El fin de la ciencia ficción
Esto no es fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
que no pueden parar a sus computadoras.
Somos los dioses que pueden descrear
el mundo en siete días.
A mediodía paran ambas manos.
Estamos comenzando a vivir para siempre
en cuerpos muy livianos, de aluminio,
con números grabados en nuestras espaldas.
Sintonizamos nuestras palabras como música ambiental.
Unos a otros nos oímos a través del agua.
El género murió. Inventen algo nuevo.
Inventen a un hombre y a una mujer desnudos en un jardín,
inventen a un niño que salvará el mundo,
a un hombre que lleve a cuestas a su padre,
lejos de una ciudad en llamas.
Inventen un carrete de hilo
que ponga al héroe a salvo,
inventen una isla en la que él abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin que pierda, por la traición, el sueño.
Invéntennos como éramos
antes de que brillaran nuestros cuerpos
y dejásemos de sangrar.
Inventen a un pastor que asesina a un gigante,
a una niña creciendo al interior de un árbol,
a una mujer que se rehúsa a dar
al pasado la espalda y es transformada en sal,
a un niño que le roba al hermano sus prerrogativas
y se convierte en líder de toda una nación.
Inventen lágrimas verdaderas, amor duro,
viejas palabras dichas lentamente,
dificultosas como los primeros
pasos de un niño que atraviesa un cuarto.
(Fuente: Asamblea de palabras)
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