Epigrama para Stalin
Vivimos sin sentir el país bajo los pies,
a más de diez pasos nuestras conversas no
se advierten.
Y quien se aventura a la más breve de las
pláticas
ha de mencionar al caucasiano del Kremlin.
Sus dedos son grasientos, rechonchos como
gusanos,
y sus palabras, precisas y tediosas, como
pesas.
Sus bigotes de cucaracha ríen a carcajadas
mientras brillan y encandilan las cañas de
sus botas. (*)
Entre una chusma de patronos de cuello fino
él juega a perdonavidas con bocetos de
personas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro
llora;
sólo él campea estentóreo y los tutea.
Entalla, como herraduras, un decreto tras
otro:
en las ingles, en las frentes, en las cejas,
en los ojos.
Cada ejecución es, para él, una malvada
epifanía
que insufla de alegría su ampuloso torso de
rufián
mientras mastica una frambuesa. (**)
(*)
Caña de la bota. Parte de la bota o de la media que cubre entre la rodilla y el
pie.
(**)
Los dos últimos versos son prácticamente intraducibles sin faltar al sentido,
por lo que nos vemos forzados a llevarlo a tres versos en nuestra versión castellana.
Hay mucho de coloquial en el texto. El juego de palabras en que se apoya Mandelshtam
para nombrar los ancestros de Stalin, originarios
de las rústicas montañas de Osetia, luce como el intento de resaltar algo más
que su campechana ignorancia; el término frambuesa aparentemente fue jerga para
aludir a los bajos fondos de la sociedad del momento, mal del que la Rusia
revolucionaria no estuvo exenta.
(Fuente: Contracorrientes)
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