viernes, 1 de octubre de 2021

Yona Wallach (Palestina, 1944- Israel, 1985)

 

CUANDO VENGAS

 

Ven, acuéstate conmigo como Dios
sólo en espíritu
Tortúrame en cuanto te sea posible
Sé lo eterno incognoscible
Abandóname a mi sufrimiento
Sumergida en aguas profundas
sin tocar jamás la tierra.
Ni siquiera en la mirada
o en el sentimiento
o en el diluvio
aguas abajo y arriba
jamás cielo
aire abierto
el sitio abierto más cerrado del mundo
un sitio abierto
siempre un sitio cerrado abierto
ni abierto ni cerrado
vale decir cerrado abierto
vale decir no cerrado ni abierto
que jamás cese
de ver desde arriba todo
de ver desde arriba el paisaje
Sé sólo espiritual
limpio dolor aislado dolor como un sonido
no tocaré jamás
no sabré jamás
no sentiré jamás
lo real
nunca
 
 
_________________
trad. del hebreo de Gerardo Lewin en decantasion.blogspot. 
 
 
 
(Fuente: Jonio González)

 

Wislawa Szymborska (Polonia, 1923 - 2012)

 

 

Rehabilitación

 

Aprovecho el más antiguo derecho de la imaginación
y por primera vez en la vida convoco a los muertos,
observo sus rostros, escucho sus pasos,
aunque sé que el que ha muerto ha muerto de verdad.

Ya es hora de tomar nuestra propia cabeza entre las manos
y decirle: pobre Yorick, ¿dónde está tu ignorancia,
dónde tu confianza ciega, dónde tu ingenuidad,
tu ya-saldrá-de-alguna-forma, el equilibrio de tu alma
entre la verdad comprobada y la no comprobada?

Creí en su traición, creí en que no merecen nombre
ya que la mala hierba se burla de sus desconocidas tumbas
y los imitan los cuervos y las nevascas se mofan de ellos
—pero éstos fueron, Yorick, sólo falsos testigos.

La eternidad de los muertos dura
mientras se les paga con memoria,
moneda inestable. Y no hay día
en que alguien no pierda su eternidad.

Hoy de la eternidad sé aún más:
se puede dar y quitar.

Al que se ha llamado traidor
tiene que morir junto con su nombre.
Pero nuestro poder sobre los muertos
exige una balanza imperturbable:
para que el juicio no se haga de noche
y para que el juez no esté desnudo.

La tierra hierve y ellos, que ya son tierra,
se levantan, terrón tras terrón, puñado a puñado,
salen del silencio, vuelven a sus nombres,
a la memoria del pueblo, a los laureles y aplausos.

¿Dónde está mi poder sobre las palabras?
Las palabras cayeron al fondo de las lágrimas,
palabras, palabras incapaces de resucitar a la gente,
descripción muerta como una fotografía junto al resplandor del magnesio.
Y ni siquiera a un mínimo aliento los puedo despertar
yo, Sísifo asignado al infierno de la poesía.

Vienen hacia nosotros. Y filosos como diamantes
—en las vitrinas brillosas por enfrente,
en las ventanas de acogedores departamentos,
en los lentes rosados, en los vasos,
cerebros, corazones— calladamente van cortando.

Extraído de Wislawa Szymborska, Poesía no completa. Edición y traducción de, Gerardo Beltrán, Abel A. Murcia, FCE, FCE ARGENTINA, 2021, pp. 55-56 | Buenos Aires Poetry, 2021.

 

Jacobo Fijman (Besarabia, 1898 - Buenos Aires, 1970)

 

 

“No confundamos a los poetas con los que escriben libros por 

vanidad o se doctoran en la carrera literaria: esos mismos que se 

prostituyen detrás de los premios o de las famas de cenáculos: 

esos pobres tontos que pretenden encerrar la poesía en un cofre, 

como si las palabras fueran simples joyas y no lo que son: la 

carnadura del alma. Esa gente no puede ser considerada 

realizadores de obras, creadores como lo entendían los antiguos 

gramáticos, por ejemplo Donatus. Se olvida muchas veces que el 

poema para concretarse necesita de la intuición poética y ella 

presupone un estado despojado y muy humano del espíritu.”

 

 


(Fuente: Hugo Toscadaray)

Inger Chistensen (Dinamarca, 1935 - 2009)

            

                El valle de las mariposas

 

II

 

⁰⁰

Palomas inquietas por doquier

y el miedo del poema

que asustado

alza el vuelo

al más mínimo

movimiento.

Tiro miguitas de pan

para que las palabras se queden

quietas.

Pronto

sólo queda

un picoteo

tras la menor

migaja

de significado,

sin frase

y cruel.

Pronto sólo

una legítima

violenta paz.

 

 

⁰⁰

Entonces la luz irrumpe

de repente en el interior

y se grita a sí misma

a la cara

cuando nacemos.

Pero más absurdo

y bello

como en una imagen residual

del dolor

los ojos escuchan

a la luz,

que es blanca y fluida

como la leche.

Y mientras bebemos,

escuchamos la sed

que se apaga.

 

 

⁰⁰⁰⁰

Salgo a la terraza

mientras el crepúsculo abre sus exclusas

y todo se funde

consigo mismo.

Y lo que preguntabas

de la telaraña

y del agua bañada por la lluvia,

quizá,

pero no sé seguro

si el rocío se puede recordar.

Ese rocío que en verano

cubría la telaraña con un vello tan suave

como sólo un milagro puede ser;

aprendí lo que era el trabajo,

que era así,

como la palabra dug, «rocío»,

y si se leyera al revés,

como gud, «dios»

 

 

 


En: El valle de las mariposas

 

Traducción de Daniel Sancosmed Masiá

 

Editorial Sexto Piso

 

(Fuente: Papeles de Pablo Müller)



 

Fernando Árabe Guadarrama (Veracruz, México)

 

Maíz

 

Soy espiga de maíz
que se alza buscando el cielo
y soy la sangre del suelo
donde hunde su raíz,
soy la flor de este país,
su origen, su fundamento,
su principal alimento,
su orgullo, su tradición,
su fiesta, su corazón,
su piel y su sentimiento… 
 
Soy el maizal renacido
brote de sol y aguacero,
sembradío temporalero
diez mil años repetido,
soy el reflejo encendido
de la milpa en el paisaje,
soy totomoxtle y follaje,
cogollo, mazorca y grano,
soy el maíz mexicano
su memoria y su linaje.
 
Soy el resplandor inmenso
de la milpa florecida,
canto de luz y de vida
que nace del verde intenso,
soy el copal, el incienso
y la cruz de palma real,
el perfume y el mezcal
que se le entrega a la tierra,
Xochitlali de la Sierra,
ofrenda y ceremonial.
 
Soy surco, siembra y destino,
guelaguetza y mano vuelta,
semilla que al viento suelta
la magia del campesino,
tlalloli grano divino,
teocentli planta anunciada,
que la serpiente emplumada
se robó de la montaña
para fundar con su hazaña
una cultura sagrada...
 
Soy maíz tierno y elote,
tamal, tortilla, empanada,
sope, tlayuda, tostada,
garnacha, taco y molote,
soy masa de chochoyote,
sustento de mis abuelos,
mil historias en mil vuelos,
canto y verso de raíz,
soy espiga de maíz
que se alza buscando el cielo…
 
 
 
 
(Fuente: Moringa Maná Verde)

 

Melinna Guerrero (Aguascalientes, México, 1993)

 

 

Palabras como dientes

 

Cuando pienso en la palabra pez es distinta de la palabra agua.

Y sin embargo ambas se siguen como dientes, como si una fuera de leche,

la otra definitiva, y después la otra pareciera de leche y la otra ya no tan definitiva,

sino de leche y el ciclo de acomodar las palabras se pareciera al ciclo de los dientes.

Lo que sé es que las palabras pueden crecer después de estar colocadas unas sobre otras, pero no los dientes.

Lo que sé es que decir pez a veces puede significar caricia, tacto oscuro o movimiento.

Creo en las palabras como en los dientes.

Pero cuando me veo al espejo, y abro la boca porque duele,

no sé si lo que busco es una palabra o un diente.

Habrá que ir al dentista y decir que una palabra se me ha caído.

Que me duele a veces decir dos palabras, “te amo”, porque hay algo de responsabilidad y de locura cuando están juntas.

Entonces el especialista repararía la oquedad, reconstruiría esa parte averiada… creo que un pedacito de memoria se me quedó en esta palabra,

y buscar un palillo de madera para aliviar el desatino de no haber hablado con claridad.

Y el destino de los dientes y las palabras se uniría en un futuro común.

Las palabras masticarían a los otros, las palabras morderían a mi hermana, las palabras se tendrían que cepillar a la mañana.

Busco así la historia de esta palabra en esta muela, y busco en este dentista al editor definitivo  que blanquee esta confesión total que no he dicho,

este “hoy renunció” que no alcanzo, este “te amo” que se reproduce constante.

 

 

 

Intersticios claros

 

La primera nota sobre un nuevo órgano llega hasta el periódico local.

Y en ella leo que esta parte del cuerpo, la existencia de una parte de nosotros, ha pasado desapercibida.

Ni siquiera el ojo diminuto de un microscopio había podido decirnos que estaba allí, debajo de la piel, recubriendo a otros órganos.

Los médicos lo llaman  intersticio, una hendidura que media entre dos cuerpos.

Un órgano que media entre los músculos y el revestimiento de los pulmones, de los vasos sanguíneos, del sistema digestivo y del sistema excretor.

Junto con la piel, es uno de los órganos más grandes del cuerpo.

Y ahora habrá que sumarlo entonces, sumarlo como en un inventario.

Esa pieza que se volvió pieza cuando el ojo humano pudo detectar cómo las oquedades de su composición afectaban a otros órganos está ahora en nosotros.

Está en mí, en ti, en papá, pero quizá no en la abuela que murió antes de que esta nota fuera escrita.

Tal vez sólo existe en quien leyó la nota matutina,

quizá sólo de verdad en quien lee las noticias.

Esta pieza mía tuya está habitando a todos sin ser vista.

Y quizá esta secuencia de acontecimientos nos diga que aquello que sucede en el extremo de un país del norte que no conocemos cuente.

Lo que no tiene nombre también está aquí.

Este nuevo cuerpo formó parte de la historia de otros lugares del cuerpo,

y la mirada microscópica no pudo adelantarse a su flujo, a su espacio, a su condición de intervalo.

Lo que sentimos es que no hemos visto todo.

Un intersticio media entre dos cuerpos o entre dos partes de un mismo cuerpo.

Los humanos, al final de todo, son pequeños ecosistemas;

partes de nosotros se fundan porque otros nos han dicho que existen.

Han notado, nos han afirmado que cuando estamos cansados, solemos caminar encorvados.

Y de pronto eres un hombre con este hábito,

de pronto eres el hombre que habla encorvado al final de un día pesado.

La nota matutina no cambiará nada en mí, en ti.

Pasarán años para saber si ese órgano tiene algún modo de conectarse con la propagación del cáncer.

Por ahora sólo está allí la invención de las cosas al ponerles nombre.

Lo que creímos un espacio intersticial ahora vive de golpe,

como ciertas cosas viven, a partir de ciertos espacios entre un cuerpo y otro.

Quizá a modo de lo que existía antes de nosotros.

Un órgano nuevo se descubre como una ciudad que ha permanecido  debajo de otra,

como una ciudad que vive de otras.

 

 

(Fuente: Círculo de poesía)

 

Claudia Piccinno (Italia, 1970)

 

El cielo del mañana


Seca está la úvula que me devuelve los silencios de la espera.
Hoy, mi ser en suspenso es la única certeza.
He perdido los versos que me habéis dedicado.
Perdida está la alegría de los veinte años
y sin embargo, el cielo del mañana se vuelve rosado.
Plata, porcelana, cristales
empapados de polvo y sueños,
cuentan quiénes han cruzado mis pasos,
reflejan los rostros de los que he amado,
persiguen las voces en las habitaciones,
revelan el interior de los armarios,
los guardo, amuletos de un futuro en ciernes
fetiches de una alegría embalsamada,
compañeros de un presente que pende de un hilo.
 
 

incluido en Nueva York Poetry (2 de mayo de 2021, EEUU, trad. de Elisabetta Bagli).
 
 
(Fuente; Asamblea de palabras)