LA TORMENTA
Háblenme de la lluvia, no del buen tiempo;
el buen tiempo me disgusta,
me hace rechinar los dientes.
El bello azul me enfurece
porque el más grande amor
que me fue dado en este mundo
se lo debo al mal tiempo,
se lo debo a Júpiter
y bajó hasta mí de un cielo tormentoso.
Una noche de noviembre, a caballo sobre los techos
los rayos, con aullidos espantosos
iluminaban todo con sus fuegos artificiales.
Saltando de su cama en camisón
mi vecina, aterrorizada, golpeó a mi puerta
y reclamó mis buenos oficios.
"Estoy sola y tengo miedo, ábrame, por favor.
Mi esposo acaba de partir para su trabajo,
pobre, infortunado mercenario,
obligado a salir cuando hay tormenta
por la simple razón
de ser un vendedor de pararrayos.
Bendiciendo el nombre de Benjamin Franklin
la puse en lugar seguro
entre mis brazos.
y después, el amor hizo el resto.
Vos que vendés pararrayos por doquier
no plantaste uno en el techo de tu propia casa...
No puede haber error más funesto.
Cuando Júpiter se fue
a hacer sonar su trueno en otra parte,
la bella conjuró sus temores
y recobró todo su coraje.
Volvió a su casa a secar a su marido
pero antes me dió una cita
para los días lluviosos,
para la próxima tormenta.
A partir de ese día no bajé los ojos
y consagré mi tiempo a contemplar el cielo,
a ver pasar las nubes,
a acechar los stratus,
a espiar a los nimbus
a poner ojos tiernos
ante los más pequeños cumulus.
Pero a ella nunca más la vi.
El afortunado de su marido
vendió tantos pararrayos aquel día
que se hizo millonario
y se fueron con ella a vivir
donde el cielo es siempre azul,
a un país imbécil donde nunca llueve
donde nadie sabe lo que es un rayo.
Quiera Dios que mi lamento vuele,
a tambor batiente,
a hablarle de la lluvia
a hablarle de aquel mal tiempo
que enfrentamos juntos
a contarle que cierto rayo asesino
dejo en mi corazón el dibujo
de una flor que se le parece.
(Fuente: Daniel M. Fara)
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