LOS MODERNOS
LOS MODERNOS
“Lo Moderno es, por el contrario, una
dificultad activa para seguir los cambios
del Tiempo”
“Cher Antonioni”, Roland Barthes
Parafraseando a Georges Braque, un libro está terminado
cuando se han borrado todas sus líneas. Es convincente
raspar una pared de yeso, dejar las marcas de las uñas
en él, lo mismo que el convicto que recuerda el valor
de la aritmética desde su encierro calculado, pues ni
bien se presenta delante de extraños lo hace con reserva:
un vientre desinflado abriéndose camino como una resaca
nocturna. ¿Podés verlo en este momento con claridad?
¿Hay necesidad de estar tan cerca sólo para quererse
de manera moderada? Es que aparte de ciertas pequeñas
manías que imponías a los demás, jamás te quejaste
de enfermedad alguna. Bueno, tal vez en ocasiones.
Para que no seas apenas esa marca fuerte del sentido
llamada destino, cambiás los objetos numerados
de lugar, con el único fin de interferir en un plano
oculto de la visión donde el orden acelera los plazos
de cualquier cancelación. Sin embargo, con eso
no alcanza. No es suficiente con imponer una cortina
rasgada para que el verdadero rostro de lo posible
se haga presente en medio de una penumbra que
logra sobreponerse a sí misma como motivo indirecto.
Es que siempre viviste en la ciudad, estando de paso.
No te moviste un centímetro de tu cuadra favorita,
acaso por ese desplazamiento que parece un índice
de quietud necesario en épocas de convulsión diseminada.
Si se hubiera agregado una gota de vino, el efecto sería
distinto. Hay un tiempo donde la realidad se manifiesta
igual al largo final de L’eclisse, con esas primeras señales
de vida de un día que comienza, posterior a una hecatombe
nuclear que no termina de suceder, y donde los habitantes
del lugar se encargan de restablecer las mismas cosas
como si sólo se tratara de almas en movimiento.
Como tantas veces ocurre, el traductor inexplicablemente
cambia concreto por asfalto. Perdón, "por abstracto".
Para eso, se necesita poner en funcionamiento un discurso
pulverizador, donde nada en apariencia se encuentre
relacionado, aunque los hilos sigan disputándose territorios
de visibilidad que alejen cualquier resultado diferenciado
del ápice de lectura al que están previamente destinados.
Al instante de decir esto, el termo cae sobre la mesa
de trabajo, debido a una inesperada torpeza de mi mano
derecha; el agua caliente se derrama, se esparce, busca
su cauce y decora una columna de libros hasta deformarlos.
A cierta temperatura, las cosas tienden a sofisticarse
y, si bien no acaban de convertirse en otras, ya no
se muestran con la eficacia de la identidad original.
Los hechos se han vuelto cada vez más indefinidos,
en el sentido de que un paisaje, los efectos abandonados
adrede en el desplante de las últimas mudanzas,
más las personas que aún continúan siguiéndonos
y hasta la luz de la mañana que se integra al dormitorio
desde el calor de la noche, parecen estar desapareciendo.
A veces pongo las cosas en lugares incógnitos y luego
las olvido. Una vez leí, desde los márgenes del subtitulado,
que es menos doloroso borrarlas que vivir con ellas.
Algo así. Si damos nuestro primer paseo por una ciudad
de la que ignoramos todo, tras el asombro viene
el aturdimiento; después, la idealización de lo visto
y, enseguida, la desazón de la experiencia. Lo realmente
maravilloso de la memoria es no tener que emplazar
al pasado para que testifique por cada acontecimiento.
Luego, siguió esto. “Podés ahorrar hasta un cincuenta
por ciento, pero todavía estás muy lejos de casa”,
anunciaba, hace cinco décadas, un grupo de gente
que no fueron al unísono compañeros de una sola mente.
Eso ocurre con espaciada frecuencia. Si hubiese sido
capaz de armar un diagrama de cableado de una persona
en un libro, no estaría en este sitio, sino en una isla
de mínima seguridad curándome de botulismo, luego
de rebanarme el pulgar intentando abrir una Bieckert
negra de 1972 (llamada Africana), el año que Arthur
Lee editó “Vindicator”, por el sello A&M Records.
“Esto es puro amor”, diría, y como te hizo reír mucho
el modo en que enfaticé la oración, ponés en duda
tanto la frase como el efecto que produce. Ahora
recordás aquello que una vez escuchaste sobre
que ciertas personas se aprovechan de las vacas
para frenar su propio aumento. Pero ¿qué otra razón
habría para valerme siquiera de esa broma, si la malicia
no hubiera sido pública?, pregunté, tratándose en verdad
de una afirmación. Hay preguntas que no tiene sentido
formularse, salvo que las respuestas formen parte
de una manera previa de revelarse a sí mismas
sin que nada que se dijera antes consienta el error,
o ponga en escena nuevas capas de anticlímax,
lo mismo que un manojo de enigmas tirados al azar.
Para sobrevivir a la mente como un estado de ánimo,
el modo de hacerlo es el de, digamos, mi abuelo
Antonio, y de ahí en adelante todas las demás cosas
importantes, más o menos. El viejo no tenía método
… pero mejor no ahondar mucho en eso, todavía.
A todo esto, digamos que su perfil era no tenerlo,
o tal vez, no conocerlo. En verdad, era un asunto
que le importaba un pepino. Tenía otras urgencias
que, por supuesto, no eran las mías. Por ese motivo,
quise escribir. Había tanto por contar; era abrumador.
Además, hubo un tiempo en que no pensaba en eso,
totalmente seco. La imagen ahora salta hacia una
piscina sin agua, que se adelantó al fin del verano,
tras leer un libro de Carlos Battilana. Es el fin
también de una era, perfecta para el cronista
que no fuiste, de haber existido esa posibilidad.
Entre estos dos, mi abuelo vivió como un espectador
que cae hipnotizado por el desarrollo de un partido
de tenis. Lo mismo que la piscina, seca y sin uso,
todo va a desaparecer muy rápido; y nadie sabrá
lo que pasó, en caso de que hayas decidido nadar
a expensas de la ausencia de agua, por esas grietas
que parecen teñidas de un celeste feroz, doméstico.
De todas maneras, entre una y otra cosa que surgió
nunca volvimos a reunirnos después de nuestra
larguísima cabalgata. Lo que sucedió hace días
parece haber ocurrido en otra vida, cuando apenas
nos conocimos y no contemplábamos cuán duro
podía ser una separación intempestiva, no deseada,
con algo de impacto retardado que transforma
la velocidad de los hechos en un simple chispazo,
un rayo desintegrador accionado por un súper
héroe anónimo que echa mano a sus recursos
cuando el conflicto se vuelve un trasto irrefutable.
¿Cómo fue que llegamos hasta acá, con estas
manifestaciones imprecisas, y dejándoles a ellos
el excedente de lo que aún nos queda por delante?
Pienso en vos a menudo; espero que estés bien.
Lo que quiero decir es que yo no decidí tener
la naturaleza que tengo. Parece haber venido
con el envase. En otro orden, ¿qué destino tiene
nuestro hermoso órgano que produce semen
y trae a los hombres tantas pesadillas a medida
que avanza la edad? De algún modo, alguien
evangelizó sus movimientos en una caverna
negra con árboles de Navidad escarlata clavados
en las paredes, inmunizado por la fragancia
de un Kenzo de octava destilación. Te corrijo:
no soy ése a quien todos apuntan. Bien sabés
cómo me fastidian esas fechas –igual que a vos–,
una especie de inversión atroz para un futuro
de polillas mareadas por la luz alógena del patio,
donde se encuentran pilas de ladrillos amontonados
en un solar en construcción. Lo que hice fue dejar
la casa a un lado y quedarme con los ladrillos.
Todo esto porque finalmente entramos con cierta
placidez a ese ondularse por turnos entre franjas
de claridad y de tinieblas. Pero no fue tan difícil
como se esperaba, ¿verdad? Ahora podés moverte
dentro de vos misma, lo que supondría una aventura
incierta, como la que conforma una relación capaz
de renunciar a un tipo específico de civilidad,
estableciéndose por encima de un reflejo, aunque
no siempre llevemos consigo el boleto correcto.
De otro modo, cualquier variante nos hará pensar
que todavía estamos lejos del contacto con el otro.
No obstante, ella se enteró del plan y hubo una fuerte
disputa ante el volquete de basura. Quería deshacerme
de todo lo que no funcionaba. De todas maneras,
lo que pudo salvarse, se recuperó a medias. Ahora
está afuera de la casa, y yo me siento como un hombre
que acaba de sacarse los mocos con el dedo, porque
me recuerda lo poco maravilloso que soy. Insuficiente
ser un milagro por el hecho de estar vivo. A los efectos
prácticos, no hay presente. El presente se fue antes
de que tuviera lugar. Es una idea que sobrevivió
vigorosamente casi una media hora. Hay que dejar
de sumergirse en baños calientes de burbujas cada
vez que las cosas se ponen un poco difíciles. Alguien
escribe que su perro ronca sobre una manta de caballo
en el vestíbulo trasero, pero ignora que yo no tengo
perro, y que nunca vi de cerca un caballo muerto.
9 de febrero de 2022
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