Antología poética.
1
no dije “caían naranjas del poema”
dije sí “rodaba el número sobre la mesa floja como gotera”
y si no dije
“caían, etcétera” y sí dije “etcétera, gotera y mesa”
¿es porque caí?
escribía, en cambio “miraba por la ventanilla del 33 la luz de la tarde
repetirse en miles de hilachas contra el objeto dios de tus piernas cuando…”
y, pienso, si escribía que “miraba” y escribía “33, y tus piernas, y dios contra
el objeto” y si no dije “etcétera del caer” y sí “gotera del número flojo” y si
pienso que pienso.
mal.
mal: primer estado del ser.
mal: me rompí.
mal: son las once.
mal: estoy hace quince años en ese martes de la plaza.
¿existieron las cinco de la tarde de dios?
había poema anaranjado sobre la mesa, había atardecer del objeto
recordatorio, luego fui la mesa, yo, el rodar de la naranja, el libro de poemas,
el traje de la lluvia, las piernas de dios cruzadas para mi mal.
me rompí.
¿y ahora?
pienso. acá se aflojó la metafísica. acá es muchas cosas igual
a menos acá.
ahora me parto al centro como una naranja del libro de poemas que
me toca escribir y, encima, negarme:
no fui yo.
¿había sido el agua elemental de unas piernas cruzadas, dadas vueltas
para mí, quedadas para mí? mujer, chica de la plaza del martes, luz
coincidente con la piedra de mi libro, coincidente dios con la ventana del 33.
flojo de mí: pensando en que había centro en las cosas
que había pensar, que había cosas y así.
mal: debía empezar por esto.
¿hace fiesta la luz de las cinco en el mal, hay luz de las cinco
recién a las once?
“he sido feliz en un lugar equivocado”, escribí.
pero pensé: ¿eso lo puse yo?
no, fui yo.
8
subí abrí
leí la piedra el vidrio
soñé había visto la luz de la esquina la chica
abrí los ojos las páginas de la sangre el removido
coágulo de la hora el 33
me vi
tirando del ojo los pájaros volaban hasta mí
yo que me inflamé en las duras rocas del idioma vi moverse como agua
infinita la imagen luminosa de unas piernas rodantes
vi al dios objeto perdido
la novela memoria de dios
la criatura sobre la mesa
y los pájaros cantaban
bajé cosí
cerré la herida
y del hueco quedó la cría
el corderito golpeando detrás de la cerradura los platos entre
las mesas repetidamente
quedó
las cinco de la tarde de todos los días
el día martes de todas las tardes.
12
se tomó el 33 para ver bajar los bramidos de dios: la unicidad.
también son ahora las cinco y las ideas se hacen polvo,
animales, basural, yo, paredes, una mujer.
¿qué hacía el verso y el asunto palabra, dios? ¿qué del drenaje
de la piedra que lo puso a vocalizarse al mundo así?
mesa dios 33, como un elástico
¿y los hijos, y tus innúmeras naranjas para lanzar?
escribí: empujar el lenguaje no a la mano que no hay
–porque no se tiene–, sino al no hay de la mano –como lo único tenido.
29
sentí horror y pensé:
el hueso reflejo de un hermano, la espina mujer de mi órgano, haberme
tirado sobre la tierra como un reptil gozante, abierto en canal, doblemente
abierto al cableado corazón de un animal oscurecido, al derrame
de una luz en el ácido de sus partes. cruzó en ese instante el colectivo.
ahora todo aumentó y yo que era tan chiquito empecé a pedir.
resulta que hubo miedo. y después más miedo. y eso fue pensar.
futuro es hendir la tela del espacio por la que arrojaremos como letreros
en la oscuridad de la noche la bola del lenguaje.
33
recién la línea giraba y yo hacía pájaros porque estaba creyendo
y nacían así tus piernas de mis ideas y veía brotar animales y piedras
porque tuve miedo
y porque veía grietas dije un día dios y pondría ciudades y vidrios a la
intemperie y empezaría para siempre a escribir en una libreta como si
nada estuviera sucediendo ahora
como si fuera yo capaz de recuerdos
y esto es mi doblez
y yo dispongo de vos como si fueras la emoción de un fragmento.
(Crack, Ediciones de la Terraza, Córdoba, 2015)
1
En este momento a lo mejor alguien en el mundo proyecta un ángel, se posa sobre tus
palabras, te borra de la conciencia, reverbera donde ni pensás
2
El minuto 37 de la metamorfosis de Philip Glass.
Un viento arrastró un cristal hasta Fragueiro, alcé la mano
El coche frenó debajo del cartel de las naranjas
Subí y dije al 500
La piedra aumentaba en el abdomen de mi abuela
el órgano cortante de las despedidas
Pasó el bulevar, la torre del reloj romano
La plaza de los lapachos
Vos a mirabas a uno de los lados del vidrio
la rapidez lacerante con que se consuma una certeza
Vi al pájaro reñir a las tres en la boca del leopardo
Vi lenta la corrosión del metal disolverse en los huesos
Vi el reverso de unas sílabas repetirse en las formas de una mano
Vi en los tendales de un patio trasero hincharse
el fantasma de un tejido rojo
Ahora un animal se detiene en los picos del muro
Bajé del coche y salí
como solo podía hacerlo de una canción
que suena hace mucho y que oigo
toda vez que una noticia
cae como rocas en un tiempo raro,
entre ahora y después.
3
La cuadra se cortó.
En ese instante se me ocurre
empezar la historia. Estaba recostado, negro.
Luminoso, también estaba, en la esquina
bajo el cartel de las naranjas.
En ese momento pensé en vos.
A una montaña se le venían piedras encima,
a mi mente se le venían huesos encima, vegetaciones.
Mi mente se volvía figuraciones pálidas de materia irreal.
Mi mente eran las piernas elásticas de madre.
Vi
romperse los ejes vertebrales de una posibilidad.
Ahora yo tendría los ríos en mí, los glaciales del invierno
en mí, el cerebro percutiendo en las paredes acuáticas
de los hielos de una lengua en mí; después
tendría animales, asimetrías.
Cerré entonces y abrí las manos. Hice señas al coche que pasaba.
Seguí el sentido de la curva
como el de una vida dos veces. Era un perro negro, yo.
Durante el exacto minuto 33 del disco La metamorphosis
daba vueltas sobre lo mismo, dije, para salir.
4
Pero el minuto 33 tuvo lugar
a la cuadra siguiente (la luz de las casas declinando).
Cuando dije no poder oír la relación. Cuando entendí
que algo había dicho y solamente quedaba atado
a un hecho de no relación entre los elementos de un entorno.
Por ejemplo, la lengua de los grillos, la luminiscencia de los pájaros,
el teorema de Pitágoras, el pensamiento en una corriente cuadrada,
un metro cuadrado de una migración, un madero tirado por rulemanes,
el atardecer de una naranja, el barrio en los ojos de abuelo, los testículos de un toro,
la crispación de la luz en un bosque, las superficies nervadas de un jaguar,
los labios de un monje sellando el tañido de las campanas,
el rojo ácido del fuego en el fuego.
El mismo entorno que mi mente convierte en vidrio
los roces de unas piernas.
Solamente podía aprestar el cerebro a una liquidación
no mayor a la que aceptara en la cuadra anterior
cuando pensé y dije “tiempo”.
Supongamos: ¿esto era infancia?
5
Con el minuto 33 vino
el estante alto de la caja caída.
Y vino el barrio. Y las cuadras del barrio.
Y la casa de los eucaliptos en los márgenes del barrio.
Y las cuadras y los árboles porque los cortes del círculo.
Porque los cortes del pensamiento. Pero el pensamiento
porque el ruido de la caja caída por el estante flojo,pero flojo
no por el tiempo sino por la sumatoria
de atenciones (durísimas) sobre un mismo tema
semejante al tiempo: una caja. La caja caída que realiza
el ruido y se asemeja a un golpe en la conciencia
de quien arma semejanzas (es decir: conciencias).
Pero el corte. El corte al primer golpe sobre el cual
fundara no el pensamiento (su identidad: la sumatoria
secuencial de conciencia), sino la idea de que hubiera
pensado una cosa y de que quien la hubiera pensado
todavía, fuera yo. Pero la luz. El corte de luz, que aflojó
las tranquilas (periféricas digo) simetrías.
6
Estoy en el minuto 33
pero pasado unas milésimas
a las cinco de la tarde pienso
que atraparse es una de las maneras de salir.
Atardecer es uno de los modos de crearse
irrealmente. Esta condición, en suma, de cadáver: fabricar
un lenguaje para ocultar que quien nos hace
es el lenguaje mediado por la idea de no relación
entre la criatura de la tarde y el pensamiento
que vos y yo estamos teniendo, por ejemplo,
ahora ya mismo y sobre
él una barra de lenguas se impone, se empasta
y no tenemos idea. No tenemos
cómo tirar sobre él brasas de una solísima,
digo fulminante, idea.
(Géminis, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2017)
Escribí, madre, sobre vacas.
No te creas que es sobre vínculos
reales que escribo, siempre es otra
cosa que finge volverse vínculo lo
que escribe, siempre es al revés
de lo que uno piensa lo que pasa,
y lo que pasa así no pasa, y lo
pensado no es que lo piense uno
y uno tampoco es la suma de
uno, un vínculo no es entre dos
elementos sino que casi naturalmente
siempre hay tres, y se restan para
chocar y continuar chocando esos
tres levemente porque chocando
se vinculan y chocando también
se gastan y en el gasto hay
comercio y comercio es circulación
y circulación no siempre es vínculo.
No sé a cuánto está el pan y la
leche porque me he quedado
hablando, madre, con el kiosquero
y hablar no siempre requiere el saber
sobre cantidad o peso de las cosas,
hablar es también gastarse entre las
cosas, pulir hasta achicar esa parte
de uno que se quiere acabado en uno,
desembocado en uno y no en tres,
en dos, en los choques anteriores,
en los residuos de los choques
anteriores a los anteriores, en los
olvidos del saber, en las marcas
chisposas del olvido, en la pérdida
de peso de la cosa consistente por
la que ahora escribo, podría escribir
así madre, toda la tarde, sobre vacas.
Si vieras en sus ojos manchados
de negro, de pronto una luz, azulísima
como desde un fondo fulgura.
Composición
(Línea argumental)
Ese dedo dice: este es un dedo
que señala: hacia aquel hombre
pensando contra el
árbol
a metros de sí
en la vaca,
en la carnal mancha de la vaca metafísica,
en la carnal mancha que tiene
en el ojo
la vaca
metafísica.
Pero ese dedo que dice
no dice en verdad vaca sino ojo negro
de la real metafísica. La real
metafísica que lo tiene al hombre
además, así: mirado por la profunda
academia de la vaca. Lo tiene
al hombre contra el árbol, de tal modo
viendo el ombligo profundo que hace
crecer de raíz la negritud vacuna
de las cosas.
Es un atardecer de otoño.
Después ese dedo dice: ese
no es un dedo sino éste y no
dice necesariamente sino observa.
Está observando este dedo: la brisa
de los últimos días de marzo
golpear un rostro. Y es leve
el rostro
en esa brisa de marzo atardecida.
Ahora sí. Este dedo entonces
muestra: en el profundo atardecer
de otoño el árbol, el amplio pasto, la carnal negrura
de lo profundo, el minúsculo viento
formando un rostro que se borra, un rostro llevado
ahora por el dedo
profundo de la real negrura metafísica
a la mancha.
Es llevado hasta aquí,
donde apenas si sabe de la fuerza
que declina y quema
el pasto de las cosas,
el amplio pasto sobre cuyas láminas gastadas
dibuja la vaca metafísica su carnal
sombra
extendida.
Después dice:
ese hombre recostado
en el extenso pasto del otoño
muestra
ese decir que no llega a dedo ni a carne
ni
a
hueso,
ese dedo que no llega
sino a la real cadencia de la metafísica
cuando hace materia al caer contra el pasto,
cuando hace materia al caer, cuando hace
peso contra el amarillo quemado
de las cosas y del hombre,
ese dedo no
dice sino
hiere.
Entonces esta vaca que ha quebrado
digo esta (monu)mental vaca otoñal que ha
quebrado
más bien el dedo metafísico del hombre
ha apuntado una vez hasta mí
apunta ahora mismo hasta
mí
que estoy a metros de todo esto
mirando el hilo continuo de su sed
que crece de mis órganos
como un levísimo viento que mueve las formas
de la mancha, un levísimo
viento ondulándose
sobre un espejo de agua.
+++
Si mirases de cerca la vaca, y si
te propusieses dejar de pensar
y danzaras con la flor de las ideas
en la carne, de la vaca, en el abierto
borde de lo dejado, y si dejases
también lo dejado en el cuello de
la vaca, y cantaras en la flor de la
danza, si el canto dijese esta es
una vaca, el ojo oscuro y espeso
de la vaca, si fuera un pozo al revés
el ojo, y te hundieras ahí y hubiese
materia y lodo y calor y pasto
y dios y haber hubiese y si bombease
el haber como un corazón, el haber
tan pronto en la abierta flor de la
danza, y si fuera verdad la danza,
y si verdad fuera la verdad.
+++
(Fuente: PoesíaNo)
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