Veintiún poemas de amor, V
Este departamento lleno de libros podría abrirse al medio
con facilidad ante las gruesas fauces, los ojos saltones,
de los monstruos: una vez abiertos los libros, tenés que enfrentarte
al lado oculto de todo lo que amabas:
el potro y las tenazas preparados, la mordaza
que ahogó hasta las mejores voces,
el silencio que entierra a los hijos no deseados
–mujeres, anormales, testigos– en la arena del desierto.
Kenneth me cuenta que estuvo ordenando sus libros
para así ver a Blake y a Kafka mientras tipea;
sí, y aún tenemos que lidiar con Swift
que odia la carne de la mujer pero elogia su mente,
con el terror a las madres de Goethe, con Claudel que denigra a Gide,
y con los fantasmas –grilletes en las muñecas por siglos–
de artistas que mueren de parto, mujeres sabias quemadas en la hoguera,
siglos de libros no escritos apilados detrás de estos estantes;
y aun así tenemos que posar los ojos en la ausencia
de hombres que no quisieron, de mujeres que no pudieron, hablar
de nuestra vida: este agujero aún sin explorar
que llaman civilización, este acto de traducción, este medio mundo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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