CUANDO VENGAS
Aprovecho el más antiguo derecho de la imaginación
y por primera vez en la vida convoco a los muertos,
observo sus rostros, escucho sus pasos,
aunque sé que el que ha muerto ha muerto de verdad.
Ya es hora de tomar nuestra propia cabeza entre las manos
y decirle: pobre Yorick, ¿dónde está tu ignorancia,
dónde tu confianza ciega, dónde tu ingenuidad,
tu ya-saldrá-de-alguna-forma, el equilibrio de tu alma
entre la verdad comprobada y la no comprobada?
Creí en su traición, creí en que no merecen nombre
ya que la mala hierba se burla de sus desconocidas tumbas
y los imitan los cuervos y las nevascas se mofan de ellos
—pero éstos fueron, Yorick, sólo falsos testigos.
La eternidad de los muertos dura
mientras se les paga con memoria,
moneda inestable. Y no hay día
en que alguien no pierda su eternidad.
Hoy de la eternidad sé aún más:
se puede dar y quitar.
Al que se ha llamado traidor
tiene que morir junto con su nombre.
Pero nuestro poder sobre los muertos
exige una balanza imperturbable:
para que el juicio no se haga de noche
y para que el juez no esté desnudo.
La tierra hierve y ellos, que ya son tierra,
se levantan, terrón tras terrón, puñado a puñado,
salen del silencio, vuelven a sus nombres,
a la memoria del pueblo, a los laureles y aplausos.
¿Dónde está mi poder sobre las palabras?
Las palabras cayeron al fondo de las lágrimas,
palabras, palabras incapaces de resucitar a la gente,
descripción muerta como una fotografía junto al resplandor del magnesio.
Y ni siquiera a un mínimo aliento los puedo despertar
yo, Sísifo asignado al infierno de la poesía.
Vienen hacia nosotros. Y filosos como diamantes
—en las vitrinas brillosas por enfrente,
en las ventanas de acogedores departamentos,
en los lentes rosados, en los vasos,
cerebros, corazones— calladamente van cortando.
–
–
–
“No confundamos a los poetas con los que escriben libros por
vanidad o se doctoran en la carrera literaria: esos mismos que se
prostituyen detrás de los premios o de las famas de cenáculos:
esos pobres tontos que pretenden encerrar la poesía en un cofre,
como si las palabras fueran simples joyas y no lo que son: la
carnadura del alma. Esa gente no puede ser considerada
realizadores de obras, creadores como lo entendían los antiguos
gramáticos, por ejemplo Donatus. Se olvida muchas veces que el
poema para concretarse necesita de la intuición poética y ella
presupone un estado despojado y muy humano del espíritu.”
(Fuente: Hugo Toscadaray)
II
⁰⁰⁰
Palomas inquietas por doquier
y el miedo del poema
que asustado
alza el vuelo
al más mínimo
movimiento.
Tiro miguitas de pan
para que las palabras se queden
quietas.
Pronto
sólo queda
un picoteo
tras la menor
migaja
de significado,
sin frase
y cruel.
Pronto sólo
una legítima
violenta paz.
⁰⁰
Entonces la luz irrumpe
de repente en el interior
y se grita a sí misma
a la cara
cuando nacemos.
Pero más absurdo
y bello
como en una imagen residual
del dolor
los ojos escuchan
a la luz,
que es blanca y fluida
como la leche.
Y mientras bebemos,
escuchamos la sed
que se apaga.
⁰⁰⁰⁰
Salgo a la terraza
mientras el crepúsculo abre sus exclusas
y todo se funde
consigo mismo.
Y lo que preguntabas
de la telaraña
y del agua bañada por la lluvia,
quizá,
pero no sé seguro
si el rocío se puede recordar.
Ese rocío que en verano
cubría la telaraña con un vello tan suave
como sólo un milagro puede ser;
aprendí lo que era el trabajo,
que era así,
como la palabra dug, «rocío»,
y si se leyera al revés,
como gud, «dios»
En: El valle de las mariposas
Traducción de Daniel Sancosmed Masiá
Editorial Sexto Piso
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)
Palabras como dientes
Cuando pienso en la palabra pez es distinta de la palabra agua.
Y sin embargo ambas se siguen como dientes, como si una fuera de leche,
la otra definitiva, y después la otra pareciera de leche y la otra ya no tan definitiva,
sino de leche y el ciclo de acomodar las palabras se pareciera al ciclo de los dientes.
Lo que sé es que las palabras pueden crecer después de estar colocadas unas sobre otras, pero no los dientes.
Lo que sé es que decir pez a veces puede significar caricia, tacto oscuro o movimiento.
Creo en las palabras como en los dientes.
Pero cuando me veo al espejo, y abro la boca porque duele,
no sé si lo que busco es una palabra o un diente.
Habrá que ir al dentista y decir que una palabra se me ha caído.
Que me duele a veces decir dos palabras, “te amo”, porque hay algo de responsabilidad y de locura cuando están juntas.
Entonces el especialista repararía la oquedad, reconstruiría esa parte averiada… creo que un pedacito de memoria se me quedó en esta palabra,
y buscar un palillo de madera para aliviar el desatino de no haber hablado con claridad.
Y el destino de los dientes y las palabras se uniría en un futuro común.
Las palabras masticarían a los otros, las palabras morderían a mi hermana, las palabras se tendrían que cepillar a la mañana.
Busco así la historia de esta palabra en esta muela, y busco en este dentista al editor definitivo que blanquee esta confesión total que no he dicho,
este “hoy renunció” que no alcanzo, este “te amo” que se reproduce constante.
Intersticios claros
La primera nota sobre un nuevo órgano llega hasta el periódico local.
Y en ella leo que esta parte del cuerpo, la existencia de una parte de nosotros, ha pasado desapercibida.
Ni siquiera el ojo diminuto de un microscopio había podido decirnos que estaba allí, debajo de la piel, recubriendo a otros órganos.
Los médicos lo llaman intersticio, una hendidura que media entre dos cuerpos.
Un órgano que media entre los músculos y el revestimiento de los pulmones, de los vasos sanguíneos, del sistema digestivo y del sistema excretor.
Junto con la piel, es uno de los órganos más grandes del cuerpo.
Y ahora habrá que sumarlo entonces, sumarlo como en un inventario.
Esa pieza que se volvió pieza cuando el ojo humano pudo detectar cómo las oquedades de su composición afectaban a otros órganos está ahora en nosotros.
Está en mí, en ti, en papá, pero quizá no en la abuela que murió antes de que esta nota fuera escrita.
Tal vez sólo existe en quien leyó la nota matutina,
quizá sólo de verdad en quien lee las noticias.
Esta pieza mía tuya está habitando a todos sin ser vista.
Y quizá esta secuencia de acontecimientos nos diga que aquello que sucede en el extremo de un país del norte que no conocemos cuente.
Lo que no tiene nombre también está aquí.
Este nuevo cuerpo formó parte de la historia de otros lugares del cuerpo,
y la mirada microscópica no pudo adelantarse a su flujo, a su espacio, a su condición de intervalo.
Lo que sentimos es que no hemos visto todo.
Un intersticio media entre dos cuerpos o entre dos partes de un mismo cuerpo.
Los humanos, al final de todo, son pequeños ecosistemas;
partes de nosotros se fundan porque otros nos han dicho que existen.
Han notado, nos han afirmado que cuando estamos cansados, solemos caminar encorvados.
Y de pronto eres un hombre con este hábito,
de pronto eres el hombre que habla encorvado al final de un día pesado.
La nota matutina no cambiará nada en mí, en ti.
Pasarán años para saber si ese órgano tiene algún modo de conectarse con la propagación del cáncer.
Por ahora sólo está allí la invención de las cosas al ponerles nombre.
Lo que creímos un espacio intersticial ahora vive de golpe,
como ciertas cosas viven, a partir de ciertos espacios entre un cuerpo y otro.
Quizá a modo de lo que existía antes de nosotros.
Un órgano nuevo se descubre como una ciudad que ha permanecido debajo de otra,
como una ciudad que vive de otras.
(Fuente: Círculo de poesía)