viernes, 23 de enero de 2026

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954)

 

 

 

 

 

 

BENTEVEO EN BLOOMSDAY 

 

Hoy a la mañana vimos un benteveo
en el ciruelo, exactamente un siglo después
del Bloomsday (Leopoldo Bloom
saliendo de farra a festejar con cerveza negra
fuera de las páginas del Ulises, las sombras
de Jim y de Nora a su lado).
Acá nunca se vieron benteveos, pero ahora
que llegó el cambio climático un benteveo
es un acontecimiento.
Estaba incómodo en el lugar equivocado,
había perdido el sentido de la orientación
o algo le impedía volar como había llegado,
se lo veía exuberante, el plumaje amarillo,
la franja negra que le envuelve los ojos
y se continúa hasta el pico, una especie
de antifaz, los ojos escondidos en el negro,
en el copete otra franja negra rematando
la cabeza a la vez que matando el amarillo
luminoso: los verbos no son casuales
y a veces son necesarios para tensar
la cuerda entre la cosa y la lengua.
Lo dijo Ricardo Zelarayán, si la realidad
está en algún lugar está en el lenguaje.
Estaba atento el benteveo, vería en nosotros
una forma de amenaza, tenía dudas y al mismo
tiempo quería quedarse, tuvo paciencia
para decidirlo: de esa densidad incierta
que es un minuto o un segundo estamos hechos.
El benteveo se movió hacia el Oeste, volvió
a moverse hacia el Este, subió a tres ramas
distintas deteniéndose en cada una hasta llegar
a la copa desnuda del ciruelo, y después
se fue. No lo vimos más.
La duración de ese momento, como el soplo
de una epifanía, admite la descripción de un mundo
completo, donde sólo algunas veces
hay opciones para la excepción. 
 
De: "El viento qué hay acá afuera", Ediciones La Carta de Oliver, 2021
*
 
 
 

LECTURA NOCTURNA 

 

Con la noche despierta en la mesa de luz
leo con atención tumbado en la cama,
los viejos motores de la usina eléctrica
retumban a dos cuadras de distancia,
algo inquieta a los teros en el campito
y hacen llegar una especie de aviso o queja;
entre un sonido y otro se cuela
el ruido de un auto que pasa,
todo se oye como si las partes sonoras
entraran y salieran del libro,
como el libro entra, envuelve
un punto señalado y sale de la noche
con las palabras alteradas.
Ya conocemos el funcionamiento,
cada cosa tiene lo suyo para prestarle
atención, como saber que no podemos
esperar de un libro titulado
“Para una tumba sin nombre”
que no tenga el matiz del desencanto,
ni buscarle la pizca de gracia que tampoco
tiene esta misma realidad al cuadrado.
El libro quiere hacerse oír
como los ruidos y los pasos en la calle.
En la variación es otro el título
que deletreo: “Para un nombre sin tumba”.
Hago lo que puedo con la lectura quebrada.
Al pasar las páginas se me traban los dedos
y al llegar el sueño una mano piadosa
me cierra los ojos.
No me sorprende que algunas estrellas
bajen hasta nosotros para preguntarnos
por la extraña luminosidad del mundo.
 
(En memoria de Susana Jenkins.
Colonia Sarmiento, Chubut, 1955.
Desaparecida en La Plata, 1977.)
*
 
 
Fuera del auto estacionado en la banquina
Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.
 
 
El jugador de fútbol, Ediciones La carta de Oliver, 2015De: "El jugador de fútbol", Ediciones La Carta de Oliver, 2015
 

 

(Fuente: El poeta ocasional) 

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