tres textos
Marchando de L.A. en tren por la noche, alto...
Calles
oscuras, cientos de coches silenciosos aparcados casi demasiado cerca
de las vías, edificios gigantes, muchos todavía iluminados, acechando
ahora con una silueta oscura, casas aisladas, casas de tierra, de ruido,
alegres, luego oscuras, las oscuras; uno se pregunta en qué trabajan
los dueños. Carteles, carteles, bebe esto, come eso, usa toda clase de
cosas, TODOS, lo mejor, lo más barato, lo más puro y más satisfactorio
de todos sus similares disponibles. En todos los horizontes destellan
luces rojas, señales para aeroplanos; pasan coches relampagueando, más
luces. Trabajadores reparan la conducción del gas, señales, señales,
luces, luces, calles, calles; es la oscuridad entre todo eso lo que te
atrae... ¿Qué está sucediendo ahí en ese momento? Qué cosas ocultas,
quizás gloriosas, están sucediendo y perdiéndose para siempre. La
congestión afloja, un cono de gran amplitud se va alargando ante el
tren, ahora uno ha dejado el centro y su núcleo pasa rápido mientras la
maquinaria de en medio termina su labor de engranaje y nos ponen en
manos del preciso sistema de bloqueo automático. El laberinto de días se
ha desliado de sus redes cruzadas de intelectualidad ferroviaria para
convertirse en simple dignidad de línea principal; esas cintas de
indicador preciso incesantemente revisadas, respetadas, temidas. ¡Oh,
interminable alta vía de la intriga!
~
Recuerdo
Recuerdo
estar inusitadamente pensativo aquella tarde de mayo. Quizás fuera el
calor del primer día templado de primavera que, encontrándose con la
sangre gruesa del invierno, forzaba una dilución que subía hasta el
cerebro titubeante por el esfuerzo de los últimos seis meses para
superar la congelación, y el adelgazamiento de la sangre largo tiempo
ausente agitaba un deseo debilitante de cosas más suaves, una nostalgia,
incluso una muerte, una precognición, si queréis...
~
El primer tercio (extracto)
Aquel
cine era con toda seguridad el peor de Denver y su clientela estaba a
la altura correspondiente de pobreza. Si pagaba los diez centavos de la
entrada (excepto los niños, que pagaban sólo cinco), cualquiera podía
sentarse en aquel sucio local y contemplar la magia de Hollywood durante
más de medio día sin ver dos veces la misma escena. De todos los
cambios sensoriales al pasar directamente de la peluquería al teatro, lo
que mi memoria retiene con más agudeza es el contraste de olores. Del
dulce perfume de lociones y colonia estaba uno en un instante sumergido
por completo en un hedor indescriptible, porque bajo el techo del Zaza
flotaba suspendida una peste abrumadora a cosas.
Naturalmente
que sólo puedo acordarme de una parte de las muchas que componían aquel
Gran Olor, y no puedo por tanto imaginar totalmente su procedencia,
pero sí recuerdo perfectamente que en aquella combinación desconocida
prevalecía sobre los demás un extraño almizcle que subía como de unos
depósitos ocultos bajo el polvo solidificado del suelo. Rebotaba de
pared intocable en pared intocable e invadía en oleadas sin obstáculos
la breve barandilla del anfiteatro. El olor compartido de cada
espectador se sumaba al conjunto propio del edificio y formaban así una
múltiple y complicada podredumbre que permeaba las narices con tanta
potencia que, mientras luchaba por acostumbrarme, inhalaba la menor
cantidad de aire posible por la boca abierta.
Los
programas, por supuesto, eran sobre todo del Oeste, y de todos los
vaqueros de la pantalla mi héroe era Tim McCoy, pero como me gustaba la
música me acuerdo mejor de otros «Favoritos a diez céntimos» que fui
viendo en el Zaza a los largo de los años siguientes y que eran
musicales de lujo: Volando a Río con Astair y Rogers; una con Bobby Bren
en que glorificaba el Mississippi con su voz de soprano adolescente
mientras paseaba por sus orillas, The Ziegfield Follies, etcétera. Hubo
unas cuantas inolvidables de otro tipo, como King Kong y El Hijo de King
Kong, con todos aquellos dinosaurios aterradores... ¡Vaya!, estuve
meses después de esa película repitiendo sin parar en un canturreo un
juego de palabras que había oído: «King Kong juega al ping-pong con su
ding-dong».
***
En: El primer tercio. Barcelona: Anagrama, 2006.
Versiones de Fernando González Corugedo
(Fuente: La comparecencia infinita)
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