lunes, 2 de marzo de 2026

Gabriel Pantoja (Córdoba, 1978)

 

 

 


 

Antología poética.


1

 

no dije “caían naranjas del poema”

dije sí “rodaba el número sobre la mesa floja como gotera”

y si no dije

“caían, etcétera” y sí dije “etcétera, gotera y mesa”

¿es porque caí?

escribía, en cambio “miraba por la ventanilla del 33 la luz de la tarde

repetirse en miles de hilachas contra el objeto dios de tus piernas cuando…”

y, pienso, si escribía que “miraba” y escribía “33, y tus piernas, y dios contra

el objeto” y si no dije “etcétera del caer” y sí “gotera del número flojo” y si

pienso que pienso.

mal.

mal: primer estado del ser.

mal: me rompí.

mal: son las once.

mal: estoy hace quince años en ese martes de la plaza.

¿existieron las cinco de la tarde de dios?

había poema anaranjado sobre la mesa, había atardecer del objeto

recordatorio, luego fui la mesa, yo, el rodar de la naranja, el libro de poemas,

el traje de la lluvia, las piernas de dios cruzadas para mi mal.

me rompí.

¿y ahora?

pienso. acá se aflojó la metafísica. acá es muchas cosas igual

a menos acá.

ahora me parto al centro como una naranja del libro de poemas que

me toca escribir y, encima, negarme:

no fui yo.

¿había sido el agua elemental de unas piernas cruzadas, dadas vueltas

para mí, quedadas para mí? mujer, chica de la plaza del martes, luz

coincidente con la piedra de mi libro, coincidente dios con la ventana del 33.

flojo de mí: pensando en que había centro en las cosas

que había pensar, que había cosas y así.

mal: debía empezar por esto.

¿hace fiesta la luz de las cinco en el mal, hay luz de las cinco

recién a las once?

“he sido feliz en un lugar equivocado”, escribí.

pero pensé: ¿eso lo puse yo?

no, fui yo.

 

8

 

subí abrí

leí la piedra el vidrio

soñé había visto la luz de la esquina la chica

abrí los ojos las páginas de la sangre el removido

coágulo de la hora el 33

me vi

tirando del ojo los pájaros volaban hasta mí

yo que me inflamé en las duras rocas del idioma vi moverse como agua

infinita la imagen luminosa de unas piernas rodantes

vi al dios objeto perdido

la novela memoria de dios

la criatura sobre la mesa

y los pájaros cantaban

bajé cosí

cerré la herida

y del hueco quedó la cría

el corderito golpeando detrás de la cerradura los platos entre

las mesas repetidamente

quedó

las cinco de la tarde de todos los días

el día martes de todas las tardes.

 

12

 

se tomó el 33 para ver bajar los bramidos de dios: la unicidad.

también son ahora las cinco y las ideas se hacen polvo,

animales, basural, yo, paredes, una mujer.

¿qué hacía el verso y el asunto palabra, dios? ¿qué del drenaje

de la piedra que lo puso a vocalizarse al mundo así?

mesa dios 33, como un elástico

¿y los hijos, y tus innúmeras naranjas para lanzar?

escribí: empujar el lenguaje no a la mano que no hay

–porque no se tiene–, sino al no hay de la mano –como lo único tenido.

 

29

 

sentí horror y pensé:

el hueso reflejo de un hermano, la espina mujer de mi órgano, haberme

tirado sobre la tierra como un reptil gozante, abierto en canal, doblemente

abierto al cableado corazón de un animal oscurecido, al derrame

de una luz en el ácido de sus partes. cruzó en ese instante el colectivo.

ahora todo aumentó y yo que era tan chiquito empecé a pedir.

resulta que hubo miedo. y después más miedo. y eso fue pensar.

futuro es hendir la tela del espacio por la que arrojaremos como letreros

en la oscuridad de la noche la bola del lenguaje.

 

33

 

recién la línea giraba y yo hacía pájaros porque estaba creyendo

y nacían así tus piernas de mis ideas y veía brotar animales y piedras

porque tuve miedo

y porque veía grietas dije un día dios y pondría ciudades y vidrios a la

intemperie y empezaría para siempre a escribir en una libreta como si

nada estuviera sucediendo ahora

como si fuera yo capaz de recuerdos

y esto es mi doblez

y yo dispongo de vos como si fueras la emoción de un fragmento.

 

(Crack, Ediciones de la Terraza, Córdoba, 2015)

 

 

1

 

En este momento a lo mejor alguien en el mundo proyecta un ángel, se posa sobre tus

palabras, te borra de la conciencia, reverbera donde ni pensás

 

2

 

El minuto 37 de la metamorfosis de Philip Glass.

Un viento arrastró un cristal hasta Fragueiro, alcé la mano

El coche frenó debajo del cartel de las naranjas

Subí y dije al 500

La piedra aumentaba en el abdomen de mi abuela

el órgano cortante de las despedidas

Pasó el bulevar, la torre del reloj romano

La plaza de los lapachos

Vos a mirabas a uno de los lados del vidrio

la rapidez lacerante con que se consuma una certeza

Vi al pájaro reñir a las tres en la boca del leopardo

Vi lenta la corrosión del metal disolverse en los huesos

Vi el reverso de unas sílabas repetirse en las formas de una mano

Vi en los tendales de un patio trasero hincharse

el fantasma de un tejido rojo

Ahora un animal se detiene en los picos del muro

Bajé del coche y salí

como solo podía hacerlo de una canción

que suena hace mucho y que oigo

toda vez que una noticia

cae como rocas en un tiempo raro,

entre ahora y después.

 

3

 

La cuadra se cortó.

En ese instante se me ocurre

empezar la historia. Estaba recostado, negro.

Luminoso, también estaba, en la esquina

bajo el cartel de las naranjas.

En ese momento pensé en vos.

A una montaña se le venían piedras encima,

a mi mente se le venían huesos encima, vegetaciones.

Mi mente se volvía figuraciones pálidas de materia irreal.

Mi mente eran las piernas elásticas de madre.

Vi

romperse los ejes vertebrales de una posibilidad.

Ahora yo tendría los ríos en mí, los glaciales del invierno

en mí, el cerebro percutiendo en las paredes acuáticas

de los hielos de una lengua en mí; después

tendría animales, asimetrías.

Cerré entonces y abrí las manos. Hice señas al coche que pasaba.

Seguí el sentido de la curva

como el de una vida dos veces. Era un perro negro, yo.

Durante el exacto minuto 33 del disco La metamorphosis

daba vueltas sobre lo mismo, dije, para salir.

 

4

 

Pero el minuto 33 tuvo lugar

a la cuadra siguiente (la luz de las casas declinando).

Cuando dije no poder oír la relación. Cuando entendí

que algo había dicho y solamente quedaba atado

a un hecho de no relación entre los elementos de un entorno.

Por ejemplo, la lengua de los grillos, la luminiscencia de los pájaros,

el teorema de Pitágoras, el pensamiento en una corriente cuadrada,

un metro cuadrado de una migración, un madero tirado por rulemanes,

el atardecer de una naranja, el barrio en los ojos de abuelo, los testículos de un toro,

la crispación de la luz en un bosque, las superficies nervadas de un jaguar,

los labios de un monje sellando el tañido de las campanas,

el rojo ácido del fuego en el fuego.

El mismo entorno que mi mente convierte en vidrio

los roces de unas piernas.

Solamente podía aprestar el cerebro a una liquidación

no mayor a la que aceptara en la cuadra anterior

cuando pensé y dije “tiempo”.

Supongamos: ¿esto era infancia?

 

5


Con el minuto 33 vino

el estante alto de la caja caída.

Y vino el barrio. Y las cuadras del barrio.

Y la casa de los eucaliptos en los márgenes del barrio.

Y las cuadras y los árboles porque los cortes del círculo.

Porque los cortes del pensamiento. Pero el pensamiento

porque el ruido de la caja caída por el estante flojo,pero flojo

no por el tiempo sino por la sumatoria

de atenciones (durísimas) sobre un mismo tema

semejante al tiempo: una caja. La caja caída que realiza

el ruido y se asemeja a un golpe en la conciencia

de quien arma semejanzas (es decir: conciencias).

Pero el corte. El corte al primer golpe sobre el cual

fundara no el pensamiento (su identidad: la sumatoria

secuencial de conciencia), sino la idea de que hubiera

pensado una cosa y de que quien la hubiera pensado

todavía, fuera yo. Pero la luz. El corte de luz, que aflojó

las tranquilas (periféricas digo) simetrías.

 

6

 

Estoy en el minuto 33

pero pasado unas milésimas

a las cinco de la tarde pienso

que atraparse es una de las maneras de salir.

Atardecer es uno de los modos de crearse

irrealmente. Esta condición, en suma, de cadáver: fabricar

un lenguaje para ocultar que quien nos hace

es el lenguaje mediado por la idea de no relación

entre la criatura de la tarde y el pensamiento

que vos y yo estamos teniendo, por ejemplo,

ahora ya mismo y sobre

él una barra de lenguas se impone, se empasta

y no tenemos idea. No tenemos

cómo tirar sobre él brasas de una solísima,

digo fulminante, idea.

 

(Géminis, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2017)

 

 

Escribí, madre, sobre vacas.

No te creas que es sobre vínculos

reales que escribo, siempre es otra

cosa que finge volverse vínculo lo

que escribe, siempre es al revés

de lo que uno piensa lo que pasa,

y lo que pasa así no pasa, y lo

pensado no es que lo piense uno

y uno tampoco es la suma de

uno, un vínculo no es entre dos

elementos sino que casi naturalmente

siempre hay tres, y se restan para

chocar y continuar chocando esos

tres levemente porque chocando

se vinculan y chocando también

se gastan y en el gasto hay

comercio y comercio es circulación

y circulación no siempre es vínculo.

No sé a cuánto está el pan y la

leche porque me he quedado

hablando, madre, con el kiosquero

y hablar no siempre requiere el saber

sobre cantidad o peso de las cosas,

hablar es también gastarse entre las

cosas, pulir hasta achicar esa parte

de uno que se quiere acabado en uno,

desembocado en uno y no en tres,

en dos, en los choques anteriores,

en los residuos de los choques

anteriores a los anteriores, en los

olvidos del saber, en las marcas

chisposas del olvido, en la pérdida

de peso de la cosa consistente por

la que ahora escribo, podría escribir

así madre, toda la tarde, sobre vacas.

Si vieras en sus ojos manchados

de negro, de pronto una luz, azulísima

como desde un fondo fulgura.

 

 

Composición

(Línea argumental)

 

Ese dedo dice: este es un dedo

que señala: hacia aquel hombre

pensando contra el

árbol

a metros de sí

en la vaca,

en la carnal mancha de la vaca metafísica,

en la carnal mancha que tiene

en el ojo

la vaca

metafísica.

Pero ese dedo que dice

no dice en verdad vaca sino ojo negro

de la real metafísica. La real

metafísica que lo tiene al hombre

además, así: mirado por la profunda

academia de la vaca. Lo tiene

al hombre contra el árbol, de tal modo

viendo el ombligo profundo que hace

crecer de raíz la negritud vacuna

de las cosas.

Es un atardecer de otoño.

Después ese dedo dice: ese

no es un dedo sino éste y no

dice necesariamente sino observa.

Está observando este dedo: la brisa

de los últimos días de marzo

golpear un rostro. Y es leve

el rostro

en esa brisa de marzo atardecida.

Ahora sí. Este dedo entonces

muestra: en el profundo atardecer

de otoño el árbol, el amplio pasto, la carnal negrura

de lo profundo, el minúsculo viento

formando un rostro que se borra, un rostro llevado

ahora por el dedo

profundo de la real negrura metafísica

a la mancha.

Es llevado hasta aquí,

donde apenas si sabe de la fuerza

que declina y quema

el pasto de las cosas,

el amplio pasto sobre cuyas láminas gastadas

dibuja la vaca metafísica su carnal

sombra

extendida.

Después dice:

ese hombre recostado

en el extenso pasto del otoño

muestra

ese decir que no llega a dedo ni a carne

ni

a

hueso,

ese dedo que no llega

sino a la real cadencia de la metafísica

cuando hace materia al caer contra el pasto,

cuando hace materia al caer, cuando hace

peso contra el amarillo quemado

de las cosas y del hombre,

ese dedo no

dice sino

hiere.

Entonces esta vaca que ha quebrado

digo esta (monu)mental vaca otoñal que ha

quebrado

más bien el dedo metafísico del hombre

ha apuntado una vez hasta mí

apunta ahora mismo hasta

que estoy a metros de todo esto

mirando el hilo continuo de su sed

que crece de mis órganos

como un levísimo viento que mueve las formas

de la mancha, un levísimo

viento ondulándose

sobre un espejo de agua.

 

+++

 

Si mirases de cerca la vaca, y si

te propusieses dejar de pensar

y danzaras con la flor de las ideas

en la carne, de la vaca, en el abierto

borde de lo dejado, y si dejases

también lo dejado en el cuello de

la vaca, y cantaras en la flor de la

danza, si el canto dijese esta es

una vaca, el ojo oscuro y espeso

de la vaca, si fuera un pozo al revés

el ojo, y te hundieras ahí y hubiese

materia y lodo y calor y pasto

y dios y haber hubiese y si bombease

el haber como un corazón, el haber

tan pronto en la abierta flor de la

danza, y si fuera verdad la danza,

y si verdad fuera la verdad.

 

+++

 

(Fuente: PoesíaNo) 

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