Veintiún poemas de anor, IV
Vuelvo a casa de verte bajo la luz temprana de la primavera que relumbra en paredes comunes y corrientes, el Pez Dorado, el Emporio de la Oferta, la zapatería… Cargada con la bolsa de las compras, me apresuro a llegar al ascensor, donde un señor mayor, tenso, muy arreglado, casi deja que la puerta se me cierre en la cara. “Por el amor de dios, ¿me la sostiene?,” yo le espeto. “Loca,” me carraspea él. Entro a la cocina, acomodo los paquetes, hago café, abro la ventana, pongo a Nina Simone que canta “Here comes the sun…” Abro el correo, tomo café delicioso, música deliciosa, mi cuerpo todavía liviano y pesado de vos. De un sobre cae una fotocopia de algo escrito por un hombre de veintisiete años, un rehén, torturado en la cárcel: “Mis genitales han sido objeto de tal exhibición de sadismo que no me dejan dormir por el dolor… Hay que hacer lo que se pueda para sobrevivir. Yo creo que a los hombres les encantan las guerras.” Y mi rabia incurable, mis heridas sin arreglo se abren más con las lágrimas, lloro desesperada, y ellos siguen controlando el mundo, y vos no estás en mis brazos.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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