sábado, 13 de marzo de 2021

Arturo Corcuera (Perú, 1935 - 2017)

 

 

Fábula del cuervo oriundo de Ginebra

 

 
Cuando no hay un alma en casa y tengo que almorzar solo, invito al cuervo.
Lo siento junto a mí en el tablero de la mesa.
Me distrae su compañía. Su lealtad supera la de algunos amigos. ¡Tan simpático
el cuervo con su pico curvo, su traje negro, recién untado con los betunes
de la noche, en el que relucen filamentos dorados!
Sus piernas y sus alas flexibles se acomodan a cualquier postura y a cualquier
amo.
 
Disfruta sintiéndose a mi lado, sobre todo cuando pelo las uvas y desorbitadas
ruedan sobre el plato de postre. Él me observa con avidez, se le hace agua
la boca.
 
Lo adquirí en el mercado de pulgas de Planpalais de Ginebra, que se puebla
miércoles y sábados de mercaderes y mercachifles.
El elegante cuervo lucía aquella tarde en un mostrador, muy campante, cruzado
de piernas. Tenía la misma gracia, el mismo aire de distinción.
 
Entre máscaras, campanas, relojes y otros objetos antiguos, era maese cuervo el
que daba la hora.
Atento el ojo, contemplaba con puntualidad los ires y venires de las cosas, el
comercio incesante de la vida.
 
Se siente bien cuando me acompaña. En su silencio percibo un hálito de ternura,
pero yo sé que en el fondo lamenta su naturaleza de madera.
El preferiría ser cuervo de carne y hueso y aguardar el momento propicio para
sacarme los ojos.
 
 
 
(Fuente: Hugo Toscadaray)

 

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