Siempre
lo haré.
Hay sueños
y ensueños
en París,
sonámbulos
y suicidas hay.
Hay oro y lobos mansos,
no charqui ni tomaticán,
no cóndores
ni chañares
que en primavera
son gloria del cielo
y de la luz vespertina.
En París
hay como engrudo
en las personas,
artesonados barrocos
y calles groseras,
cosa digerida
y no.
En París
no hay un París
donde uno se reconozca
y se aguaite
los accidentes topográficos
del culo
que nos hacen
perturbados y humanos,
tranquilos y animales.
En París
el río parece un hospicio
de magnates,
un campo embarrado
bajo esa nube irreverente
que se le antoja serlo,
esos rizos tronantes
que dejan caer
de a mil litros
el minuto
sobre las bocas del Metro
y las avenidas pomposas
y las callejuelas tortuosas.
Hay
gatos gordos y gatos puro hueso
que se disputan
una baldosa y dos pulgas,
gente que habla sola
y solos que no hablan
ni a palos.
Es que París
es París,
y no hay vuelta que darle,
nada cabe allí
que no sea un canto triunfal.
París
es un purgante,
una salchicha
indiscernible,
un embrollo,
una bullanga
que no se parece
al volcán Copahue
con sus mejores cenizas.
Claro, esto debe tomarse
a manera devota y dulce candor.
En París
abundan la última moda
y las más preclaras seseras.
Las viejas hacen sus compras
en ferias de barrio
con bolsones y carritos
y falderos guau guau que cagan
a razón de tres arrobas
por metro cuadrado
y por doquier;
eso sí:
compran queso y baguetes
luciendo prendas
Dior, Saint Laurent,
Givenchy
y la mar de perfumes
y abalorios;
de los preclaros bochos
mejor olvidarlos,
hurgaron, academizaron,
desfilaron modélicos
y pudrieron
con sus solemnes
y verrugosas observaciones
por cúmulo, descarte y resaca.
París
fue una fiesta.
Eso dicen.
Moderno,
altanero,
gruñón y despectivo,
racional pa'la huevada.
París
no es
como mi pueblo
donde la gente murmura,
odia, machuca, escupe
al que se le cruza,
mata por una piedrita
en el zapato,
viola, roba,
fríe huevos y ojos de reptiles
para la cena,
hace de las suyas
y las de Quico y Caco
convoyando sublimes maldades
y no invoca para dispensarse
a Rousseau o Foucault.
¡En París, no!
¡Qué va!
Quiero vivir en París,
me muero por regresar
a pata o en avión,
pero allá
no me quieren
tan libre, tan fraterno
e igual.
Héctor Giuliano
- Inédito -
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