prédica
de que mediante él hagamos
florecer tanto melodía cuanto gozosa
emulación de la única escritura
nunca rehecha por nadie,
la de Aquel
que escribió en la arena, ganada
por el viento, embrujante poesía
de lo eternamente indescifrable.
Preguntárnoslo, toda vez
que nos encerremos en la expresión
idiota del que no atina a consolarse
de la infructuosidad de la poesía
como vehículo de seducción, corrupción,
y cada vez
que se nos recuerde que el verdadero
hacedor de poemas execra la poesía,
que el auténtico realizador
de cualquier cosa detesta esa cosa.
[Del libro Quien habla no está muerto, de Alberto Girri. Publicado por Sudamericana, 1975.]
(Fuente: Cecilia Pontorno)
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